Para alguien que
quiere borrarse o trasmutarse tal parecería que el cuerpo no es
importante. No voy a jugar el juego de
cuál partes es más o menos importante; si tengo que estar aquí, quiero todas
mis piezas. Las originales, por favor.
Debido al tipo
de trabajo que hacía, regularmente entrevistaba empleados incapacitados. El caso más doloroso que recuerdo es de un
antiguo compañero, amigo personal, a quién dejé de ver por varios años. Cuando vino a visitarme, acompañado de su
esposa para que le orientara en cuanto a los beneficios de Seguro Social, venía
en un sillón de ruedas. Víctima de una
cruel y galopante diabetes, había perdido ambas piernas y dedos en las
manos. Ahora me pregunto si le
preocupaban las partes de su cuerpo que había perdido o aquellas más que podía
perder. ¿Cómo elegir qué parte del
cuerpo resulta más importante si cada una de ellas tiene una función?
En el 1995 perdí
el útero y los ovarios poniendo punto final a la pregunta de si tendría o
no hijos, la que se había hecho prácticamente
académica al divorciarme en el 1992. No
me dolió perder mis órganos internos, me dolió perder la capacidad de elección
que hasta entonces pensé que tenía.
En el 2001 perdí mi imagen, y esa que es un concepto y no una parte que aún me duele haber perdido. Tengo que reconocer sin embargo, que me dolería más perder, como mi amigo, alguna extremidad. Me pregunto si en las vueltas que da el mundo tendré que enfrentarme a esa posibilidad y para entonces trataré de negociar con Dios: “si me quitaste la imagen, por qué quitarme algo más… ¿No te parece que ya me quitaste lo suficiente?”
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