lunes, agosto 20, 2012

El alma


Tengo la costumbre de desnudar mi alma cuando escribo.  (Alma es un cliché, diría mi profesor). Me cuelgo el corazón en la manga de la camisa para que todos lo vean. No sé si es que no se dan cuenta, pero todos pasan de largo y nadie se conmueve.  Quizás sea preferible que esconda el cliché del alma, y descuelgue el corazón encerrándolo donde nadie lo vea.  Entonces haré lo que los demás hacen: fingir que todo está bien.

viernes, agosto 10, 2012

El tiempo de las bicicletas

Era el tiempo de las bicicletas.  Todos los chicos del barrio parecían tener una, regalo de los Reyes Magos. Todos, menos yo.  Los Reyes no habían alcanzado a pasar por mi casa, o, para cuando lo hicieron, se les habían acabado las bicicletas.  El caso era que próximo a empezar las clases no tenía yo una bicicleta en que ir a la escuela.  Me roía la envidia.  Envidia de la mala.  Todos los días esperaba que alguno de mis amigos se cayera de su bicicleta y esta se hiciera pedazos bajo las ruedas de un auto.

Interrogué a mi padre, pensando que ya que los Reyes no lo habían hecho, él pudiera conseguirme la bicicleta.  Se me quedó mirando con los ojos tristes, “ay m’ijo cuánto me gustaría complacerlo, pero no tengo el dinero.  Ujté sabe que lo que gano apenas nos da pa’la comi’a”. Y yo me quedé plantado con los puños apretados, furioso con mi padre, pensando que estaba dispuesto a dejar de comer con tal de tener una bicicleta.

Pasó el tiempo de las bicicletas, al final del cual yo tenía una que mi padre había encontrado rota y me reparó.  No era tan veloz como las de mis amigos, el sillín era muy viejo, y mis compañeros le hacían ronda para burlarse.  Me juré que nunca perdonaría a los Reyes.  Y tampoco a mi padre que solo me había conseguido esta bicicleta vieja.

Han pasado los años y tengo mis propios hijos.  Cuando me piden juguetes o ropa de moda que no puedo costear, siento ira y vergüenza, y me doy cuenta del valor de mi padre al confesar que lo que teníamos apenas nos daba para comer.  Ahora, solo deseo poder llenar sus zapatos.

lunes, julio 02, 2012

Silencios y soledad

Me veo pequeña en un mundo sin hadas, aquél que era el mío cuando yo era niña, el mundo en el que viví hasta que la vida vino a despertarme. Ya no hay para mi Mundo del Ensueño, solo la realidad de que envejeceré y moriré sola. La palabra sola es la que más me preocupa. Nunca me había sentido tan sola como ahora, tan necesitada de cariño y compañía.

Las lágrimas que no lloré cuando mami murió las estoy llorando ahora. En aquél momento su muerte fue liberadora. Ahora es que siento la tristeza de lo definitivo de su partida. Perdido el entusiasmo por la vida, reviví los últimos años suyos en casi dos años de los míos. Aún vivo a medio estar, como si mi cuerpo no estuviera habitado, como si mi cerebro solo funcionara a media capacidad.

Me espanta el no poder volver a ser como era. Haber perdido la imaginación y la alegría de vivir. El no tener aspiraciones que me den razón de existir, ni el poder plasmar en palabras los cuentos, la fantasía, ni los acontecimientos de la vida diaria que se transformaban en relatos irónicos. Empequeñecí mi mundo tanto que me quedé encerrada entre paredes de piedra. Donde solo resuena el eco de mis propias palabras, y nunca se escucha el ruido del teclado…

domingo, junio 10, 2012

Mis memorias


El abanico de techo da vueltas y aunque su sonido, en ocasiones, es suficiente para adormecerme, esta noche no.  Es demasiado el calor.  Cuando no puedo dormir como ahora, paso la noche recordándolos.

Son muchos los hombres que han desfilado por mi vida y tener que aceptar que ninguno valía la pena es mi castigo.  Me regalé tantas veces a hombres que no me merecían.  En ocasiones, me sentí enamorada o al menos ilusionada, pero al final, todos resultaban iguales, así que aprendí a deshacerme de ellos.  Al principio me causaba dolor y miedo, mucho miedo, pero poco a poco se ha ido convirtiendo en una necesidad.  Ya ni siquiera les doy tiempo para demostrarme si valen la pena. Trato de causarles el menor sufrimiento posible cuando, después de disfrutarlos, los saco de mi vida. 

Siempre queda el miedo a cometer algún error que me delate, pero es un miedo excitante. En algún momento cometeré un desliz que les dará una pista, pero hasta entonces gozaré viendo la sangre que les fluye del cuerpo mientras me miran con ojos fijos y azorados.

Esta noche podría utilizar el insomnio como excusa para buscar otra víctima, pero es tanto el calor que prefiero escuchar el abanico y pasar como en cinta celuloide mis memorias.

domingo, junio 03, 2012

La suma


Después de cuatro años sin comunicarse, me llama.  Quiero verte, me dice. Hace un año que está de vuelta.  Y yo me pregunto si es que me recordó ahora, si es que rompió otra relación y se siente solo, o necesita de alguien que no pregunte nada, que no exija nada, que no necesite nada.  Y como la suma de nada es nada, le doy las gracias por nada,  y cuelgo.

miércoles, mayo 23, 2012

Conversaciones con el psiquiatra


—He estado pensando mucho en las razones de mi depresión —le digo.  Creo que tiene que ver con la angustia de estar envejeciendo y las cosas que se pierden. 

—Todos tenemos que planificar para envejecer, para muchos puede ser la época más feliz y productiva de sus vidas, a pesar de las pérdidas —me dice él.

 —No es que no planificara —insisto—. Es que lo único que le pedía a Dios que me dejara, fue lo primero que me quitó.  Mi sonrisa.

Y me mira sin entender y trata de explicarme que si me imagino sonriendo, lo estoy, aunque los demás no vean lo mismo.

Entonces le relato el último cuento que he leído: un niño entra de la calle y a preguntas de la madre de qué hacía afuera le explica que salió a tratar de encontrar al monstruo que lo mira por la ventana.  La madre lo manda a acostar, y luego, en tono de reproche, le dice al marido, “te dije que no era suficiente con tapar los espejos”, y comienza a tapar con sábanas todas las ventanas.

lunes, mayo 14, 2012

Veinticuatro horas


Está cansada de inventar excusas. TOMA CONTROL DE TU VIDA, leía el cartelón que vio anoche de regreso a su casa.  Y hace meses, más de un año, que lo está intentando. Cada vez que tiene que hacer algo que la saca de la rutina siente la ansiedad de los malos días.  Entonces, muy bajito, se repite, veinticuatro horas, son solo veinticuatro horas.  Cada día le parecen más largas las malditas veinticuatro horas…

jueves, mayo 10, 2012

El milagro


De que existen los milagros puedo dar fe, yo estaba presente.  Me habría ido de vuelta temprano, pero mi mujer quería quedarse a ver qué tal se la pasaba (curiosa, como toda mujer). “Si quieres vuélvete tú, que yo me quedo”.  Acabé por quedarme, y juro que no me arrepiento porque si ella me lo cuenta, no se lo creo.

Habíamos pasado un día pesado, caluroso en extremo.  El agua que llevaba en el cántaro se había terminado y estábamos muertos de sed y llenos de arena. Arena de granos pequeñitos.  De esa que se mete hasta en el pelo, que se pega y pica con el sudor del día.

Esther tenía los pies hinchados y yo deseoso de que se diera por vencida para anotarme el triunfo del “yo te lo dije, mujer, qué rayos podías esperar de este millar de muertos de hambre siguiendo a un pordiosero más”.  Fue entonces que él se detuvo y con su vara nos hizo seña de que nos sentáramos.  Yo le hice sitio a Esther lo mujer que pude, velando porque nadie me la mirara mucho. Ella es de buen ver y entre tanta piltrafa humana éramos de lo mejorcito. Al menos no nos quejábamos de nada.  De vez en cuando una brisa refrescante nos llegaba pero traía con ella, entre otros innombrables, el olor a sudor.  Plena bofetada nauseabunda en la cara.

Entonces comenzó el discurso. Igual que un César cualquiera. Mi estómago que no es nada silencioso cuando está vacío había comenzado a hacer unos ruidos de espanto.  “Ahora, aquí se forma”, pensé.  Pero el hombre habla que te habla, y todos le escuchaban con la boca abierta sin prestar atención al ruido que  brotaba de mi estómago.  Esther no dejaba de regañarme con la mirada, como si eso me quitara el hambre. 

Fue entonces que ocurrió.  Luego de un total silencio, empezó un rumor que brotó de las filas de enfrente y se fue extendiendo inexplicablemente hacia nosotros. Para cuando llegó la canasta a donde estábamos su olor la había precedido.  Hacía años que no comía pan tan fresco como aquel, y el pescado, delicioso, aún caliente.  Esther y yo comimos hasta hartarnos.

Desde entonces cada vez que alguien me dice que ha visto al pordiosero, se me abre el apetito y pregunto si repitió el milagro de los panes y los peces.

martes, mayo 01, 2012

Angelina y la lujuria


Angelina había tenido serias dudas al alquilar el apartamento.  Al principio, mientras subía las escaleras, le parecía quedar completamente desnuda.  Y es que en el bar de los bajos se reunían toda clase de hombres y tan pronto se dieron cuenta que una joven había alquilado el apartamento, estaban pendientes de su llegada.  La seguían con la vista cuando subía los peldaños de la escalera.  Lo hacía a toda prisa para darles menos tiempo de desnudarla. Cuando al fin cerraba la puerta y echaba la llave, se sentía segura pero sucia, así que procedía a darse un baño bien caliente que le quitara de encima las miradas, que pegajosas, se le quedaban alojadas en la piel.

Había miradas jóvenes y viejas, miradas de curiosidad, de admiración y de lujuria. Descubrió muy a su pesar que las miradas de lujuria eran usualmente viejas.  Miradas de ojos cansados en los que despertaba recuerdos de proezas lascivas adornadas por el tiempo.  Esas las raspaba con una esponja porque eran las que más asco le daban, y las que más hondo se incrustaban.   Las de curiosidad eran miradas jóvenes, de ojos que apenas despiertan a la malicia del sexo.  Ellas como las de admiración, le causaban la  satisfacción de sentirse atractiva.

Estaba en las de bañarse con agua muy caliente, raspando las miradas de lujuria, cuando descubrió una especial que la confundió.  Era una mirada de admiración con rasgos lujuriosos. Una mirada inescrutable, en la que no podía descifrar la edad de los ojos que la habían marcado.  Marca  que no se borraba, como si hubiera sido grabada en la piel con hierro hirviendo.  Sello de propiedad.

Desde ese día, Angelina sube las escaleras con lentitud, marcando los escalones con las caderas, confiando en que la lujuria pueda más que la admiración, y el hombre la siga hasta el apartamento.

sábado, abril 28, 2012

Mariposa azul


Un centenar de mariposas azules delineó su figura en el lienzo que formaban las montañas y el cielo.  Por un momento sintió miedo y pensó en espantarlas, pero se dio cuenta que solo revoloteaban a su alrededor sin hacer daño. A medida que caminaba saliendo del pequeño lago, la seguían, haciéndola sentir una de las elegidas. Contempló la caída de agua que alimentaba el lago y el brillo plateado de los rayos del sol sobre el líquido. Supo que, aunque volviera miles de veces, ninguna sería igual a aquella, en que se  había sentido una mariposa azul feliz. Había sido una señal especial.

De regreso a la casa la acompañó la alegría de los minutos en que fue mariposa feliz.  Hasta ahora era la tristeza la que siempre se le presentaba en forma de mariposa azul.  Por primera vez en mucho tiempo, se sentía enamorada de la vida, una con la naturaleza. 

Luego de un baño con agua caliente disfrutó de una sencilla cena de frutas y una copa de vino. Cubierta con una remera oscura y mahones, se atrevió a bajar las escaleras para enfrentar la noche y su soledad.  Intentaba silbar una melodía que acallara el incesante ladrar de los perros, el cantar del coquí y de los grillos y el alarido angustioso que como tantas otras noches, amenazaba con atenazarle la  garganta.  Volvía a ser mariposa azul descolorida por el tiempo, pendiendo de una lámpara, esperando el día y una ventana abierta para escapar de la locura.

Regresó con pasos rápidos a la casa, y luego de asegurarse que todas las puertas estaban cerradas, se refugió en el lecho.  En vano intentaba dormir.  Corrientes eléctricas castigaban su cerebro y el miedo a que “ella”  volviera se apoderó de la mujer.  “Ella” no tenía forma, ni rostro, era solo eso, “ella”, la que la privaba de hacer una vida normal,  la que la desvelaba, la que la enviaba al hospital.  Solo tenía que sobrevivir la noche, se dijo, la mañana vendría, se sentiría mejor en la mañana, siempre se sentía mejor en las mañanas. El tiempo, inexorable la liberaría.

Se concentró en recrear la felicidad que había sentido siendo mariposa azul libre, viendo las otras mariposas danzando a su alrededor, los rayos del sol sobre el agua, las frutas, el vino… Cuando “ella” finalmente logró arroparla, le sonrió.