martes, mayo 27, 2014

Imperfecto



El hombre lleva horas sentado en la butaca sin apenas moverse; silencioso, contempla la nieve. Está nevando hace horas un polvo fino que ha maquillado de blanco el terreno visible desde el amplio ventanal. Los árboles, ramas sin hojas, están también pintados de blanco.  Es un espectáculo libre de huella humana.

Se levanta con un suspiro, se pone el abrigo y sale. Aún no ha decidido lo que va a hacer, ni siquiera ha podido poner en orden sus pensamientos. La noticia lo tomó desprevenido, y se sintió viejo, confundido, desconcertado, extrañamente solo. Ahora siente las palpitaciones rápidas del corazón en los oídos. No es que no quiera un hijo, siempre quiso tener uno, alguien que llevara su sangre, su apellido, compartiera sus costumbres y su modo de pensar. Después de tantos años de haberse convencido de que era incapaz de procrear, Natalia le sorprende con la noticia.

Es necesario que lo decida con el cerebro, como si fuera un negocio más, no dejarme llevar por el primer impulso.  Natalia es la mujer menos adecuada para tener mi hijo. Es demasiado joven, demasiado inmadura.  Para una aventura entretenida es exquisita.  Si me caso con ella, me convertiré en el hazmerreír de todos mis amigos.  Me dirán que se dejó embarazar para ganar ventaja sobre mí y asegurarse para ella y el crío un porvenir cómodo. A pesar de que sabe que puede ser cierto, la idea de dejar que un hijo suyo sea bastardo no le es grata.

Mi padre siempre estuvo presente.  Quizás por estar envuelto en los negocios no me dio la atención más adecuada, pero estaba, y yo sabía que podía contar con él. No fue el mejor padre, pero aprendí de él y no cometeré los mismos errores.

Mientras Natalia fue la muñequita para el placer se sintió cómodo.  El que ella estuviera con él por el dinero, no le importaba.  El matrimonio, sin embargo, lo ataría a una situación en que la diferencia de edades resulta incongruente. Ella esperará la atención debida a una esposa, él no se siente en condiciones ya, y la verdad, disfruta la soltería.  Puede ir al club cuando quiere, mirar por horas el paisaje desde la ventana de la casa si se le antoja, viajar sin avisar a nadie. Una vez casado eso sería difícil. Natalia es muy dulce pero las mujeres, seguras de su posición, suelen convertirse en arpías demandantes.  No, definitivamente no quiere las cadenas de un matrimonio. Ya probó a estarlo más de una vez.

 No soy tan viejo para tener un hijo, piensa.  Aunque al lado de Natalia lo parezca, sabe que se ve mayor que su edad real.  En los últimos años se ha dejado ir: bebe y come demasiado, no hace suficiente ejercicios. No está en las condiciones físicas adecuadas para tener una esposa joven y correr detrás de un crío. Resulta una burla el que vaya a ser primerizo en este momento. 

Esta puede ser la oportunidad para cambiar mi forma de vida, incluso de alargarla, mejorarla. Podría compartir con el niño, disfrutar enseñándole juegos y ya más grande, las lecciones que la vida le enseñó a él a golpes. Prepararlo para que tome el mando de los negocios cuando él no pueda. Todo será del hijo, se asegurará de que no haya forma en que Natalia pueda poner sus dedos codiciosos sobre la fortuna.

Aunque no se lo dijo en el momento, hay otra consideración. ¿Qué tal si el hijo no es suyo y la muchacha solo pretende colgarlo de su cuello? No tiene razones para dudar de Natalia y aunque sabe que puede obtener la prueba fehaciente de que el hijo es suyo, si quiere un hijo, y de eso está seguro ¿para qué arriesgarse?  Con tal que él lo considere y trate como tal, los demás estarán obligados a tragarlo.     

Se le ocurre que puede hacer un arreglo con Natalia ventajoso para ambos.  Ella es joven e impresionable, el dinero la deslumbrará.  Puede casarse con ella y luego divorciarse cuando el chiquillo nazca.  Será magnánimo en el acuerdo económico a cambio de que le deje al niño.

Ha comenzado a caminar más rápido. Encontrada la solución perfecta, una alegría crece dentro de él.  Regresa con paso ligero, libre del peso con el que salió. Se imagina con el hijo de la mano, enseñándolo, visitando lugares históricos, explorando nuevos lugares, viajando por el mundo. El niño dará continuidad a su apellido, no envejecerá solo. Para cuando llega a la casa, una amplia sonrisa le ha borrado la tirantez del rostro.

En el celular tiene una llamada perdida de Natalia.  No es su costumbre llamar, ni la de él responder cuando lo hace.  Pero esta es una excepción. Es diferente.

—Hola, mi amor —le dice ella llorosa— estoy sangrando. 

Lento, se sienta frente al amplio ventanal.  Ha dejado de caer la nieve y puede ver las huellas que ha dejado en ella. A sus ojos, vidriosos por el golpe inesperado, el hermoso paisaje es ahora cruelmente imperfecto.

Sin responder, abre la mano y deja caer el celular al suelo.

lunes, mayo 19, 2014

María de los Ángeles Ramírez Betancourt está en casa


Al despertar después de cada tratamiento de electrochoque, el galeno le pregunta su nombre. Ella responde soñolienta: María de los Ángeles Ramírez Betancourt. Solo su nombre, con eso es suficiente. Acostada en la estrecha cama del hospital, helada del frío, repite y repite su nombre. La terapista viene a buscarla todos los días, pero se resiste a levantarse. No quiere hacer pulseras de cuentas de colores, ni pintar con crayolas, como hacía en la clínica parcial.

─María de los Ángeles, la estadía aprobada terminó, así que procesaremos su alta. Es imprescindible que asista al parcial y siga viendo a su médico para que este continúe el tratamiento.

María de los Ángeles Ramírez Betancourt, regresas a casa. María de los Ángeles, pero ¿cuál es tu casa? No quiere salir del hospital: allí se siente segura, tranquila y puede dormir.  ¿Quién eres María de los Ángeles? No sabes quién eres… ¡Mentira!  Soy María de los Ángeles.

─Llegó tu esposo a buscarte, María─ le avisa una enfermera.

Recoge las bolsas de papel en que ha echado sus pertenencias y sale. Solo el gesto de disgusto en el hombre le es familiar. María de los Ángeles Ramírez Betancourt no quiere saber quién es ella más allá de su nombre.

El tapón es horrible, el calor insoportable y escucha al hombre rezongar porque llegará tarde a una reunión importante por culpa de ella, y ¿qué vamos a hacer contigo María? Contraté una enfermera para que te acompañe y no intentes una locura. ¿Tienes una idea de los problemas que nos causas a todos, María? ¿La tienes, realmente la tienes? ¿Te importa?

Suben en el ascensor con otros residentes y se avergüenza de las bolsas en que lleva sus cosas porque le parece que es obvio de dónde viene.  La enfermera la ayuda a bañarse y le pone un pijama cómodo. María de los Ángeles Ramírez Betancourt ha llegado a casa, tiene 28 años, dos hijos pequeños, y lo único que quiere es morirse.

Mal de ojo



Mi hermana creía en el mal de ojo.  Yo no, quizás porque estaba segura de que no tenía nada que envidiar. Quien nada tiene, nada teme, me dijo mi tía, ya anciana, a quien cuidaba siete días a la semana, con sus respectivas noches. Y es que el día que mi hermana pasó como un zeppelín por la casa a visitar a nuestra tía, nos comentó que el mal de ojo había sido la causa de la muerte repentina y prematura de su más valioso caballo de competencia, última desgracia en una larga fila de pérdidas y contratiempos, la mayor parte de los cuales estaban relacionados con la construcción de una lujosa casa de campo.
Entrada en los cuarenta y soltera, me había entregado a la misión de cuidar a mi tía. Me aseguraba que la anciana estuviera cómoda y comiera bien.  Muchas eran las noches en que me quedaba dormida a su lado, leyéndole o viendo alguna película nueva en Netflix.  Ella decía que yo era la hija que nunca tuvo, porque aunque disfrutó una que otra aventurilla en su madurez, tuvo la desgracia de quedar viuda muy joven, sin hijos. Por fortuna, heredó de su esposo un cuantioso capital que había sabido incrementar con el consejo de un astuto asesor financiero.
Confieso que no era del todo desinteresada mi decisión de cuidar a la anciana.  Quería ver mundo y para ello contaba con el dinero que heredaría de mi tía quien muchas veces me había dado a entender que una buena porción de su fortuna sería mía cuando falleciera.
Aunque creí estar preparada, su muerte fue un rudo golpe.  Mi hermana no pudo asistir al entierro por estar de viaje por Europa, así que me vi sola, agobiada por la pena y enfrentando los arreglos necesarios para el entierro.
Por instrucciones de mi tía, el abogado me trajo una carta suya la noche antes de la lectura del testamento.  Escrita en su letra, pequeña y temblorosa, en fino papel de hilo rosado con su monograma, mi tía me agradecía los años dedicados con ternura a cuidarla.  Su gran amor hacía mí la había llevado a tomar la difícil decisión de dejar su fortuna a mi hermana, con la instrucciones de cubrir todos los gastos de la casa, donde era bienvenida a seguir viviendo.  Recibiría además un pequeño estipendio mensual para sufragar mis gustos personales, los que sabía eran muy frugales.  Recuerda, decía, que la vida no te ha preparado para enfrentar el mal de ojo, y quien nada tiene, nada teme. 

 

martes, mayo 06, 2014

Una chicana en aprietos


Te lo juro, el más difícil fue el primero. Quizás porque después de ese, los demás no importaban. Me dejé llevar por el impulso. No sé si me pegaste o no, o me dijiste algo, solo sé que tenía el zapato en la mano y me pareció que lo más adecuado era que te pegara con él en la cabeza con toda mi fuerza. El zapato se quedó incrustado en tu cráneo y salió disparado un chorro sanguinolento que me llegó a la cara y el pecho. Sentí ira. Ira de que te atrevieras a salpicar mi vestido y mi piel, ensuciándolos. No sabía que tenía tanto coraje por dentro. Halé el zapato hasta sacarlo y te seguí golpeando. Cada golpe con más fuerza, más furia. Le cogí gusto al tum tum del taco de mi zapato en tu cabeza. Y a levantar el brazo, a dejarlo caer, a verte encoger como una cucaracha. El sonido del golpe en el hueso y en las partes blandas era diferente; tum tum tam tam. Una especie de música sorda, en dos tonos. El segundo golpe te lo di a nombre de mi padre que me desvirgó de pequeña, y me dijo que si se lo decía a mi madre, nos mataba a las dos. El tercero fue por mi hermano. Vio a mi padre conmigo y pidió privilegios iguales o me delataba. El otro por el hombre que quien me casé y cuando tenía la barrigota del hijo que no nació vivo, me abandonó. Y los otros por ti, otro y otro. Por las veces que me dijiste mexicana sucia, estúpida, no sirves para nada, me avergüenzas. Por los golpes que me diste cuando estabas borracho y las veces en que amenazaste con reportarme a inmigración. No me joderás más la vida.

Mi furia se fue disipando, y entonces me percaté  que tus sesos estaban  derramados en el suelo: se habían ido colando por los huecos en tu cabeza. Sesos y sangre habían llegado hasta a las paredes donde formaban caminos de un tono barroso.  Limpié el taco del zapato, pero no pude recoger tus sesos para reacomodarlos. Lo intenté, lo juro, pero esa masa que se escapaba de tu cabeza se me escurría por entre los dedos como gelatina. No estabas respirando, así que no importaba mucho, realmente nada. ¿Para qué quieres de vuelta unos sesos revolcados, ahora sucios?  Me dan asco.

Me desvestí y fui al lavamanos a limpiar el vestido. Las manchas de sangre no salen, nunca salen y oigo a mi madre llamarme. Estela, hija, ¿por qué hay sangre en tu sábana, niña? Y no sé que decirle. Me quedo callada y no insiste. 

Me salvaste del mundo de los indocumentados, ofreciéndome tu apartamento que era mi seguridad de una vida tranquila. Te estabas tomando un riesgo y no me dejabas olvidarlo. Cuando te emborrachabas decías que me denunciarías si no hacía tu voluntad. Me lo decías junto a la ristra de palabras soeces con las cuales nos describías a mí y a mi familia: sucia, arrabalera, puta.

Estrego y estrego mi blusa y la sangre no sale.  Las paredes manchadas también me delatan pero no me animo a limpiarlas.  Estoy demasiado cansada y me duelen los brazos.  Te miro y quisiera que no estuvieras ahí encogido en una posición fetal, tu traje manchado del líquido morado que aún se escurre por los huecos en tu cabeza.  Cojo el teléfono para marcar al 911 y lo cuelgo. 

Abro la puerta y me marcho, solo soy una chicana indocumentada. Me escurro en la noche, una deambulante más que duerme en el rellano de una puerta.   

jueves, mayo 01, 2014

Las medias

     William no está de buen humor en estos días.  Se acerca el aniversario de la muerte de su primera esposa, Linda, y acres recuerdos lo extenúan.  Aún le mortifica el pensar que se casó demasiado pronto con Tamara, pero qué ha de hacer un viudo con dos hijos pequeños, si su madre murió cuando él era solo un niño, y no puede soportar a su suegra.
     En lo que a él se refiere, Tamara no puede ocupar el lugar de Linda.  Pero es buena con sus hijos y ha sabido enfrentarse al cotilleo de vecinas que la acusan falsamente de haber sido su amante.  Curiosa idea, esa.  De haber querido tomar una amante no se parecería en nada a Tamara.  Habría escogido una gordita hermosa, de grandes senos y anchas caderas, que supiera hacerlo reír hasta en la cama. Y es que el único referente que tiene es el de su padre, anciano ahora, y la regordeta mujer que llevó para que cuidara de William y su hermano, cuando la madre los abandonó.
     William los sorprendió juntos en la cama matrimonial.  Ella a medio vestir, sobre él, y los pies de él sin medias moviéndose, en el juego pre-coital.  Nunca se atrevió a preguntarle a su padre porqué de todas las piezas de ropas eran las medias las que no tenía puestas.  Poco después la criada-niñera se convirtió en la señora de la casa, y menos aún preguntó lo que hasta ahora era una interrogante.
     No es del todo feliz con Tamara, y en ocasiones, si es sincero consigo mismo, tiene que aceptar que al final, tampoco lo era con Linda.  Ambas de buen ver, educadas para ser las perfectas amas de casa, e incluso, complacientes en la cama. Justo ahí, le parece en estos días está el problema.  Ambas complacientes, nunca un no a sus acercamientos, pero carentes de iniciativa.  Elegantes, cultas, buenas madres, pero sosas, sosísimas en la cama.
     Enciende el auto, y oyendo el poderoso rugir del motor se dice que lo tiene todo. Dos hijos preciosos, una buena casa en un lugar exclusivo, dinero… lo único que le falta, y se disgusta consigo mismo por mal agradecido, es un poco de sal y pimienta en su vida.  Eso, las risas.  Entonces recuerda las risas de su padre y la entonces niñera, y los malditos pies descalzos de su viejo, saltando en el aire, convulsos de carcajadas.
    Acelera porque cuando esos pensamientos le asaltan intenta borrarlos haciendo que el auto corra veloz. Guiar es uno de sus grandes placeres, sentir que la máquina ronronea bajo el control de sus manos, que obedece a sus comandos.  Siempre le gustaron los autos lujosos, con interiores de cuero, olor a nuevo.  Fuma, pero nunca en el auto.  Contrario a cuando hace el amor con Tamara, en que después, casi siempre, va por un trago y un cigarrillo. Es un punto final que le hace falta.  Muchas veces se pregunta si es costumbre que aprendió de su progenitor. Los sábados, después de hacer el amor con la niñera-madrastra se levantaba e iba por un trago.  La mujer lo acompañaba a beber y después de varios retornaban a la cama. Intentaban ahogar sus carcajadas, sin éxito,  y entonces él se masturbaba pensando en los pies descalzos de su padre, y en lo que ocurría más arriba de las rodillas.
    Hoy el mal humor perdura a pesar de haber disfrutado el viaje.  No ha logrado convencer a Tamara que insiste en ofrecer una vez más una misa por Linda. Desde que se casaron lo viene haciendo, quizás para demostrarle a las chismosas del pueblo que no tiene por qué avergonzarse.  Da la impresión que sí lo haces, fue su último reclamo.  Pero a su esposa no le importa, quiere la misa para Linda, ya encargó las flores y se aseguró que estará Muñoz que toca el órgano como los ángeles. Y tienes que venir temprano, fue lo último que le dijo y él con esta ira inmensa porque no entiende, pero sí entiende que Linda haría lo mismo por Tamara, que son gemelas, cortada por el mismo molde, una el reflejo de la otra. 
      Fue un estúpido, es un estúpido: cuando Linda murió lo que necesitaba era una joven de carnes amplias y tetas grandes.  Una que le hiciera olvidar todo, incluso el intenso frío del invierno. Una que lo hiciera reír. Una por la que se quitara hasta las medias.


viernes, abril 11, 2014

Un cliché..


Esperó que se acostara el marido, apagó la tele y fue a la cocina.  Como todas las noches desde hacía años le preparó el almuerzo para que lo llevara al otro día. Polvoreó la ensalada con parte del contenido de la caja de veneno para ratas. Lo estaba usando desde que el médico le dijo que su cáncer había regresado.  Se había prometido sobrevivirle para disfrutar lo que le quedara de vida, que, obviamente, sería muy poco.  Los reproches después, donde se encontraran sus almas.

Desparramó un poco del veneno por la cocina.  No hacía caso tener una casa llena de ratas.

jueves, marzo 20, 2014

El cuento perdido

¿Que buscas?, me pregunta suavemente, porque sabe que me exaspero cuando me interrumpen. Un cuento, le contesto, tratando de no ser grosera, pero en un tono que dice claramente que me está molestando. ¿Te ayudo? No, gracias, no puedes ayudarme, contesto. ¿No quieres que te ayude, o no puedo ayudarte? No puedes, y antes de que me preguntes, te aclaro que no puedes porque no sé cual cuento; cuando comencé a buscarlo, creí saberlo, pero ahora no sé si fue tan solo un sueño. Tal parece que mi memoria se fue de vacaciones. ¡Qué extraño!, me comenta burlona.
¿Puedo saber porqué lo andas buscando tan afanosamente? La mandaría de paseo pero sé que no puedo. Es por cuenta mía que habla, porque cuando creé su personaje, por miedo e inseguridad no hablaba. Lo malo es que ahora, cuando se aparece, habla basta por los codos y por que le di forma, y la conozco, sé que no se marchará basta que yo recuerde el cuento que busco. Haciendo acopio de paciencia le contesto, llevaba unas cuantas horas tratando de escribir algo coherente, sin poder lograrlo. De pronto be recordado un cuento que empecé, o creí haber empezado.
 
En qué pensabas cuando lo recordaste? En el silencio, le respondo casi sin pensarlo y con suma parquedad. ¿En el tuyo de ahora o en el mío de entonces? Hace la pregunta con tanta ingenuidad que no sé si sabe que es el chispazo que me hace recordar el cuento que busco, lo que hace innecesaria su búsqueda. Debí imaginar, apenas verla, que mi ladina memoria, que se vale de miles de artimañas, la trajo con el propósito de traerme a mi realidad presente, y recordarme el compromiso que hicimos de decir y escribir lo que pienso y siento, lo que en estos últimos tiempos be estado evitando. Ahora nos podemos sentar de nuevo a escribir mi memoria y yo, no el cuento que buscaba, ese está escrito, otro… uno nuevo. Uno que le devuelva la voz a mi silencio.


domingo, febrero 02, 2014

Yatzlé

Un cosquilleo en los ojos despertó a Yatzlé. Una escuela de peces diminutos se alejaba, el roce de algunos de ellos en sus largas pestañas la había hecho abrir los ojos. Reaccionó malhumorada. Como en los últimos siglos, le dolía la cabeza y tenía rígido el cuello. Ya ni llevaba la cuenta del tiempo transcurrido desde que su padre le prohibió moverse. A pesar del aburrimiento a que ello la había condenado, había cumplido con su promesa: le temía a las consecuencias.
 
El problema databa de siglos atrás, cuando aquellos hombres que poblaban la tierra que Yatzlé conocía, y que ella y sus hermanas sostenían sobre sus cabezas, dieron captura a un grupo de sirenas.
─Nadie, pero nadie, me reta. Las sirenas son de mi propiedad ─el grito de su padre hizo temblar a las nereidas, a las oceánides e incluso a los poderosos tritones que no temían a nada. Los delfines, que habían halado su espectacular coche de oro, algas y coral hasta allí, bufaron nerviosos. Las ninfas, las ondinas y las náyades, más tímidas, se pegaron a las rocas, como si eso las hiciera invisibles. Yatzlé y sus múltiples hermanas se quedaron más quietas que quietas.  También temían a la furia de su padre y nunca antes le habían visto tan fúrico.
Con su gigantesco tridente, el dios traspasó la tierra con saña una y otra vez, agitó los mares haciendo que sus cuencas se estremecieran, y ordenó a los tritones hacer otro tanto.  Todos los seres marinos del litoral vieron con horror como aquél área que conocían del planeta se rompía en pedazos. Millones de humanos cayeron al mar perdiendo la vida. Y en la historia de los dioses y de los hombres, la Atlántida quedó fragmentada en islas e islotes.
Hasta aquél momento la vida de Yatzlé y sus hermanas había discurrido tranquila e incluso divertida.  Aunque en su función de sostener ese lado del mundo tenían que permanecer completamente inmóviles, una que otra, de siglo en siglo se tomaba un descanso. Entonces las sirenas y las náyades y las ondinas ocupaban el lugar de la joven que quería un respiro. Esta, libre del peso, podía jugar a su antojo con la inmensa cantidad de hermosos peces y animales marinos que poblaban las aguas más profundas. Yatzlé recordaba muy bien su última vez libre: había jugado con los delfines.  Había nadado junto a las sirenas. Había besado a un tritón que le juró amor por los siglos de los siglos, y a quien su padre desterró a otros mares lejanos cuando fueron delatados por un delfín que sabía que eran medio hermanos.
Pero ni siquiera ese día, cuando su padre le reprochó lo que había hecho, estaba tan enfurecido como ahora.  Eran sus sirenas, era comprensible.  Pero aquella tierra de seres humanos inteligentes, adelantados a su tiempo, era una gran pérdida.  Yatzlé pensaba que su padre se había arrepentido pero para entonces ya no había marcha atrás. Cómo no arrepentirse si con sus propias manos había dado forma a los acantilados y a las costas, creado bahías para el refugio de los buques, suavizado el terreno de las playas.
El acto trajo otras consecuencias.  Por primera vez, y para siempre, Yatzlé y sus hermanas fueron separadas: cada una debía sostener en su cabeza la isla o islote que le fue asignado. Las ninfas, náyades y ondinas fueron a habitar lagos y fuentes, conceptos que Yatzlé no entendía. Las funciones y áreas geográficas de las nereidas, las oceánides y los tritones fueron establecidas.  Ya no había nadie que tomara su lugar permitiéndole a ella y sus hermanas tomar un dulce descanso entre siglos.
Yatzlé había contemplado con horror la faena de su padre y a pesar de los siglos transcurridos no olvidaba el sufrimiento causado a todos los seres marinos y a los de tierra. Consciente de su actual responsabilidad, la joven había permanecido inamovible por siglos y siglos. Pero en los últimos, había comenzado a dolerle la cabeza, el cuello, la espalda. Su estado de ánimo oscilaba entre la depresión y la ira. Añoraba hundirse hasta el fondo del mar a jugar con las criaturas que vivían allí. Mover sus piernas y sentir el roce del agua. Crear pequeñas burbujas a su alrededor con leves soplos produciendo en la superficie olas un poco más fuerte que las naturales. Estirar los brazos, sentirse viva. Recobrar su buen humor.
Le tomó siglos tomar la decisión, y otro puñado más estudiar el ir y venir en la tierra que sostenía.  Era una isla pequeña, de gran tráfico marino en los últimos siglos. Pero había días en que ni un barco visitaba sus costas.  Si esperaba un día de esos y lo aprovechaba, podría descansar un poco. No sería mucho tiempo pero la reanimaría para los siglos futuros.
Apenas amanecía cuando Yatzlé se dio cuenta que no había barcos atracados en los muelles de la isla y ninguno entrando; el mar estaba en completa calma.  Era el momento perfecto.  Estiró una pierna y la tierra sobre su cabeza se cimbreó un poco a la derecha, y en la pequeña isla temblaron los edificios y las casas. El mar se embraveció de repente.  Estiró la otra despacito, con mucho cuidado, y la tierra se cimbreó a la izquierda.  El movimiento se hizo más terrible y se formaron olas inmensas por todas las costas. Yatzlé estiró los brazos hasta casi tocar la superficie del agua, y un inmenso maremoto recubrió la isla.
Respiró aliviada de los calambres que por tantos siglos había soportado. Al percatarse de lo que sucedía, Neptuno mandó preparar su carroza de oro, algas y corales con urgencia pero era demasiado tarde.  Una pequeña isla del Caribe había sido sacudida por dos fuertes temblores, desapareciendo para siempre bajo el maremoto más terrorífico registrado en la historia.
Y los cartógrafos procedieron a borrar el nombre de Puerto Rico de los mapas…
 

jueves, enero 23, 2014

Desgastados


Cuando llegaba a la casa, ella estaba metida en la cama, y las más de las veces ni siquiera se había levantado.  No había comido nada aferrada al teléfono como una loca. La metía casi a la fuerza a la ducha porque el agua parecía lavarla de la angustia en que pasaba sus días. Entonces se reanimaba, cocinaba, cenábamos y luego me buscaba como perra en celo. Era insaciable.  El sexo la calmaba y se quedaba dormida entre mis brazos.

Me necesitaba tanto y yo la amaba con la misma locura que la llevaba a ella a desgastar sus días en la cama, tratando de conseguir a alguna amiga que la distrajera al teléfono. Había tenido que hacerle prometer que no llamaría a mi trabajo por temor a que me despidieran. Bastaban las miradas de reproche cuando llegaba tarde, que era casi todos los días.  Mi jefe me advertía que el brillo de la luna de miel pasaría, y la costumbre nos halaría en su vorágine, que era, al fin y al cabo, el hastío. Entonces, insistía, te darás cuenta que el trabajo es la mejor distracción del ahogo de todos los días.  Su cinismo era fruto de dos matrimonios fracasados, pero en ocasiones sentía el deseo de preguntarle si todas las mujeres eran como la mía.

Nereida había cambiado tanto después de casarnos. Me arrepentía de haber insistido que dejara su trabajo. Lo echaba de menos, me decía. No me levanto porque no tengo nada qué hacer.  Yo le dejaba pequeños encargos que la motivaran.  La exhortaba a que volviera a la universidad, a que saliera con sus amigas.  Pero sus temores le impedían salir de la casa. 

─Solo tú y yo tenemos sentido en esta vida ─me decía─.  Solo cuando estamos juntos estoy tranquila.

Muchas veces en los momentos más frenéticos de pasión me murmuraba que acabáramos con todo, que nos fuéramos juntos. Que no soportaba las horas en que yo no estaba.

Comencé a temer llegar a la casa, me sentía exhausto. Me requedaba en la ciudad tratando de no pensar en el desespero de ella.  Apagaba el celular para ni siquiera saber cuántas veces me llamaba. Ya perdió el brillo, me decía mi jefe sonriendo mordaz. Yo me sentía vulnerable y cobarde porque no enfrentaba la situación. Nereida necesitaba una ayuda que yo no podía darle.

Al llegar a la casa, siempre la encontraba en medio de alguna crisis.  Entonces me insultaba, intentaba pegarme, más de una vez alcanzó a arañarme.  Me protegía el rostro para que el daño no fuera evidente, para que los compañeros de trabajo no se dieran cuenta.

Cuando se tranquilizaba se acercaba a intentar seducirme. Trataba de complacerla, pero más que deseo me causaba temor el tenerla cerca. Entonces ella sugería un pacto suicida.

─Es lo único que nos salvará de esta farsa que llamamos matrimonio. Lo único que permitirá que sigamos juntos para siempre rescatándonos de esta zozobra.

Sonaba convincente, y en esos últimos tiempos, yo estaba al borde de darle la razón. Me hallaba tan cansado, ella se veía tan ajada y corroída.  La ruina del hogar que nunca fue, dos fracasados. Juntos, éramos la peor medicina el uno para el otro. Quizás la muerte nos daría la ansiada paz: la tranquilizaría, nos tranquilizaría.

Era como el suicida que se enfrenta a un abismo sin fondo que lo reclama. Intuía la cercanía y negrura de la muerte, extensión que era de ella. Sentía su aliento caliente en mi rostro…El murmullo en mi oído… Tuve miedo… Y elegí salvarme.

domingo, enero 12, 2014

Inútil



Llevo mi mano a la entrepierna y un gemido me sube a la garganta. Lo ahogo; no quiero que me oiga.  Ella ha encendido la luz y tengo silla de palco, desde donde puedo verla claramente. Me acomodo mejor.

La seguí todo el día. Hay en su caminar un sandungueo que me saca de órbita. Tiene ese remeneo de caderas que me eriza los vellos del cuello y que lleva un sudor frío a mi espalda, despertando la vida entre mis caderas. Me toco nuevamente allí, donde él está creciendo y mi respiración se agita.

Ella se remueve el sostén, y sus tetas negras, libres ahora, se bambolean.  Son grandes como toronjas redondas, e magino que las toco, las presiono contra mi pecho, las lamo.  Es exactamente lo que necesito. Ni con sus más sensuales movimientos, logra Sandra lo que esta negra cachonda ha logrado con el solo mover de sus caderas.  Llevo todo el día detrás de ella.  Me tomé una cerveza sentado en una esquina del bar, en el cafetín en que entró a almorzar.  Pidió una Coor’s light en lata y se la pasaba por el nacimiento del seno para aliviar el calor. Charló con el mozo y su risa es ronca. Fue entonces que me convencí que debía seguirla, de alguna forma hacerla mía.

Remenea las caderas mientras se quita las bragas, atenta a lo que pasa en la calle.  Me pregunto si sabe que la seguí, que la estoy ligando, y el espectáculo es para provocarme.  Para sacarme de las sombras de la noche y llevarme a su cama.  Desliza una mano hasta la vulva y la puedo imaginar runruneando como gata complacida.  Lleva su mano hasta la boca y saborea los dedos uno a uno… Lenta, deliciosamente…

Siento que voy a derramarme, me tiemblan los hombros, las piernas, y un escalofrío me sube por los pies hasta la entrepierna.  Mi cuerpo se estremece, convulsa y acallo con las manos los aullidos de placer,

Escucho el ladrido de un perro cada vez más cerca, ella cierra las cortinas, y apaga las luces.  El espectáculo ha terminado.

Quizás esta noche pueda probarle a Sandra que no soy un inútil.