domingo, octubre 21, 2007

Mi espacio

Hoy, dolida, he pasado la lista sobre las personas que he permitido en mi espacio. No hay maldad, pero cada una de ellas tiene su propia agenda. He visto la manipulación y la mentira para el bien propio. Incluso he visto envidia. He tratado de decirme que no tengo derecho a juzgar, porque todos tenemos el techo de cristal, pero igual duele. No tengo el derecho de juzgar porque al hacerlo posiblemente tenga que mirarme al espejo. Pero sí tengo el deber de protegerme. Hoy he decidido tener mucho cuidado con quién dejo entrar a mi espacio y me he dado permiso, para según sea necesario,sacar fuera de él a aquellos que me hieren.

lunes, octubre 15, 2007

Tú o yo


Anoche, por fin, logré acorralarla en una esquina. “Ahora no podrás escaparte” le grité triunfante. “Tendrás que explicarme porqué has hecho de mi vida un infierno, un valle de lágrimas, un espacio sin risas, una noche eterna.”

Mi depresión me mira sorprendida, con ojos inocentes de culpa.

─No sabía que te estuviera haciendo daño ─me dice─ siempre pensé que eras tú quien me retenía.

domingo, septiembre 30, 2007

El amor y el mar

Hija de pescadores, creció mecida por las olas del mar. Nadaba como un pez y se soñaba sirena. El mar era ella como ella era el mar.

Cuando su padre salía a pescar, lo esperaba mirando al horizonte. Su madre no, su madre odiaba y temía al mar desde que el abuelo salió un día y cuando el mar al fin lo regresó, no tenía vida. “Años de pescar en buen y mal tiempo, ya viejo, se confió y el mar se le entró al cuerpo, asfixiándolo”, decía la madre con rabia y con pena.

Así es el mar le decía su padre, igual que el amor, te da confianza, te arrulla, te enamora, te adormece y entonces te da el golpe, te abraza arropándote para hacerte suyo para siempre. El mar es como el amor: necesidad, desesperación, ansiedad que asfixia.

Se marchó después que su padre murió. Al final, él también se había dejado arrullar por el mar, y nunca volvió. Maldito mar... Mata a todo el que lo ama... Lo arrancaría de su pecho, ya jamás sería su sirena...

Treinta años más tarde volvió a sus raíces, sola, derrotada. No podía entender cómo, habiendo amado con locura, no había podido encontrar un amor comparable al suyo. Caminaba despacio, las olas del mar con crestas de espuma borraban sus pisadas en la arena como si ella no fuera, acentuando su inmenso dolor y soledad. Si su padre viviera, quizás hubiera podido explicarle por qué ningún hombre la quiso en la misma medida en que amó. Fijó su vista en el horizonte, como cuando de niña lo esperaba y le pareció oír la querida voz: "...el mar como el amor es necesidad, desesperación, ansiedad que asfixia..." Y vio al mar dentro de ella...

Transparente

Al salir del baño, se mira al espejo, y la blancura de su cuerpo, en contraste al color de su rostro, tostado por el sol, la sorprende. Por primera vez en muchos años se mira con ojos críticos. No es sólo la celulitis, ni los senos más caídos de lo que recordaba, ni la mayor amplitud de las caderas, ni siquiera el vientre, más prominente ahora. Es la absurda blancura de la piel la que le hace sentirse incapaz de desnudarse ante un hombre. Si no fuera por esa blancura no sentiría ese miedo. Esa blancura la hace translúcida. No, peor aún, la hace invisible. Eso es. Invisible. Es un rostro sin cuerpo cuando está desnuda.

Le oye llamarla insistentemente, y rápida, anuda la bata, y camina hacia la terraza. Amorosa, le acaricia el cabello y él pregunta: - ¿Me ayudas con la asignación, abuela?

Mientras lo hace, no puede dejar de pensar en la blancura transparente de su cuerpo.

viernes, septiembre 28, 2007

Ella y su soledad


Se sienta ante la computadora y teclea furiosamente, y desde la pantalla del ordenador las palabras le hacen muecas de burla. No sabe lo que escribe, ni lo que quiere escribir. Hace días que no escribía porque no encontraba palabras para describir lo que siente, lo que teme, lo que quiere. Pero hoy como chorros de lava las palabras fluyen de su cerebro a sus dedos sin censura.

No sabe lo que quiere. Cada nuevo año es igual. Todo es igual. Ni siquiera son nuevas sus lágrimas. Son las mismas, porque la razón de su pena no cambia.

Su pena se llama Soledad. Lo absurdo de la soledad que la acongoja es que es su amiga y compañera y cuanto alguien irrumpe el espacio que ocupan, se molesta. Es como si el aire que se mueve en su hogar se hiciera espeso y no pudiera llegar hasta sus pulmones, porque va congestionando y destruyendo los alvéolos. La enloquece ver una silla fuera de lugar, alguien caminando entre sus cosas sin el cuidado de velar que a su paso, todo quede ileso y en su sitio. Odia esa compulsividad, pero la comparten ella y su soledad.

Ella y su soledad coexisten en paz. Se asusta su soledad en días como hoy cuando ella llora, porque entiende la incongruencia de querer todo en su sitio y a la vez estar en compañía. Necesita de amor, como las plantas necesitan lluvia. Pero el amor ocupa espacio. Y toma sitio, y cambia cosas. Y deja heridas...

Más que nada, abre heridas. Sanando de ellas, llegó su soledad, la miró apesadumbrada y decidió quedarse para que nadie más le hiciera daño. Le prometió que sus ojos no se nublarían de lágrimas, pero no contó con la necesidad de amor de la mujer que habita en ella.

Teme su soledad que ella ceda ante esa necesidad y abra el espacio, permitiendo que el aire nuevamente se ennegrezca y que cambien las cosas de sitio, y la eche de su lado, para nada. Porque su soledad sabe, aún mejor que ella, que el amor nunca permanece por mucho tiempo en casa. Que es como el zumbador que se posa sobre la flor, y luego de probar su néctar se desplaza a otra parte. Si tan sólo pudiera conformarse con ese paso fortuito del ave, sin esperar que anide. Aceptar los momentos de felicidad que la libación del pajarito, cual caricia, le ofrece, para luego verlo volar, sin importarle el rumbo a que le lleve su destino.

Sabe su soledad que es mejor aceptar esos momentos y entre ellos, disfrutar la una de la otra con un café, un cigarrillo y un buen libro.

sábado, septiembre 15, 2007

En pie


Apenas amanece, y ya estoy cansada. Es como si las horas que paso durmiendo estuviera luchando en otra esfera. No recuerdo el fragor de la batalla, ni quién soy, ni el rol que desempeño, sólo sé que al despertarme en ésta, la dimensión en que habita mi conciente, estoy aún más extenuada que al echarme a la cama.

Hubo una vez, hace muchos años, en que cuando dormía, cosa que hacía a cada oportunidad, me sumía en la nada. Cuando abría los ojos y me daba cuenta que mi mundo seguía siendo el mismo, la angustia y la ansiedad me dominaban. Mi corazón martilleando adolorido expresaba su queja.

Aguanté cuanto pude el dolor de esa vida, y un día, escapé. Pensé que abandonando aquel valle de lágrimas ascendería a la montaña prometida, allí de donde provenían las risas y la alegría que escuchaba, pero que a mí me habían sido negadas.

Comencé el ascenso y no tardé en darme cuenta que la carga a mis espaldas no disminuía. Entonces comprendí que no sería fácil llegar a la cima; que encontraría nuevos y grandes escollos en forma de tropiezos, amarguras y desilusiones. A cada paso mi carga es más pesada, y aunque escucho las risas, las oigo aún lejanas.

Pero ahora, al despertar, sé que aún en sueños estoy en pie de guerra, que no estoy dispuesta a conformarme con hundirme en la nada. Es posible que jamás alcance a llegar a la fuente de las risas que escucho. Pero mientras viva, de día o de noche, despierta o en sueños, seguiré abriéndome camino hasta el día que llegue hasta la cima, o me alcance la muerte.

lunes, septiembre 10, 2007

Corazones



He leído una entrada reciente en mi blog en que me dan la bienvenida al club de los corazones desechados, y quisiera explicarle que el mío nunca lo ha sido.

Sí creo que su corazón fue desechado. Imagino que un día cualquiera y en forma inesperada, le dijeron que ya no lo amaban, y le devolvieron el corazón. Ha preferido olvidar las ocasiones en que saltó travieso y alegre en su pecho al verla, al acariciarla, al hacer el amor. Prefirió recibir de vuelta el órgano no deseado, y lastimado y adolorido esconderlo para que nadie lo encuentre y jamás puedan dañarlo de nuevo. El que nada arriesga nada sufre, se dirá, olvidando que tampoco tiene alegrías. Y es que un corazón desechado recuerda el haber sido amado y cuidado, y una vez repuesto, si se lo permite su dueño, volverá a saltar en el pecho dichoso.

Quisiera explicarle que podría ser peor. Que su corazón podría haber sido destrozado. Un corazón destrozado olvidó la alegría de haber sido amado y tomará mucho tiempo en cicatrizar. En un corazón destrozado se reabre la herida al menor toque humano con visos de brusquedad porque recuerda dónde la abrieron. En esos corazones es muy difícil que renazca el amor porque sus piezas han quedado dispersas como rompe cabeza incompleto.

Y entonces están los corazones rechazados. Aquellos que tímidamente ofrecieron su amor y no fueron amados. Esos que nunca sintieron alegría, solo la vergüenza de haberse visto expuestos y hasta ridiculizados. Aquellos de los que un día alguien dijo que “borracho uno dice cualquier cosa”. Esos que se van apagando de a poco, sin haber conocido la luz.

miércoles, agosto 29, 2007

Hombres-bestias


Desaparecieron de la faz de la tierra, de la misma forma en que habían aparecido. Seres extraños, mitad hombre mitad bestia. Venerados como dioses por algunos que eternizaron sus imágenes en estatuas, en pinturas, en tapices. Circulaban leyendas de su paso por el mundo, de monstruosos actos, de milagros. Para unos eran diablos que habían surgido de otros mundos, de otros niveles, círculos en las profundidades del planeta, para otros significaban fecundidad y abundancia.

Seres más desarrollados y poderosos que el hombre, éste los olvidó al paso del tiempo, a medida que el círculo en que vivía comenzó a cerrarse. Plagas, fuegos, terremotos, extraños eventos atmosféricos que amenazaban su supervivencia, y que le impelían a buscar los medios para domar el ambiente, sin querer aceptar que él mismo era culpable de la erosión.

La inmensa divergencia de creencias, de sistemas, de tradiciones, que les hacían enemigos siendo iguales en su origen; los intereses económicos triunfando sobre cualquier otra consideración; y la guerra, siempre la guerra, con su continuo derramamiento de sangre, muchas veces inocente, le hacían cada vez más vulnerable.

La sangre que irreverente vierte, filtra a las venas vacías de la tierra, hasta llegar con su olor a los seres mitad hombres mitad bestias, despertando en ellos el ancestral instinto de la caza, adormecido en sus entrañas por siglos de hibernación. Mientras el hombre enemigo del hombre se destruye, el centauro, el minotauro y el sátiro se dedican a seducir doncellas, asegurándose así el que sus descendientes heredarán la superficie del planeta.

lunes, agosto 20, 2007

Ella y el mar


Hace años le huye al mar. El sol la quema, no le gusta caminar sobre arena, dice. Si alguien insiste, cuenta cómo se sintió el día en que de pequeña el mar intentó tragarla. Me ahogaba, desde entonces le tengo más que respeto, mucho temor.

No cuenta que a partir de ese día en sus sueños se ve sirena, el cabello a la cintura flotando en el agua, su cola reflejando destellos dorados del sol al amanecer, y de plata cuando atardece. Se mece entre las olas, surge y resurge, hundiéndose en la arena para luego danzar con la corriente, sintiendo el agua acariciar sus pechos y la sangre caliente correrle por las venas.

Sabe que el mar la está esperando.

sábado, agosto 11, 2007

Recuerdos


Se sienta frente al ordenador todos los días, en el mismo horario de siempre. La diferencia es que ahora no escribe. Se secó la fuente, dice. Ya no hay más historias, ni cuentos. Pero sabe mejor que eso, sabe que se niega a escribir desde el día que se encontró haciéndolo de su vida, demasiado cerca los cuentos a su realidad.

Siempre dijo que no escribía recuerdos, y mientras pudo lo hizo, pero ahora, cuando estos amenazan con saltar a la pantalla, siente miedo. Se niega a escribir porque sabe que, poco a poco, iría revelando demasiado de ella, de aquellas cosas que ha ido guardando a través del tiempo.

Cada mañana se sienta ante el ordenador pero sus dedos se niegan a apretar las teclas. Sólo cuando esté lista para hacerle frente a sus fantasmas, volaran sobre el teclado, en forma de palabras, las pesadillas que en sueños la acosan.