lunes, octubre 21, 2013
martes, octubre 15, 2013
El globo
—¿Te cuento una historia? —le digo y me mira feliz.
—Me encantan tus historias —dice—.
Cuéntame la de la princesa y el globo.
miércoles, septiembre 18, 2013
Nanushka
Nanushka (no era su verdadero nombre
pero no le gustaba el suyo), salió de la oficina del médico sonriente. Cualquier otra persona al escuchar el
diagnóstico, habría llorado, maldecido, entrado en estado de negación. Pero Nanushka ya tenía más de sesenta años y
hacía tiempo que estaba lista. Con la enfermedad, Dios le había
conmutado la sentencia de vida…
lunes, agosto 26, 2013
En familia
Fue Paloma quien me abrió la puerta. Estaba
larga y muy flaca pero la habría reconocido igual, porque era mi hermana y
teníamos los mismos ojos grandes y tristes de mamá. Me miró sin que su rostro
delatara nada de lo que sentía. Podía aceptar su coraje: una vez decidí verla me
dije que merecía su odio. Pobrecilla, después que se fue mamá, y ya sin nadie
que me defendiera de mi padre, huí yo también, sin pensar en ella.
Mamá se llevó a Enrique pero él tenía
apenas tres meses y habría sido un crimen dejarlo. Paloma y yo éramos más
grandes y supongo que asumió que yo la cuidaría. Viéndola ahí, tan delgadita, vestida con una
vieja bata que debió ser de mamá y que le queda demasiado grande, no puedo
perdonarme el haberla abandonado a su suerte.
No hay coraje en sus ojos. Su mirada es de total desinterés, como si yo
fuera un extraño.
—Soy yo, Javier —le digo y una sonrisa
apagada de comisuras tristes se le forma en los labios.
—Lo sé —me contesta—. Lo que no entiendo
es a qué regresaste.
Quiero decirle que a buscarla, tengo un
lugar donde puedo llevarla, trabajo, pero siento ruido en el dormitorio.
—¿No estás sola? ¿Llegué en mal momento?
Se encoge de hombros y va hacia la estufa
a poner café.
De la habitación, cerrando la cremallera
de su pantalón, sale mi padre.
—¿Está listo el café, Palomita? —pregunta.
Ella no gira a mirarlo, pero cruza los
brazos sobre sus pechos como si quisiera cubrirse, taparse, esconderse. La
escena toma un carácter surrealista. Me ha bastado verlo para comprenderlo,
pero algo en mi cabeza lo niega, es demasiado horrible. El monstruo no llegaría
a tanto. Antes de que pueda gritarle, vocifera que me vaya. Que no tengo derecho a pisar esa casa, que
renuncié a ese derecho el mismo el día
en que me fui.
—Eres un monstruo —le increpo—. Esto es una aberración.
—Si hasta aprendió a hablar el señorito
—me dice lleno de sarcasmo —. Y piensa que eso le permite juzgar a los demás.
No tengo que darte explicaciones, Palomita y yo somos felices. No tienes tú que venir a querer cambiar
nuestro estilo de vida. Y me imagino que
querrás llevártela…
—A eso vine, aún antes de saber “esto”.
—no tengo el valor de decir el nombre propio.
“Esto” es un eufemismo que suena vacío aún a mis oídos. “Esto” es demasiado
oscuro, violento, infame.
—Pues te vas por donde viniste, que Paloma
y yo estamos tranquilos, ¿verdad, Palomita?
Mi hermana asiente con la cabeza, de
espaldas, sin darnos la cara. Advierto que sus hombros tiemblan e imagino que
está llorando silenciosamente. Me
reprocho el haber sido egoísta, el que la dejé sin pensar hasta dónde llegaría
mi padre.
—Si mamá estuviera… —le digo con voz
amenazante.
—¿Qué crees que haría, si fue por eso que
se fue y la dejó? —me dice tranquilamente.
Es un mentiroso, lo sé, mi madre no habría
expuesto a Paloma, se la habría llevado con ella. Mi madre no es así ¿o sí? Él tendrá a Paloma
convencida de que mamá la abandonó, de que no la quería. De que nadie la
quería. Ni yo, que me fui sin despedirme,
sin decirle que volvería por ella. Es
mentira, nunca pensé volver. Nunca hasta hoy, y ni siquiera sé porqué lo hice.
Paloma se acerca, trayendo en una pequeña
bandeja tres tazas de café.
—El café esta listo. Aunque sea por una
vez, tomémoslo en paz —nos dice —. Compartiendo en familia, como debe ser.
viernes, julio 26, 2013
Respirar
Siento rabia con Dios y la impotencia me
calcina. Tenemos que esperar por unos
cuantos días, no vale preocuparse desde ahora. Solo pedir que nos sea concedido
el milagro y que nuestra vida regrese a la normalidad fingida que nos permite
respirar a ratos.
sábado, julio 20, 2013
Aprendiendo a escribir
Me falta disciplina, lo sé. Por eso es que
dejo todo incompleto. Me cansa, me aburre… Era un pusilánime, pensaba que la
fama se alcanzaba fácil, sin mayor esfuerzo.
Es que a ti nunca te vi luchar por la tuya, se te dio tan cómodo. Nacido
para ella, diría.
Es mi carisma, me decías bromeando cuando
yo te preguntaba porqué en tan corto tiempo te habías dado a conocer, cuál era
el secreto. El hecho es que tus libros
no eran mejores que los míos, pero los tuyos no solo se publicaban, se vendían
e iban a parar a la lista de los libros más exitosos, junto a otros que eran
superiores. Los críticos te amaban.
Tengo cajas y cajas en mi departamento de
los libros que publiqué en vano. Apenas
si se vendían, no podía colocarlos. ¿Quién quiere los libros de un escritor
principiante en el mundo de la literatura?
¿Cómo saber si el libro es vendible? Si me aceptaban como invitado en el
mundo de los literatos, era porque iba contigo. Me protegía tu sombra. Solo,
nunca pudiera haber sido incluido, retratarme con ellos. Felicitarlos, darles la mano. Tengo una
estiba de libros comprados en esas actividades que jamás he leído porque los
temas no lograron atraparme.
Los tuyos los he leído. Los comparo a los
míos y no noto grandes diferencias. Cada cual en su estilo es bueno, no para
pertenecer al club de los más vendidos, pero mejores que la mayoría. No te
quito mérito. Pero tampoco me lo quites porque detesto que me presentes como mi
amigo, casi mi hermano, principiante en esto de letras. Lo dices echándome el
brazo por los hombres, con lo que parece sincero cariño unido a una especie de
pena porque aún no he logrado el triunfo. Entonces siento el odio revolcarse y
no me censuro porque después de todo ese paternalismo es humillante e incómodo,
hasta para aquél a quien me presentas.
He estado trabajando fuerte, escribiendo todo el tiempo que puedo, tratando de acallar la voz del crítico interno. Me he alejado de todo y de todos, porque por primera vez siento que las ideas que bullen en mi cerebro son magistrales. Tal parece que fueran dictadas desde fuera de mí, y estoy lleno de un entusiasmo que nunca antes sentí.
He estado trabajando fuerte, escribiendo todo el tiempo que puedo, tratando de acallar la voz del crítico interno. Me he alejado de todo y de todos, porque por primera vez siento que las ideas que bullen en mi cerebro son magistrales. Tal parece que fueran dictadas desde fuera de mí, y estoy lleno de un entusiasmo que nunca antes sentí.
Escribo inmerso en este universo, temiendo
que si rompo la magia perderé el ritmo que me va llevando al desenlace. Oigo el
timbre y tu voz que me llama. Te esperaba. Sabía que vendrías porque no he
estado contestando tus llamadas ni mensajes. Siempre dije que tu curiosidad
sería tu perdición y sé que estás intrigado ante mi extraño silencio. Abro la
puerta, sonrío y te invito a entrar. Ahora podré escribir el desenlace, y la
descripción será real, conmovedora, aterradora, extenuante porque la habré
vivido. Solo sabiendo cómo se siente un asesino, se puede escribir de uno.
martes, julio 02, 2013
Entre cuervos y palomas
Habíamos decidido disfrutar de la nueva
casa sin preocupaciones. Nos gustaba el silencio, la paz que se respiraba en la
comunidad. Una moderna, de esas en que hay apartamentos, walk-ups y casas amplias
como la nuestra, piscinas, canchas, áreas verdes y salón comunal para
actividades.
Cuando hicimos la inversión, los padres de
mi esposo nos manifestaron su desacuerdo.
La casa, alejada del área metropolitana era muy costosa, lo que nos
ponía a mi esposo y a mí una presión que ellos consideraban innecesaria para un
par de recién casados. La vida es de los atrevidos, decidimos mi esposo y yo y
sin dudar en ningún momento que, en caso de algún problema, tendríamos el apoyo
de mis padres y también de mis suegros (a pesar de la diferencia de opinión),
nos lanzamos a la aventura.
Libre de un horario fijo porque hacía la
mayor parte de mi trabajo por Internet, cuando mi esposo se marchaba al trabajo,
corría en un parque cerca de casa. Llevaba varios días orgullosamente
cumpliendo con mi decisión de correr, cuando la vi por primera vez. Era una anciana, bien vestida, sentada en uno
de los bancos del parque observando la naturaleza. Llevaba en las manos un
pedazo de pan y era obvio que pretendía que los pajaritos del área vinieran
hasta ella para repartirlo. Algunos volaban indecisos y pensé que no sería
prudente si el parque comenzaba a llenarse de palomas. Ella hacía gestos con las manos, como si los
llamara, mientras les hablaba bajito, y estaba tan entretenida que la dejé
estar.
La próxima vez que la vi, tenía a su
alrededor varios pájaros y se veía contenta.
No sé qué me llevó a detenerme, pero lo hice. La saludé y respondió a mi
saludo invitándome para que me sentara a su lado.
—La vejez no se pega y prefiero hablar
contigo que con los pájaros. Si tienes
un ratito…
No pude evitar reír y me senté a su lado. Era
más viejecita de lo que pensaba, rondaría los noventa años. Iba vestida con ropa de buena calidad, aunque
un poco desgastada. Sus ojos eran grises
con ese gris que toman los ojos de todas las personas muy viejas. Tal parece que se les fueran destiñendo de
tanto mirar la vida.
—Estoy pasando unos días en casa de mi
nieto mayor —era como si hubiera sabido lo que iba a preguntarle y añadió— unos
días nada más.
Lo dijo con tristeza y le pregunté la
causa de ella.
—Solo si quiere contarme —aclaré porque no
quería ser indiscreta. Ella fijó los
ojos en las aves que se disputaban las migajas de pan y suspiró profundo.
—Tengo dos hijos varones y una hembra,
todos casados con hijos. Varios de mis
nietos, ya grandes, también tienen su familia, así que Dios me dio la dicha de
ver mis biznietos. Si me aguanto un ratito es capaz que veo a los hijos de
estos. Mientras mi esposo vivió no hubo problemas. Cuando él falleció
repentinamente hace ya veinte años, creí que me moría.
Echó otro poco de pan a las aves y
continuó su historia:
—Mi esposo me había dejado en una
situación cómoda y tenía lo suficiente para que me cuidaran si algo me pasaba,
pero me angustiaba ver la lucha que llevaban mis hijos. Para colmo, la casa, demasiado
grande, se me caía encima, como suelen hacerlo las casas cuando se van poniendo
viejas. Es que igual que la gente, las casas envejecen. Yo ni sabía ni estaba
preparada para bregar con plomeros y electricistas y ocupaba a mis hijos y mi
yerno continuamente. Un día se sentaron todos
conmigo y me propusieron que vendiera la casa y les repartiera el dinero. A
cambio, se comprometían a cuidarme hasta mi muerte. Seguí su consejo. Desde entonces vivo de casa
en casa, y recibo una mesada para aquello que pueda necesitar. Me dan lo suficiente, claro… —me dijo muy
digna.
—Es bueno saber que se ocupan de usted —le
dije sin mucho entusiasmo.
Afirmó con la cabeza y sonriendo se
levantó.
—Ya es tarde, tengo que volver a la casa,
no quiero que se preocupen —me dijo.
Miró a derecha e izquierda por varios
segundos como si, perdida, no supiera para dónde debía caminar. Finalmente se
alejó tirando el resto de pan a los pájaros. Estos se tiraron unos encima de los
otros peleándose con inquina el pedazo de pan.
Corrí hasta casa sintiendo un extraño
ardor en los ojos…
miércoles, junio 26, 2013
Dilema
Te quitas los zapatos, te han estado
oprimiendo los pies durante todo el día.
Dejas caer la falda al suelo, te despojas de la blusa y la tiras sobre
el lecho, junto a la de ayer. Te cansa esta nueva rutina del trabajo, pero agradeces
tenerlo. No está la economía bien; tu preparación académica es poca y tu
experiencia laboral, aún menos.
Las palabras de Andrés resuenan en tu
oído: no vas a poder sola, eres nadie, nada.
Las apartas. No vas a permitir
que sus palabras te destruyan. Ya hace
dos semanas que se fue y lo echas de menos.
Pones agua a calentar y diluyes en ella el
contenido del sobre, polvo de la sopa y los fideos. Cocinar para uno solo no se
vale, pero no tienes el dinero suficiente para ir a cenar siquiera a un fast food, y el supermercado tiene que
esperar a que cobres.
Te tomas el caldo con fideos, pensando que
debiste echarle una papa o una zanahoria. Algo que le diera sustancia. Has rebajado unas libras, producto de lo poco
que comes y de que te hace falta Andrés.
Apagas las luces y prendes la tele. Te
quedas dormida vestida aún con la ropa interior, mientras das vuelta al dilema:
¿tendrás suficiente dinero para pagar la renta del mes... o tendrás que
llamarlo?
sábado, junio 08, 2013
Los dientes de la rosa muerden
“Los dientes de la Rosa muerden”, me dijo el hombrecito cuando
me presenté, aún antes de que le dijera a lo que venía. Se me quedó mirando pensando quizás que iba a
rebatirle diciéndole lo que a mí me parecía obvio, “las Rosas no muerden”. Afortunadamente antes de que lo dijera en voz
alta, me di cuenta que no puedo juzgar a las demás por una Rosa. Siempre le dije a mi mamá que no había tenido
ni imaginación ni gusto al ponerme nombre, así que bien mirado el problema es que
yo soy una falsa Rosa.
Por años quise ser Patricia porque Patricia era libre y
sabía reír y, ahora se me ocurre, también tenía dientes que mordían. Era
arriesgada, aventurera, coqueta y llamativa y la parimos entre un hipnotista y
yo en una tarde. Me la entregó hecha
mujer en su voz sensual y exquisita envuelta en un casete. La lengua del hombre se enredaba en su voz y
su voz en mi cerebro despertando unas ansiedades y necesidades en mí de tal
naturaleza que insuflaban vida a Patricia en mi cuerpo.
Nunca antes había sabido lo que es estar
obsesionada. Aprendí que si tengo que
definirme a base de uno de los sentidos
yo definitivamente soy auditiva. Estaba
encaprichada con aquél hombre que era el único que sabía que Patricia me
habitada.
Como la recién llegada-nacida no tenía remilgos se
ocupaba de que cada mediodía yo llamara al hipnotista. Así ambas escuchábamos su
saludo para inmediatamente colgarle sin delatarnos. Imagino que le
interrumpimos más de una digestión, pero no sé hasta dónde los hipnotistas
puedan sentirse amenazados por sus hipnotizados y si tendría razones para
pensar que la llamada la hacía uno de sus pacientes.
De pronto y casi sin darme cuenta, me encontré moviéndome
en mi oficina como Patricia, deslizándome al caminar como ella, riendo su risa
fresca y gutural y, lo que era aún peor, sosteniendo la mirada de los hombres,
o buscándola si no me miraban, con el desparpajo propio de ella.
El corazón amenazaba con salírseme del pecho, frase trillada
pero completamente verdadera en este caso.
Me encontré pensando que podía ser promiscua, adúltera e infiel, sin
remordimiento alguno, con solo permitir que el ser que se había posesionado de
mi cuerpo actuara. Asustada tomé una decisión
de la cual ahora me arrepentía: encerrar a Patricia en el estuche del casete,
deshacerme de él y olvidarme del hombre.
De igual forma que vuelve al criminal al lugar del crimen
regresaba habiéndome dado el permiso de buscar al hipnotista para que me
ayudara a resucitar a Patricia. Balbuceé como pude, porque reconozco que aquél
hombrecito, aunque diminuto me resultaba imponente, que buscaba al terapista
que residía allí y al que había visitado años atrás.
“Solo una vez les está permitido venir por su verdadero
nombre”, me dijo con una voz tronante que
desmentía su tamaño. Sentencioso añadió,
“oportunidad desperdiciada es oportunidad perdida para siempre”.
Gemí que no podía ser, que era injusto, que reconocía que
había actuado precipitadamente pero en aquel entonces era demasiado asustadiza,
inhibida, frágil, inmadura... “Estaba
casada”, le dije como si eso explicara porqué el sol se pone cuando
atardece.
Me vio tan abatida que debió cogerme lástima, y con
cautela me preguntó si tenía otro nombre.
“Margarita”, le dije, “pero imagínese, las Margaritas silvestres, esas ni
siquiera pueden aspirar a parecerse a las Rosas, menos aún a…” No me dejó
terminar. Con una amplia sonrisa que me
dejó ver sus dientes blancos y perfectos, me dijo, “no crea, no se menosprecie,
hay unas variedades magníficas entre las Margaritas africanas…”
lunes, junio 03, 2013
Poniéndole el cascabel al gato
Escucho la campana y miro el reloj: las
dos de la mañana. Salgo de la habitación a oscuras y tropiezo con el gato que
maúlla molesto. Odio que venga a buscarme cuando ella me llama. Tiene la
lámpara encendida, el gato se ha enrollado a sus pies, y ella me mira
acusadora.
La limpio y le cambio el pañal, la bata, y
las sábanas. Me duele el pecho de moverla de un lado a otro para cambiar la
ropa de cama. Estoy cansada, harta. Le
perdí el amor cuando descubrí que estaba presa de una enferma exigente y
arrogante que haría todo lo posible por llevarme al límite de mis fuerzas. Una
madre en cuyo mundo solo hay dos seres importantes: ella y su gato, y yo soy alguien
conveniente. Me soporta porque me necesita. Nunca le he oído una palabra de
cariño o de agradecimiento. Nunca una sonrisa. De sus hijos yo soy la que se
parece a mi maldito padre. Lo grita en buches que me salpican la piel quemándome.
—Trata de dormir, mami —digo la aborrecida
palabra y me pregunto si sabrá que la odio.
—Quédate en lo que puedo conciliar el
sueño —es una orden.
Me siento en el lecho y el gato se acomoda
entre nosotras. Lo acaricia con una sonrisa satisfecha en los labios, y el gato
se da vuelta y ronronea de placer. Y ya no aguanto más. Tomo la almohada y le
tapo la cara. El gato maúlla y como si
supiera lo que estoy haciendo me ataca arañándome la espalda, intentando
morderme. Lo empujo con fuerza y cae al suelo chillando. Antes que vuelva a la
carga, aumento la presión en la almohada. Ella deja de luchar y se queda quieta.
Apago la luz y vuelvo a mi habitación. El gato está en mi cama, puedo ver el
brillo de sus ojos que parecen advertirme que me odia, que tenga cuidado porque
me atacará a mansalva.
Busco un cascabel y con una cinta se lo
ato al cuello. Su sonido no me dejará estar tranquila pero sabré cuando el
animal anda cerca. El gato se acomoda en mi lecho… Estoy presa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

