viernes, abril 11, 2014

Un cliché..


Esperó que se acostara el marido, apagó la tele y fue a la cocina.  Como todas las noches desde hacía años le preparó el almuerzo para que lo llevara al otro día. Polvoreó la ensalada con parte del contenido de la caja de veneno para ratas. Lo estaba usando desde que el médico le dijo que su cáncer había regresado.  Se había prometido sobrevivirle para disfrutar lo que le quedara de vida, que, obviamente, sería muy poco.  Los reproches después, donde se encontraran sus almas.

Desparramó un poco del veneno por la cocina.  No hacía caso tener una casa llena de ratas.

jueves, marzo 20, 2014

El cuento perdido

¿Que buscas?, me pregunta suavemente, porque sabe que me exaspero cuando me interrumpen. Un cuento, le contesto, tratando de no ser grosera, pero en un tono que dice claramente que me está molestando. ¿Te ayudo? No, gracias, no puedes ayudarme, contesto. ¿No quieres que te ayude, o no puedo ayudarte? No puedes, y antes de que me preguntes, te aclaro que no puedes porque no sé cual cuento; cuando comencé a buscarlo, creí saberlo, pero ahora no sé si fue tan solo un sueño. Tal parece que mi memoria se fue de vacaciones. ¡Qué extraño!, me comenta burlona.
¿Puedo saber porqué lo andas buscando tan afanosamente? La mandaría de paseo pero sé que no puedo. Es por cuenta mía que habla, porque cuando creé su personaje, por miedo e inseguridad no hablaba. Lo malo es que ahora, cuando se aparece, habla basta por los codos y por que le di forma, y la conozco, sé que no se marchará basta que yo recuerde el cuento que busco. Haciendo acopio de paciencia le contesto, llevaba unas cuantas horas tratando de escribir algo coherente, sin poder lograrlo. De pronto be recordado un cuento que empecé, o creí haber empezado.
 
En qué pensabas cuando lo recordaste? En el silencio, le respondo casi sin pensarlo y con suma parquedad. ¿En el tuyo de ahora o en el mío de entonces? Hace la pregunta con tanta ingenuidad que no sé si sabe que es el chispazo que me hace recordar el cuento que busco, lo que hace innecesaria su búsqueda. Debí imaginar, apenas verla, que mi ladina memoria, que se vale de miles de artimañas, la trajo con el propósito de traerme a mi realidad presente, y recordarme el compromiso que hicimos de decir y escribir lo que pienso y siento, lo que en estos últimos tiempos be estado evitando. Ahora nos podemos sentar de nuevo a escribir mi memoria y yo, no el cuento que buscaba, ese está escrito, otro… uno nuevo. Uno que le devuelva la voz a mi silencio.


domingo, febrero 02, 2014

Yatzlé

Un cosquilleo en los ojos despertó a Yatzlé. Una escuela de peces diminutos se alejaba, el roce de algunos de ellos en sus largas pestañas la había hecho abrir los ojos. Reaccionó malhumorada. Como en los últimos siglos, le dolía la cabeza y tenía rígido el cuello. Ya ni llevaba la cuenta del tiempo transcurrido desde que su padre le prohibió moverse. A pesar del aburrimiento a que ello la había condenado, había cumplido con su promesa: le temía a las consecuencias.
 
El problema databa de siglos atrás, cuando aquellos hombres que poblaban la tierra que Yatzlé conocía, y que ella y sus hermanas sostenían sobre sus cabezas, dieron captura a un grupo de sirenas.
─Nadie, pero nadie, me reta. Las sirenas son de mi propiedad ─el grito de su padre hizo temblar a las nereidas, a las oceánides e incluso a los poderosos tritones que no temían a nada. Los delfines, que habían halado su espectacular coche de oro, algas y coral hasta allí, bufaron nerviosos. Las ninfas, las ondinas y las náyades, más tímidas, se pegaron a las rocas, como si eso las hiciera invisibles. Yatzlé y sus múltiples hermanas se quedaron más quietas que quietas.  También temían a la furia de su padre y nunca antes le habían visto tan fúrico.
Con su gigantesco tridente, el dios traspasó la tierra con saña una y otra vez, agitó los mares haciendo que sus cuencas se estremecieran, y ordenó a los tritones hacer otro tanto.  Todos los seres marinos del litoral vieron con horror como aquél área que conocían del planeta se rompía en pedazos. Millones de humanos cayeron al mar perdiendo la vida. Y en la historia de los dioses y de los hombres, la Atlántida quedó fragmentada en islas e islotes.
Hasta aquél momento la vida de Yatzlé y sus hermanas había discurrido tranquila e incluso divertida.  Aunque en su función de sostener ese lado del mundo tenían que permanecer completamente inmóviles, una que otra, de siglo en siglo se tomaba un descanso. Entonces las sirenas y las náyades y las ondinas ocupaban el lugar de la joven que quería un respiro. Esta, libre del peso, podía jugar a su antojo con la inmensa cantidad de hermosos peces y animales marinos que poblaban las aguas más profundas. Yatzlé recordaba muy bien su última vez libre: había jugado con los delfines.  Había nadado junto a las sirenas. Había besado a un tritón que le juró amor por los siglos de los siglos, y a quien su padre desterró a otros mares lejanos cuando fueron delatados por un delfín que sabía que eran medio hermanos.
Pero ni siquiera ese día, cuando su padre le reprochó lo que había hecho, estaba tan enfurecido como ahora.  Eran sus sirenas, era comprensible.  Pero aquella tierra de seres humanos inteligentes, adelantados a su tiempo, era una gran pérdida.  Yatzlé pensaba que su padre se había arrepentido pero para entonces ya no había marcha atrás. Cómo no arrepentirse si con sus propias manos había dado forma a los acantilados y a las costas, creado bahías para el refugio de los buques, suavizado el terreno de las playas.
El acto trajo otras consecuencias.  Por primera vez, y para siempre, Yatzlé y sus hermanas fueron separadas: cada una debía sostener en su cabeza la isla o islote que le fue asignado. Las ninfas, náyades y ondinas fueron a habitar lagos y fuentes, conceptos que Yatzlé no entendía. Las funciones y áreas geográficas de las nereidas, las oceánides y los tritones fueron establecidas.  Ya no había nadie que tomara su lugar permitiéndole a ella y sus hermanas tomar un dulce descanso entre siglos.
Yatzlé había contemplado con horror la faena de su padre y a pesar de los siglos transcurridos no olvidaba el sufrimiento causado a todos los seres marinos y a los de tierra. Consciente de su actual responsabilidad, la joven había permanecido inamovible por siglos y siglos. Pero en los últimos, había comenzado a dolerle la cabeza, el cuello, la espalda. Su estado de ánimo oscilaba entre la depresión y la ira. Añoraba hundirse hasta el fondo del mar a jugar con las criaturas que vivían allí. Mover sus piernas y sentir el roce del agua. Crear pequeñas burbujas a su alrededor con leves soplos produciendo en la superficie olas un poco más fuerte que las naturales. Estirar los brazos, sentirse viva. Recobrar su buen humor.
Le tomó siglos tomar la decisión, y otro puñado más estudiar el ir y venir en la tierra que sostenía.  Era una isla pequeña, de gran tráfico marino en los últimos siglos. Pero había días en que ni un barco visitaba sus costas.  Si esperaba un día de esos y lo aprovechaba, podría descansar un poco. No sería mucho tiempo pero la reanimaría para los siglos futuros.
Apenas amanecía cuando Yatzlé se dio cuenta que no había barcos atracados en los muelles de la isla y ninguno entrando; el mar estaba en completa calma.  Era el momento perfecto.  Estiró una pierna y la tierra sobre su cabeza se cimbreó un poco a la derecha, y en la pequeña isla temblaron los edificios y las casas. El mar se embraveció de repente.  Estiró la otra despacito, con mucho cuidado, y la tierra se cimbreó a la izquierda.  El movimiento se hizo más terrible y se formaron olas inmensas por todas las costas. Yatzlé estiró los brazos hasta casi tocar la superficie del agua, y un inmenso maremoto recubrió la isla.
Respiró aliviada de los calambres que por tantos siglos había soportado. Al percatarse de lo que sucedía, Neptuno mandó preparar su carroza de oro, algas y corales con urgencia pero era demasiado tarde.  Una pequeña isla del Caribe había sido sacudida por dos fuertes temblores, desapareciendo para siempre bajo el maremoto más terrorífico registrado en la historia.
Y los cartógrafos procedieron a borrar el nombre de Puerto Rico de los mapas…
 

jueves, enero 23, 2014

Desgastados


Cuando llegaba a la casa, ella estaba metida en la cama, y las más de las veces ni siquiera se había levantado.  No había comido nada aferrada al teléfono como una loca. La metía casi a la fuerza a la ducha porque el agua parecía lavarla de la angustia en que pasaba sus días. Entonces se reanimaba, cocinaba, cenábamos y luego me buscaba como perra en celo. Era insaciable.  El sexo la calmaba y se quedaba dormida entre mis brazos.

Me necesitaba tanto y yo la amaba con la misma locura que la llevaba a ella a desgastar sus días en la cama, tratando de conseguir a alguna amiga que la distrajera al teléfono. Había tenido que hacerle prometer que no llamaría a mi trabajo por temor a que me despidieran. Bastaban las miradas de reproche cuando llegaba tarde, que era casi todos los días.  Mi jefe me advertía que el brillo de la luna de miel pasaría, y la costumbre nos halaría en su vorágine, que era, al fin y al cabo, el hastío. Entonces, insistía, te darás cuenta que el trabajo es la mejor distracción del ahogo de todos los días.  Su cinismo era fruto de dos matrimonios fracasados, pero en ocasiones sentía el deseo de preguntarle si todas las mujeres eran como la mía.

Nereida había cambiado tanto después de casarnos. Me arrepentía de haber insistido que dejara su trabajo. Lo echaba de menos, me decía. No me levanto porque no tengo nada qué hacer.  Yo le dejaba pequeños encargos que la motivaran.  La exhortaba a que volviera a la universidad, a que saliera con sus amigas.  Pero sus temores le impedían salir de la casa. 

─Solo tú y yo tenemos sentido en esta vida ─me decía─.  Solo cuando estamos juntos estoy tranquila.

Muchas veces en los momentos más frenéticos de pasión me murmuraba que acabáramos con todo, que nos fuéramos juntos. Que no soportaba las horas en que yo no estaba.

Comencé a temer llegar a la casa, me sentía exhausto. Me requedaba en la ciudad tratando de no pensar en el desespero de ella.  Apagaba el celular para ni siquiera saber cuántas veces me llamaba. Ya perdió el brillo, me decía mi jefe sonriendo mordaz. Yo me sentía vulnerable y cobarde porque no enfrentaba la situación. Nereida necesitaba una ayuda que yo no podía darle.

Al llegar a la casa, siempre la encontraba en medio de alguna crisis.  Entonces me insultaba, intentaba pegarme, más de una vez alcanzó a arañarme.  Me protegía el rostro para que el daño no fuera evidente, para que los compañeros de trabajo no se dieran cuenta.

Cuando se tranquilizaba se acercaba a intentar seducirme. Trataba de complacerla, pero más que deseo me causaba temor el tenerla cerca. Entonces ella sugería un pacto suicida.

─Es lo único que nos salvará de esta farsa que llamamos matrimonio. Lo único que permitirá que sigamos juntos para siempre rescatándonos de esta zozobra.

Sonaba convincente, y en esos últimos tiempos, yo estaba al borde de darle la razón. Me hallaba tan cansado, ella se veía tan ajada y corroída.  La ruina del hogar que nunca fue, dos fracasados. Juntos, éramos la peor medicina el uno para el otro. Quizás la muerte nos daría la ansiada paz: la tranquilizaría, nos tranquilizaría.

Era como el suicida que se enfrenta a un abismo sin fondo que lo reclama. Intuía la cercanía y negrura de la muerte, extensión que era de ella. Sentía su aliento caliente en mi rostro…El murmullo en mi oído… Tuve miedo… Y elegí salvarme.

domingo, enero 12, 2014

Inútil



Llevo mi mano a la entrepierna y un gemido me sube a la garganta. Lo ahogo; no quiero que me oiga.  Ella ha encendido la luz y tengo silla de palco, desde donde puedo verla claramente. Me acomodo mejor.

La seguí todo el día. Hay en su caminar un sandungueo que me saca de órbita. Tiene ese remeneo de caderas que me eriza los vellos del cuello y que lleva un sudor frío a mi espalda, despertando la vida entre mis caderas. Me toco nuevamente allí, donde él está creciendo y mi respiración se agita.

Ella se remueve el sostén, y sus tetas negras, libres ahora, se bambolean.  Son grandes como toronjas redondas, e magino que las toco, las presiono contra mi pecho, las lamo.  Es exactamente lo que necesito. Ni con sus más sensuales movimientos, logra Sandra lo que esta negra cachonda ha logrado con el solo mover de sus caderas.  Llevo todo el día detrás de ella.  Me tomé una cerveza sentado en una esquina del bar, en el cafetín en que entró a almorzar.  Pidió una Coor’s light en lata y se la pasaba por el nacimiento del seno para aliviar el calor. Charló con el mozo y su risa es ronca. Fue entonces que me convencí que debía seguirla, de alguna forma hacerla mía.

Remenea las caderas mientras se quita las bragas, atenta a lo que pasa en la calle.  Me pregunto si sabe que la seguí, que la estoy ligando, y el espectáculo es para provocarme.  Para sacarme de las sombras de la noche y llevarme a su cama.  Desliza una mano hasta la vulva y la puedo imaginar runruneando como gata complacida.  Lleva su mano hasta la boca y saborea los dedos uno a uno… Lenta, deliciosamente…

Siento que voy a derramarme, me tiemblan los hombros, las piernas, y un escalofrío me sube por los pies hasta la entrepierna.  Mi cuerpo se estremece, convulsa y acallo con las manos los aullidos de placer,

Escucho el ladrido de un perro cada vez más cerca, ella cierra las cortinas, y apaga las luces.  El espectáculo ha terminado.

Quizás esta noche pueda probarle a Sandra que no soy un inútil.

 

lunes, enero 06, 2014

Elsa

            ─Pocas veces subes sola ─le digo riéndome.
Y ella ríe como si me entendiera. Es la primera vez que lo logra. Me da miedo que se caiga pero sé que tengo que dejar que aprenda.  Que es parte de crecer.  Llega al último escalón y me ofrece su mano, y le digo, lo lograste, y ríe nuevamente.
Es una maravilla ver crecer a un niño. Ayer solo dormía y lloraba. Casi sin saber gatear aprendió a caminar y está en esa edad en que quiere ir a todos lados y cogerlo todo. Con su oso de peluche preferido en los brazos camina balanceándose para evitar caerse.  Me maravilla el pensar que es parte mía: mi hija. Yo, que siempre pensé que no sería buen padre, incluso me había hecho a la idea de no tener hijos. Los planes eran casarme y viajar con mi mujer a cada oportunidad, pero nuestra pequeña Elsa cambió mi mundo por completo. 
Cuando mi mujer me dijo que estábamos esperando un hijo, casi no podía creerla. Nos asustamos los dos, y ahora, ¿qué? No sé si su miedo era a tenerlo o a decirme que venía en camino.
La sorpresa grande fue lo mucho que disfrutamos el proceso de esos nueve meses. Al principio tratando de adivinar el sexo, después escogiendo nombre, y luego, comprando las cosas para la beba. El inmenso closet que yo había preparado como una diminuta oficina lo convertimos en pequeña habitación para nuestra hija y yo mudé mis libros y la computadora al ático. Luego de decorar la habitación para su nuevo propósito, sobre el pequeño mural de un arcoíris que pintó Laura en la pared, coloqué unos estantes blancos.  En ellos pusimos una colección de muñecos de peluche pequeños de diferentes colores.
Entusiasmado por lo bien que nos quedó la habitación, pulí y pinté las escaleras al ático, proyecto que había tenido en mente, pero que ahora me pareció natural completar. Quince escalones y sus balaustres que quedaron como espejos.
Llovía el día que Laura rompió fuente, por suerte un sábado.  El parto fue rápido y ya el lunes me las llevé a casa. Y entonces empezó esta fabulosa aventura…
Me despierta de mis sueños de orgulloso papá primerizo, el ruido sordo del cuerpo al caer y el aullido feroz de Laura, bramido que retumba en la casa…


sábado, diciembre 28, 2013

Feliz año nuevo...


A ciencia cierta


Salí de la tiendita ayer con una canción en mi cabeza: “Sabes a ciencia cierta que me engañaste, que lo que prometiste se te olvidó…” Y pensé en ti porque eres el último en quien confié.  La borré encendiendo la radio.
           Me desperté con la canción dando vueltas incesantes en mi cabeza. No sé si lo causa el arrepentimiento o la ira. Es tan fácil engañarme. Esa es en efecto la carga principal de la frase: me engañaste. O sea, me dejé seducir por tu canto.
           Y sé a ciencia cierta que sabía mejor, que me dejé engañar porque quise, que me falté a mi misma porque aquello que me prometí se me olvidó. 
           Me prometo una vez más cumplir conmigo misma y no escuchar cantos de sirena.  No tengo que encender la radio, en mi cerebro se apaga la canción.

viernes, noviembre 22, 2013

Descenso


Me atrae la gente sin muchas esperanzas ni oportunidades. Tengo un don especial para reconocerlos.  Los veo bajar las escaleras y esperar el tren que los lleva al empleo sin porvenir, en oficinas oscuras donde el café es negro y amargo.  Llevan caras sin forma definida, máscara uniforme. Los ojos apagados, los pasos lentos y la espalda encogida, como acalambrada. Son hombres y mujeres que viven una vida que no les lleva a ninguna parte, llevando a la espalda la preocupación del dinero que no da, de las obligaciones pendientes, de la soledad íntima en que viven. Liberados por breves horas los viernes en la noche cuando tienen el fin de semana por delante y pueden recordar cuando eran gente.  

 Cuando la mañana ha florecido por completo, bajan otros, con sus maletines de cuero y sus computadoras, el teléfono celular que les quema la mano, hablando incesantes por ese artilugio de moda. Los ojos les brillan, y caminan crispados, planchados, resplandecientes  como el día contra el que arremeten. A esos les miro las caras, las estudio porque sé que muchos irán  perdiendo la definición de sus facciones. 

 Esos, los que se van difuminando, son las promesas derrotadas, nuevos ingresos a las filas amorfas de los que no tienen esperanzas ni oportunidades.  Creyeron que podrían conquistar el sistema, y este se los tragó victorioso en la lucha por la nada.  Porque nada es el departamento de lujo, el bote, el auto. Nada son ellos porque no pudieron mantenerse en el tren del éxito y bajan poco a poco los escasos peldaños que subieron.

Aún más bajo en el escalafón están los otros.  Los que no tienen ni siquiera con qué tomar el tren ni razón para hacerlo. Los que duermen arropados con periódicos que encuentran.  Los que buscan qué comer en algún zafacón. Los que piden limosna.  Esos recuperan el rostro, pero es un rostro genérico porque es el del enemigo que puede intentar asaltarte y robarte, incluso matarte por necesidad o por envidia.

Ese es el rostro que veo al mirarme en las vidrieras…