miércoles, marzo 24, 2010

Una sonrisa

Sabe que tiene que vencer la apatía que la cubre cual inmenso manto. Le ayudaría el salir a la calle, tomar sol en la cara, volver a sonreír. No puede.

Se fatigó en la mañana buscando una sonrisa, aquella última que pensaba le quedaba. El esfuerzo fue en vano, se había desaparecido. Sintió un poco de lástima por la sonrisa y por ella, pero al final decidió que daba lo mismo. La sonrisa no pasaba de ser un dibujo en cartón coloreado por ella el día en que aceptó que no recobraría su sonrisa.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Nunca se acostumbró a no tenerla, pero sí a vivir sin ella. Hasta ahora… ahora cuando el manto de apatía la arropa, y le hace falta una sonrisa…

lunes, marzo 15, 2010

Borrando

Lleva semanas intentando escribir algo, no importa qué, que tenga lógica. Empieza, borra, y vuelve a empezar como una autómata. Nada le gusta ni le hace sentido, cosa que es normal en su mundo que siempre ha caminado de cabeza. Pero hasta ahora, escribiendo, poniendo las palabras una detrás de otras, le había parecido que lograba entenderse, e incluso hacerse entender. Ahora ella misma no entiende, ni le importa, y nunca escribe hasta un final y si lo hace, borra…

domingo, febrero 21, 2010

Semilla

Las dos últimas semanas han sido semanas de angustia. Días de ansiedad, depresión y miedos. Hoy, por primera vez desde el comienzo de la extraña y agobiante odisea, me permito ver la vida con un poco mas de optimismo. Es como si una pequeña semilla de alegría hubiera llegado hasta mi corazón. Sé que podré seguir adelante, que no será fácil porque nunca lo ha sido, pero la semilla está plantada, y volveré a sonreír.

jueves, febrero 04, 2010

Limonada

Mi niñez sabe a chocolate caliente y pan de maíz recién horneado por mi madre, sabe a dulce de papaya y de mamey hechos en la casa, y a jugo de limón.

La mejor limonada que he tomado en mi vida la hacía mi madre: “el jugo de un limón, agua, dos cucharaditas de azúcar y la revuelves a la cuenta de cien”. Esa era su receta, me decía, pero por más que lo he intentado nunca he podido hacer una cuyo sabor se acerque a la de ella. Se me ocurre que en su limonada había una dosis de amor, ingrediente adicional que falta en la mía, que en los últimos años cada vez con más frecuencia incluye los limones pero no la azúcar.

martes, febrero 02, 2010

Nada que hablar...

No tienen nada que decirse el uno al otro. No fue siempre así, pero en los últimos años apenas si se hablan y cuando lo hacen es porque alguno de los hijos tiene algún problema. La mayor parte del tiempo los problemas de los hijos tienen que ver con dinero y con mayor o menor sacrificio pueden ayudarlos. Eso no se discute, ni se pregunta, ni hay que hablarlo.

De ellos, propiamente de ellos, nunca hablan. Ella hace tiempo decidió que a su edad la intimidad sobra y el aceptó el rechazo. No entendió la razón porque aunque ella considere que “ese tiempo pasó”, él sigue sintiendo la necesidad del la proximidad física e incluso, no le da vergüenza confesarlo, del acto sexual.

A veces piensa que es el desquite por las veces que, siendo más jóvenes, ella se enteró de que él había cometido algún desliz. No se arrepiente de haber permanecido junto a ella a pesar de que en una época, hace años, en lo que ahora le parece otra vida, amó a otra mujer apasionadamente. Sus hijos lo necesitaban, su esposa era una mujer buena, su familia se le fue en contra; no quiso perder lo más por lo menos, y se quedó. Por años sintió añoranza por lo que pudo haber sido, pero ahora lo recuerda solo como un sueño.

En esta etapa final de sus vidas, en los años de salud que puedan quedarles, se conformaría con que él y su mujer pudieran pasar unas horas a gusto; charlar como cuándo eran jóvenes, antes de que nacieran los hijos; pero la realidad, es que no tienen nada que decirse.

viernes, enero 22, 2010

Las azucenas huelen a paz

Dicen que las azucenas huelen a muerto, posiblemente porque son las flores que se usan en las habitaciones de enfermos, o en las capillas para velar los cadáveres, y hasta en los ritos de despojos. Para mí, el olor a azucenas es limpio, es blanco, es de paz.

Hace varios años asistía a un templo; uno de los pocos lugares en que me he sentido a gusto en mi vida. Disfrutaba el tiempo dedicado a la meditación, minutos en que me concentraba en mí misma y lo único que permitía que me llegara era la fragancia de las azucenas que llevaban los sábados Nívea y su esposo, Mayra y algunos más, como ofrenda a la Virgen. El templo y el olor a azucenas, los martes de meditación, el calor de los compañeros, eran el “comfort food” que necesitaba mi espíritu en aquella época.

Cuando mi padre murió comencé a llevarle flores a mami los domingos. Quería llevárselas a ella que estaba viva, y a no a los restos mortales de papi. Ella podía disfrutarlas, él espíritu de él no tenía presencia en la tierra. En muchas ocasiones, no importaba cuáles fueran las flores, añadía algunas varitas de azucenas porque sabía que su olor perfumaba el apartamento. Dejé de llevarle flores cuando, estando ya encamada, me di cuenta que tenía otras necesidades más apremiantes. Las flores, incluyendo las azucenas, eran para días especiales.

Sentada en el butacón de la sala, sus pies sin apenas tocar el suelo por el cual ya no podía caminar, olía a alcoholado porque con frecuencia se humedecía las manos con él como si quisiera limpiarlas de gérmenes. El alcoholado me recordaba los “chofitos” que nos daba de pequeñas cuando nos daba fiebre alta. No había nada más reconfortante que uno de sus baños con alcoholado luego del cual nos arropaba hasta que la fiebre cedía. Bajo las mantas y aunque temblando del frío y fiebre, el bañito resultaba ser justo lo que necesitábamos para quedarnos dormidas.

En los últimos meses de vida, la habitación de mami olía con más frecuencia a alcoholado que a azucenas. A medicinas y antiséptico olía la habitación del hospital en que perdió la lucha. Murió sin que mi hermana y yo pudiéramos estar con ella esos en sus últimos minutos. Para cuando llegamos al hospital, su espíritu ya se había desprendido del cuerpo y la habitación olía a azucenas.

sábado, enero 16, 2010

En las noches

Cada mañana, al despertar, hago una oración ferviente para poder funcionar y bregar con los problemas del día. Me encierro en mi mundo pequeñito y trato de no ver ni hablar con nadie. Solo cuando comienza a oscurecer me permito relajarme, porque la noche me protege.

La noche debía ser mi peor enemiga pero es un manto que me cubre y amorosa me arropa. Siento compasión por aquellos a los cuales la noche atemoriza porque sus monstruos los desvelan persiguiéndolos en la oscuridad. Los míos y yo, desde hace años, dormimos juntos y tranquilos.

domingo, enero 03, 2010

Un parpadear

Se mece en el sillón que era de la abuela. Piensa que no ha pasado tanto tiempo. Que sí ha pasado mucho tiempo. Hace años que es tarde, y sin embargo le parece que solo un parpadear de ojos la llevó de jugar con sus muñecas a mecerse en el sillón. Duró solo un instante, un segundo, pero su vida quedó atrapada en la memoria del iris de sus ojos. Vida en la cual saltó de niña a anciana. Anciana que se mece mirando el horizonte, sin otearlo, porque no espera nada ni a nadie, excepto la muerte, y la muerte aunque siempre llega, no se anuncia.

jueves, diciembre 31, 2009

Feliz 2010

Feliz 2010, te deseamos...

Polvo de estrellas

Estoy hecha con los pedazos de todos los recuerdos y memorias que trato de olvidar. Encuentro la frase escrita en mi cuaderno y no puedo recordar si es mía, la inventé, o la copié o robé, o si la escribió mi mano en uno de esos momentos en que yo andaba en fuga. Cada día con más frecuencia siento la inequívoca sensación de que no soy, ni estoy habitando mi cuerpo.

Pienso que si la frase se hace realidad lograré olvidar hasta borrarme, y podré ser polvo de estrellas luminoso alumbrando caminos.
Arte: Cristina Agssarkissian