sábado, diciembre 28, 2013
A ciencia cierta
Salí de la tiendita ayer con una canción en mi cabeza: “Sabes a ciencia
cierta que me engañaste, que lo que prometiste se te olvidó…” Y pensé en ti porque
eres el último en quien confié. La borré
encendiendo la radio.
Me desperté con la canción dando vueltas incesantes en mi cabeza. No sé
si lo causa el arrepentimiento o la ira. Es tan fácil engañarme. Esa es en
efecto la carga principal de la frase: me engañaste. O sea, me dejé seducir por
tu canto.
Y sé a ciencia cierta que sabía mejor, que me dejé engañar porque quise,
que me falté a mi misma porque aquello que me prometí se me olvidó.
Me prometo una vez más cumplir conmigo misma y no escuchar cantos de
sirena. No tengo que encender la radio,
en mi cerebro se apaga la canción.
viernes, noviembre 22, 2013
Descenso
Me atrae la gente sin muchas esperanzas ni oportunidades. Tengo un don
especial para reconocerlos. Los veo
bajar las escaleras y esperar el tren que los lleva al empleo sin porvenir, en
oficinas oscuras donde el café es negro y amargo. Llevan caras sin forma definida, máscara
uniforme. Los ojos apagados, los pasos lentos y la espalda encogida, como
acalambrada. Son hombres y mujeres que viven una vida que no les lleva a ninguna
parte, llevando a la espalda la preocupación del dinero que no da, de las
obligaciones pendientes, de la soledad íntima en que viven. Liberados por
breves horas los viernes en la noche cuando tienen el fin de semana por delante
y pueden recordar cuando eran gente.
Aún más bajo en el escalafón están los otros. Los que no tienen ni siquiera con qué tomar
el tren ni razón para hacerlo. Los que duermen arropados con periódicos que
encuentran. Los que buscan qué comer en
algún zafacón. Los que piden limosna.
Esos recuperan el rostro, pero es un rostro genérico porque es el del enemigo
que puede intentar asaltarte y robarte, incluso matarte por necesidad o por envidia.
Ese es el rostro que veo al mirarme en las vidrieras…
domingo, noviembre 10, 2013
Tonta
Eres una tonta, lerda, tarada. Por semanas
intentas que este hombre que se expresa de una forma inteligente y sensible,
acepte conocerte en persona. No te gusta
dejarte impresionar en un chateo, que prefieres tener la persona delante, ver
sus ojos, la expresión de su cara… Y al
fin llega el día en que él se atreve a dar el paso. Todo listo ¿no? No. No
está listo porque te sobrecoge el miedo y te preguntas qué espera él a estas alturas. No sería el primero que piensa que tiene
derecho a tener intimidad contigo apenas conocerte. Y ya
no estás para eso, ya no estás para estarte regalando. Quieres un amigo, con privilegios, si ambos
lo desean cuando surja el momento: no porque es viernes y tienes la impresión de
que él no tienes ganas de pasar la noche solo.
Eres una tonta… Con decir no (si era necesario
y así querías) bastaba.
miércoles, noviembre 06, 2013
Cuelgo los guantes...
Así como me convencí hace años que tenía que escribir,
hoy sé que me engañé a mi misma. Mis cuentos nunca han pasado de la mediocridad
literaria, y los libros en que he publicado no son mucho más. No he leído lo
suficiente, no he viajado lo suficiente, no he vivido lo suficiente como para
poder inventar cuentos profundos que lleven al lector a la introspección.
He de confesar que no sé si el lector está hambriento de
cuentos que lo hagan pensar, indagar, releer…o prefiere leer cuentos para su
entretenimiento. Imagino que igual que hay escritores que logran dar profundidad
a sus cuentos no importa lo sencillo de los temas, también hay lectores que se
precian de poder leerlos y entenderlos, y más que nada disfrutarlos.
De lo único que estoy totalmente segura es que mis
cuentos no dan el grado, no son lo que aspiraba cuando cargándome al pecho el
letrero de escritora comencé a escribir. Una gran parte de mi está decepcionada
y quisiera continuar intentándolo, pero ya sé que todo será en vano. Nunca
escribiré ese cuento de perfecta técnica, de temática profunda. Y cuelgo los guantes…
lunes, octubre 21, 2013
martes, octubre 15, 2013
El globo
—¿Te cuento una historia? —le digo y me mira feliz.
—Me encantan tus historias —dice—.
Cuéntame la de la princesa y el globo.
miércoles, septiembre 18, 2013
Nanushka
Nanushka (no era su verdadero nombre
pero no le gustaba el suyo), salió de la oficina del médico sonriente. Cualquier otra persona al escuchar el
diagnóstico, habría llorado, maldecido, entrado en estado de negación. Pero Nanushka ya tenía más de sesenta años y
hacía tiempo que estaba lista. Con la enfermedad, Dios le había
conmutado la sentencia de vida…
lunes, agosto 26, 2013
En familia
Fue Paloma quien me abrió la puerta. Estaba
larga y muy flaca pero la habría reconocido igual, porque era mi hermana y
teníamos los mismos ojos grandes y tristes de mamá. Me miró sin que su rostro
delatara nada de lo que sentía. Podía aceptar su coraje: una vez decidí verla me
dije que merecía su odio. Pobrecilla, después que se fue mamá, y ya sin nadie
que me defendiera de mi padre, huí yo también, sin pensar en ella.
Mamá se llevó a Enrique pero él tenía
apenas tres meses y habría sido un crimen dejarlo. Paloma y yo éramos más
grandes y supongo que asumió que yo la cuidaría. Viéndola ahí, tan delgadita, vestida con una
vieja bata que debió ser de mamá y que le queda demasiado grande, no puedo
perdonarme el haberla abandonado a su suerte.
No hay coraje en sus ojos. Su mirada es de total desinterés, como si yo
fuera un extraño.
—Soy yo, Javier —le digo y una sonrisa
apagada de comisuras tristes se le forma en los labios.
—Lo sé —me contesta—. Lo que no entiendo
es a qué regresaste.
Quiero decirle que a buscarla, tengo un
lugar donde puedo llevarla, trabajo, pero siento ruido en el dormitorio.
—¿No estás sola? ¿Llegué en mal momento?
Se encoge de hombros y va hacia la estufa
a poner café.
De la habitación, cerrando la cremallera
de su pantalón, sale mi padre.
—¿Está listo el café, Palomita? —pregunta.
Ella no gira a mirarlo, pero cruza los
brazos sobre sus pechos como si quisiera cubrirse, taparse, esconderse. La
escena toma un carácter surrealista. Me ha bastado verlo para comprenderlo,
pero algo en mi cabeza lo niega, es demasiado horrible. El monstruo no llegaría
a tanto. Antes de que pueda gritarle, vocifera que me vaya. Que no tengo derecho a pisar esa casa, que
renuncié a ese derecho el mismo el día
en que me fui.
—Eres un monstruo —le increpo—. Esto es una aberración.
—Si hasta aprendió a hablar el señorito
—me dice lleno de sarcasmo —. Y piensa que eso le permite juzgar a los demás.
No tengo que darte explicaciones, Palomita y yo somos felices. No tienes tú que venir a querer cambiar
nuestro estilo de vida. Y me imagino que
querrás llevártela…
—A eso vine, aún antes de saber “esto”.
—no tengo el valor de decir el nombre propio.
“Esto” es un eufemismo que suena vacío aún a mis oídos. “Esto” es demasiado
oscuro, violento, infame.
—Pues te vas por donde viniste, que Paloma
y yo estamos tranquilos, ¿verdad, Palomita?
Mi hermana asiente con la cabeza, de
espaldas, sin darnos la cara. Advierto que sus hombros tiemblan e imagino que
está llorando silenciosamente. Me
reprocho el haber sido egoísta, el que la dejé sin pensar hasta dónde llegaría
mi padre.
—Si mamá estuviera… —le digo con voz
amenazante.
—¿Qué crees que haría, si fue por eso que
se fue y la dejó? —me dice tranquilamente.
Es un mentiroso, lo sé, mi madre no habría
expuesto a Paloma, se la habría llevado con ella. Mi madre no es así ¿o sí? Él tendrá a Paloma
convencida de que mamá la abandonó, de que no la quería. De que nadie la
quería. Ni yo, que me fui sin despedirme,
sin decirle que volvería por ella. Es
mentira, nunca pensé volver. Nunca hasta hoy, y ni siquiera sé porqué lo hice.
Paloma se acerca, trayendo en una pequeña
bandeja tres tazas de café.
—El café esta listo. Aunque sea por una
vez, tomémoslo en paz —nos dice —. Compartiendo en familia, como debe ser.
viernes, julio 26, 2013
Respirar
Siento rabia con Dios y la impotencia me
calcina. Tenemos que esperar por unos
cuantos días, no vale preocuparse desde ahora. Solo pedir que nos sea concedido
el milagro y que nuestra vida regrese a la normalidad fingida que nos permite
respirar a ratos.
sábado, julio 20, 2013
Aprendiendo a escribir
Me falta disciplina, lo sé. Por eso es que
dejo todo incompleto. Me cansa, me aburre… Era un pusilánime, pensaba que la
fama se alcanzaba fácil, sin mayor esfuerzo.
Es que a ti nunca te vi luchar por la tuya, se te dio tan cómodo. Nacido
para ella, diría.
Es mi carisma, me decías bromeando cuando
yo te preguntaba porqué en tan corto tiempo te habías dado a conocer, cuál era
el secreto. El hecho es que tus libros
no eran mejores que los míos, pero los tuyos no solo se publicaban, se vendían
e iban a parar a la lista de los libros más exitosos, junto a otros que eran
superiores. Los críticos te amaban.
Tengo cajas y cajas en mi departamento de
los libros que publiqué en vano. Apenas
si se vendían, no podía colocarlos. ¿Quién quiere los libros de un escritor
principiante en el mundo de la literatura?
¿Cómo saber si el libro es vendible? Si me aceptaban como invitado en el
mundo de los literatos, era porque iba contigo. Me protegía tu sombra. Solo,
nunca pudiera haber sido incluido, retratarme con ellos. Felicitarlos, darles la mano. Tengo una
estiba de libros comprados en esas actividades que jamás he leído porque los
temas no lograron atraparme.
Los tuyos los he leído. Los comparo a los
míos y no noto grandes diferencias. Cada cual en su estilo es bueno, no para
pertenecer al club de los más vendidos, pero mejores que la mayoría. No te
quito mérito. Pero tampoco me lo quites porque detesto que me presentes como mi
amigo, casi mi hermano, principiante en esto de letras. Lo dices echándome el
brazo por los hombres, con lo que parece sincero cariño unido a una especie de
pena porque aún no he logrado el triunfo. Entonces siento el odio revolcarse y
no me censuro porque después de todo ese paternalismo es humillante e incómodo,
hasta para aquél a quien me presentas.
He estado trabajando fuerte, escribiendo todo el tiempo que puedo, tratando de acallar la voz del crítico interno. Me he alejado de todo y de todos, porque por primera vez siento que las ideas que bullen en mi cerebro son magistrales. Tal parece que fueran dictadas desde fuera de mí, y estoy lleno de un entusiasmo que nunca antes sentí.
He estado trabajando fuerte, escribiendo todo el tiempo que puedo, tratando de acallar la voz del crítico interno. Me he alejado de todo y de todos, porque por primera vez siento que las ideas que bullen en mi cerebro son magistrales. Tal parece que fueran dictadas desde fuera de mí, y estoy lleno de un entusiasmo que nunca antes sentí.
Escribo inmerso en este universo, temiendo
que si rompo la magia perderé el ritmo que me va llevando al desenlace. Oigo el
timbre y tu voz que me llama. Te esperaba. Sabía que vendrías porque no he
estado contestando tus llamadas ni mensajes. Siempre dije que tu curiosidad
sería tu perdición y sé que estás intrigado ante mi extraño silencio. Abro la
puerta, sonrío y te invito a entrar. Ahora podré escribir el desenlace, y la
descripción será real, conmovedora, aterradora, extenuante porque la habré
vivido. Solo sabiendo cómo se siente un asesino, se puede escribir de uno.
martes, julio 02, 2013
Entre cuervos y palomas
Habíamos decidido disfrutar de la nueva
casa sin preocupaciones. Nos gustaba el silencio, la paz que se respiraba en la
comunidad. Una moderna, de esas en que hay apartamentos, walk-ups y casas amplias
como la nuestra, piscinas, canchas, áreas verdes y salón comunal para
actividades.
Cuando hicimos la inversión, los padres de
mi esposo nos manifestaron su desacuerdo.
La casa, alejada del área metropolitana era muy costosa, lo que nos
ponía a mi esposo y a mí una presión que ellos consideraban innecesaria para un
par de recién casados. La vida es de los atrevidos, decidimos mi esposo y yo y
sin dudar en ningún momento que, en caso de algún problema, tendríamos el apoyo
de mis padres y también de mis suegros (a pesar de la diferencia de opinión),
nos lanzamos a la aventura.
Libre de un horario fijo porque hacía la
mayor parte de mi trabajo por Internet, cuando mi esposo se marchaba al trabajo,
corría en un parque cerca de casa. Llevaba varios días orgullosamente
cumpliendo con mi decisión de correr, cuando la vi por primera vez. Era una anciana, bien vestida, sentada en uno
de los bancos del parque observando la naturaleza. Llevaba en las manos un
pedazo de pan y era obvio que pretendía que los pajaritos del área vinieran
hasta ella para repartirlo. Algunos volaban indecisos y pensé que no sería
prudente si el parque comenzaba a llenarse de palomas. Ella hacía gestos con las manos, como si los
llamara, mientras les hablaba bajito, y estaba tan entretenida que la dejé
estar.
La próxima vez que la vi, tenía a su
alrededor varios pájaros y se veía contenta.
No sé qué me llevó a detenerme, pero lo hice. La saludé y respondió a mi
saludo invitándome para que me sentara a su lado.
—La vejez no se pega y prefiero hablar
contigo que con los pájaros. Si tienes
un ratito…
No pude evitar reír y me senté a su lado. Era
más viejecita de lo que pensaba, rondaría los noventa años. Iba vestida con ropa de buena calidad, aunque
un poco desgastada. Sus ojos eran grises
con ese gris que toman los ojos de todas las personas muy viejas. Tal parece que se les fueran destiñendo de
tanto mirar la vida.
—Estoy pasando unos días en casa de mi
nieto mayor —era como si hubiera sabido lo que iba a preguntarle y añadió— unos
días nada más.
Lo dijo con tristeza y le pregunté la
causa de ella.
—Solo si quiere contarme —aclaré porque no
quería ser indiscreta. Ella fijó los
ojos en las aves que se disputaban las migajas de pan y suspiró profundo.
—Tengo dos hijos varones y una hembra,
todos casados con hijos. Varios de mis
nietos, ya grandes, también tienen su familia, así que Dios me dio la dicha de
ver mis biznietos. Si me aguanto un ratito es capaz que veo a los hijos de
estos. Mientras mi esposo vivió no hubo problemas. Cuando él falleció
repentinamente hace ya veinte años, creí que me moría.
Echó otro poco de pan a las aves y
continuó su historia:
—Mi esposo me había dejado en una
situación cómoda y tenía lo suficiente para que me cuidaran si algo me pasaba,
pero me angustiaba ver la lucha que llevaban mis hijos. Para colmo, la casa, demasiado
grande, se me caía encima, como suelen hacerlo las casas cuando se van poniendo
viejas. Es que igual que la gente, las casas envejecen. Yo ni sabía ni estaba
preparada para bregar con plomeros y electricistas y ocupaba a mis hijos y mi
yerno continuamente. Un día se sentaron todos
conmigo y me propusieron que vendiera la casa y les repartiera el dinero. A
cambio, se comprometían a cuidarme hasta mi muerte. Seguí su consejo. Desde entonces vivo de casa
en casa, y recibo una mesada para aquello que pueda necesitar. Me dan lo suficiente, claro… —me dijo muy
digna.
—Es bueno saber que se ocupan de usted —le
dije sin mucho entusiasmo.
Afirmó con la cabeza y sonriendo se
levantó.
—Ya es tarde, tengo que volver a la casa,
no quiero que se preocupen —me dijo.
Miró a derecha e izquierda por varios
segundos como si, perdida, no supiera para dónde debía caminar. Finalmente se
alejó tirando el resto de pan a los pájaros. Estos se tiraron unos encima de los
otros peleándose con inquina el pedazo de pan.
Corrí hasta casa sintiendo un extraño
ardor en los ojos…
miércoles, junio 26, 2013
Dilema
Te quitas los zapatos, te han estado
oprimiendo los pies durante todo el día.
Dejas caer la falda al suelo, te despojas de la blusa y la tiras sobre
el lecho, junto a la de ayer. Te cansa esta nueva rutina del trabajo, pero agradeces
tenerlo. No está la economía bien; tu preparación académica es poca y tu
experiencia laboral, aún menos.
Las palabras de Andrés resuenan en tu
oído: no vas a poder sola, eres nadie, nada.
Las apartas. No vas a permitir
que sus palabras te destruyan. Ya hace
dos semanas que se fue y lo echas de menos.
Pones agua a calentar y diluyes en ella el
contenido del sobre, polvo de la sopa y los fideos. Cocinar para uno solo no se
vale, pero no tienes el dinero suficiente para ir a cenar siquiera a un fast food, y el supermercado tiene que
esperar a que cobres.
Te tomas el caldo con fideos, pensando que
debiste echarle una papa o una zanahoria. Algo que le diera sustancia. Has rebajado unas libras, producto de lo poco
que comes y de que te hace falta Andrés.
Apagas las luces y prendes la tele. Te
quedas dormida vestida aún con la ropa interior, mientras das vuelta al dilema:
¿tendrás suficiente dinero para pagar la renta del mes... o tendrás que
llamarlo?
sábado, junio 08, 2013
Los dientes de la rosa muerden
“Los dientes de la Rosa muerden”, me dijo el hombrecito cuando
me presenté, aún antes de que le dijera a lo que venía. Se me quedó mirando pensando quizás que iba a
rebatirle diciéndole lo que a mí me parecía obvio, “las Rosas no muerden”. Afortunadamente antes de que lo dijera en voz
alta, me di cuenta que no puedo juzgar a las demás por una Rosa. Siempre le dije a mi mamá que no había tenido
ni imaginación ni gusto al ponerme nombre, así que bien mirado el problema es que
yo soy una falsa Rosa.
Por años quise ser Patricia porque Patricia era libre y
sabía reír y, ahora se me ocurre, también tenía dientes que mordían. Era
arriesgada, aventurera, coqueta y llamativa y la parimos entre un hipnotista y
yo en una tarde. Me la entregó hecha
mujer en su voz sensual y exquisita envuelta en un casete. La lengua del hombre se enredaba en su voz y
su voz en mi cerebro despertando unas ansiedades y necesidades en mí de tal
naturaleza que insuflaban vida a Patricia en mi cuerpo.
Nunca antes había sabido lo que es estar
obsesionada. Aprendí que si tengo que
definirme a base de uno de los sentidos
yo definitivamente soy auditiva. Estaba
encaprichada con aquél hombre que era el único que sabía que Patricia me
habitada.
Como la recién llegada-nacida no tenía remilgos se
ocupaba de que cada mediodía yo llamara al hipnotista. Así ambas escuchábamos su
saludo para inmediatamente colgarle sin delatarnos. Imagino que le
interrumpimos más de una digestión, pero no sé hasta dónde los hipnotistas
puedan sentirse amenazados por sus hipnotizados y si tendría razones para
pensar que la llamada la hacía uno de sus pacientes.
De pronto y casi sin darme cuenta, me encontré moviéndome
en mi oficina como Patricia, deslizándome al caminar como ella, riendo su risa
fresca y gutural y, lo que era aún peor, sosteniendo la mirada de los hombres,
o buscándola si no me miraban, con el desparpajo propio de ella.
El corazón amenazaba con salírseme del pecho, frase trillada
pero completamente verdadera en este caso.
Me encontré pensando que podía ser promiscua, adúltera e infiel, sin
remordimiento alguno, con solo permitir que el ser que se había posesionado de
mi cuerpo actuara. Asustada tomé una decisión
de la cual ahora me arrepentía: encerrar a Patricia en el estuche del casete,
deshacerme de él y olvidarme del hombre.
De igual forma que vuelve al criminal al lugar del crimen
regresaba habiéndome dado el permiso de buscar al hipnotista para que me
ayudara a resucitar a Patricia. Balbuceé como pude, porque reconozco que aquél
hombrecito, aunque diminuto me resultaba imponente, que buscaba al terapista
que residía allí y al que había visitado años atrás.
“Solo una vez les está permitido venir por su verdadero
nombre”, me dijo con una voz tronante que
desmentía su tamaño. Sentencioso añadió,
“oportunidad desperdiciada es oportunidad perdida para siempre”.
Gemí que no podía ser, que era injusto, que reconocía que
había actuado precipitadamente pero en aquel entonces era demasiado asustadiza,
inhibida, frágil, inmadura... “Estaba
casada”, le dije como si eso explicara porqué el sol se pone cuando
atardece.
Me vio tan abatida que debió cogerme lástima, y con
cautela me preguntó si tenía otro nombre.
“Margarita”, le dije, “pero imagínese, las Margaritas silvestres, esas ni
siquiera pueden aspirar a parecerse a las Rosas, menos aún a…” No me dejó
terminar. Con una amplia sonrisa que me
dejó ver sus dientes blancos y perfectos, me dijo, “no crea, no se menosprecie,
hay unas variedades magníficas entre las Margaritas africanas…”
lunes, junio 03, 2013
Poniéndole el cascabel al gato
Escucho la campana y miro el reloj: las
dos de la mañana. Salgo de la habitación a oscuras y tropiezo con el gato que
maúlla molesto. Odio que venga a buscarme cuando ella me llama. Tiene la
lámpara encendida, el gato se ha enrollado a sus pies, y ella me mira
acusadora.
La limpio y le cambio el pañal, la bata, y
las sábanas. Me duele el pecho de moverla de un lado a otro para cambiar la
ropa de cama. Estoy cansada, harta. Le
perdí el amor cuando descubrí que estaba presa de una enferma exigente y
arrogante que haría todo lo posible por llevarme al límite de mis fuerzas. Una
madre en cuyo mundo solo hay dos seres importantes: ella y su gato, y yo soy alguien
conveniente. Me soporta porque me necesita. Nunca le he oído una palabra de
cariño o de agradecimiento. Nunca una sonrisa. De sus hijos yo soy la que se
parece a mi maldito padre. Lo grita en buches que me salpican la piel quemándome.
—Trata de dormir, mami —digo la aborrecida
palabra y me pregunto si sabrá que la odio.
—Quédate en lo que puedo conciliar el
sueño —es una orden.
Me siento en el lecho y el gato se acomoda
entre nosotras. Lo acaricia con una sonrisa satisfecha en los labios, y el gato
se da vuelta y ronronea de placer. Y ya no aguanto más. Tomo la almohada y le
tapo la cara. El gato maúlla y como si
supiera lo que estoy haciendo me ataca arañándome la espalda, intentando
morderme. Lo empujo con fuerza y cae al suelo chillando. Antes que vuelva a la
carga, aumento la presión en la almohada. Ella deja de luchar y se queda quieta.
Apago la luz y vuelvo a mi habitación. El gato está en mi cama, puedo ver el
brillo de sus ojos que parecen advertirme que me odia, que tenga cuidado porque
me atacará a mansalva.
Busco un cascabel y con una cinta se lo
ato al cuello. Su sonido no me dejará estar tranquila pero sabré cuando el
animal anda cerca. El gato se acomoda en mi lecho… Estoy presa.
jueves, mayo 30, 2013
Atardecer
El sol, que al medio día me picaba, ha ido
descendiendo. El azul claro del cielo
resplandeciente de hace unas horas, se ha teñido con anchas pinceladas de
la paleta de tonos corales. Una nube naranja lleva de un hilo invisible un
globo gigantesco. Globo naranja oscuro que desciende desparramando
su color en el agua, donde se convierte en plateado, espejo de
la noche que va cayendo. Una vez el
globo se hunde en el agua, la copulación resulta fecunda y cientos de estrellas
brotan en el cielo.
sábado, mayo 25, 2013
Mi estirpe
Hoy cuando el médico me dijo que la criatura que llevo dentro de mí es mujer,
entendí la razón y el propósito de muchas cosas y por primera vez me pensé
vientre y no me importa que para tenerla, me abran. Me preguntó si prefería abortar
y abracé mi cuerpo allí donde se abulta porque la sola idea de perderla me
dolió físicamente.
Cuando decidí tener un hijo la ira fue el principal
motivo. Quería un varón que perpetuara
mi nombre, el hijo que mi mujer nunca quiso. Me lo dijo antes de marcharse, no
le interesaba tenerlos, no quería ser receptáculo para que continuara una
estirpe débil y enfermiza como la mía. La habría golpeado hasta romperla.
─Puta ─le grité—.
Te vas porque tienes a otro.
No intentó defenderse pero me miró y su mirada era
triste y ante su compasión sentí rabia. Fue en ese instante que lo decidí.
Tendría un hijo, un hijo solo mío, para demostrarle, porque ella lo puso en
duda muchas veces, que tengo cojones, los suficientes para engendrar mi
estirpe.
Esta criatura es parte mía y parte de mi hermana, es hija
y sobrina, será esposa y madre, y la deseo como jamás deseé a nadie antes. Pero hoy en el consultorio médico, sobre la
camilla, el cuerpo expuesto y vulnerable, comprendí porqué cuando esta criatura
se mueve en mi panza y me toca por dentro empujando mi piel con sus puños, mi
pene responde aunque soy incapaz de penetrarme a mí mismo por orificio alguno.
Y es que esta parte mía es mujer y finalmente soy uno
y completo, y con ella y en ella podré engendrar
hijos e hijas, para asegurarme que pésele a quien le pese mi estirpe continúa.
jueves, mayo 23, 2013
En Nueva York
Siempre le tuve miedo al subterráneo de la ciudad de
Nueva York. Hace años que no viajo en él,
así que no sé cómo estarán ahora, pero en la época en que lo hacía, dependiendo
del área, las paradas eran más o menos sucias y malolientes; tenían graffiti en
las paredes; y los sujetos que se veían causaban aprensión de solo mirarlos. Me
acostumbré a viajar con la mirada baja, sin fijar los ojos en nadie, al darme
cuenta de que a las gentes, en su mayoría, les molestaba el que uno las mirara.
La lección la aprendí una tarde en que viajaba en el
tren haciendo lo que me entretenía: mirar a la gente y crearles una vida. Fantaseaba a qué iban, de dónde venían… Esa tarde la joven que estaba sentada delante
de mi, objeto de mi estudio concienzudo, me preguntó de mala manera que por qué
la miraba. Me quedé callada,
pero aprendí a mantener la vista en el suelo.
No quería problemas con nadie, especialmente si por la facha eran
capaces de llevar, por lo menos, una navaja.
Sí recuerdo que en mis viajes, antes de que aprendiera
que en el subterráneo mejor es ignorar a la gente pero estar pendiente de
cualquier movimiento extraño, vi un personaje salido de un cuento. Era una
mujer de edad indefinida pero encogida y arrugada al grado que podría decirse
que era una anciana. Llevaba los labios
pintados del rojo más rojo que jamás había visto. Debía habérselos pintado mientras corría a
alcanzar al metro, bajando las escaleras y sin mirarse a un espejo. Como
resultado el creyón rojo le había pintado labios al doble de su tamaño. En
aquella cara blanca y arrugada, su boca era una brecha ancha y sangrienta que
le desfiguraba el rostro, evidencia conclusiva de su insania. Llevaba puesto un
collar de grandísimas perlas que parecían pesarle en el cuello, encorvando aún más
su figura. Me entretuve, hasta que se bajó del tren, en urdir un cuento en que
ella era la protagonista, una Penélope cualquiera, la novia abandonada en Great
Expectations. Para cuando salió
en su parada, era aún una mujer joven, bellamente vestida y enjoyada, que iba a
encontrarse con su amante.
Nunca más volví a verla y el cuento se quedó inconcluso...
Violencia doméstica
Hace varios años decidí que en mi casa no habría tolerancia alguna para la
violencia doméstica, aunque eso significara quedarme sola. Al tomar la decisión no conté con
Cuquito. Cuquito es mi pajarito, un
cockatiel, con quien comparto, desde hace varios años, mi espacio. Aunque tiene
su jaula, mientras yo estoy, está suelto.
No le corto el vuelo, quiero, que en su cautiverio, se sienta libre de
volar.
Al llegar a casa, entre los varios juguetes que le compré, estaba un conejito de
peluche. Cónsono con sus instintos, Cuquito decidió que el conejito era el
juguete perfecto para descargar sus deseos de tener una pareja. La primera vez, tímidamente, puso una patita
en la oreja del conejito, tomó la posición adecuada y voilà tuvo compañera.
Al principio de la relación, varias veces al día, veía a Cuquito acomodarse
sobre la oreja de Blanquita, Bertita y
Suzy Q, que fue el nombre con que bauticé a la conejita. En los días
de lluvia Cuquito la buscaba aún con más ahínco. Imperturbable, la conejita lo
miraba con grandes ojos rosados y le dejaba hacer.
Algo ha debido cambiar a través de los años. Quizás Cuquito se dio cuenta
que la conejita no responde a su amor como era de esperar o simplemente, de
tanto ir a la lavadora, su oreja no sigue la línea cómoda y perfecta que tenía
antes. El caso es que Cuquito se resbala
y pierde posición y frustrado la ataca, picándola. En ocasiones, ni siquiera
hace el intento de hacerle el amor, cuando sale de la jaula temprano en la
mañana, sube al techo y empuja a Blanquita con furia hasta verla caer al piso.
He tratado de explicarle que la violencia doméstica no está permitida en la
casa. Que no estoy de acuerdo con los
malos tratos que le da a su compañera. La
levanto del suelo, la beso y nuevamente la pongo sobre la jaula. Mis buenas intenciones se pierden; con más
inquina, la empuja.
Es posible que entre Cuquito y Blanquita el amor nunca sea perfecto. Que de ahora en adelante tendré que hacer a
un lado mis recelos de la violencia entre pajarito y coneja. No por eso han cambiado las reglas de la casa:
los seres humanos se respetan y entre ellos, definitivamente, el límite de
tolerancia a cualquier tipo de violencia es cero.
lunes, mayo 20, 2013
Deuda
Volveré convertida en alas de fuego para cruzar el agua y moverme con el viento, y arrasaré la tierra y nada quedará de pie. Y aún así, me seguirán debiendo aquellos que me hicieron quien soy en esta vida.
viernes, abril 26, 2013
El hombre que no tiene paz
El hombre que no tiene paz piensa con frecuencia en el suicidio. Antes no lo hacía pero ahora el deseo de
morir no lo abandona. No está viviendo a
medias, la realidad es que no tiene vida.
El corazón parece haberle sido traspasado por un acero caliente que hace
que no se detenga nunca en su galope. Golpes
de frío y calor le azotan el cuerpo. Ataques de una tos seca acompañada de
arqueadas de vómito que nunca sale le acometen de madrugada temprana,
debilitando aun más un cuerpo que se ha ido deteriorando aceleradamente, como
si fueran años y no meses los que lleva enfermo. Apenas si duerme dos o tres
horas en la noche. La ansiedad no lo deja estar tranquilo, no piensa, no puede
leer, no puede escribir, ni siquiera puede entretenerse leyendo los correos
electrónicos que le enviaban los amigos, que cansados de no recibir respuesta
han dejado de escribirle. No contesta el
teléfono y se pasa largas horas preocupándose por las cosas que le parecen
insolubles y que antes habría podido resolver con una llamada o una visita a la
oficina de servicios de la compañía, cualquiera que fuera.
El hombre que no tiene paz piensa que el alma de un suicida ni siquiera
tiene derecho a ir al infierno, sino que se queda vagando por la tierra sin tener
conciencia de estar muerto, sufriendo lo mismo que sufría antes de morir, y
haciendo que la vida de su familia sea un suplicio. Imagina cómo se sentirán ellos cargando, sin
tener que hacerlo, con la culpa de no haber podido impedir el suicidio, y además
escuchando en la noche los gemidos y alaridos del muerto, aquellos gemidos y
alaridos que en vida no permitía que nadie escuchara y que mantenía acallados
entre las paredes de su apartamento. Supone
que para el suicida, el tormento de seguir vagando por la casa familiar
continúa aún después que nadie de la descendencia lo recuerde.
El hombre que no tiene paz piensa que en los casos de eutanasia la suerte del
alma ha de ser diferente. Después de todo alguien se compadece del enfermo y le
ayuda a pasar a la otra vida. Él no
tiene quién lo haga, y a los pocos que les ha mencionado que piensa en el
suicidio le han respondido de la misma forma: tienes que poner de tu
parte.
El hombre que no tiene paz piensa si en algunos casos Dios mira compasivamente
el suicidio.
domingo, abril 14, 2013
Rescatarme
A pesar del tiempo transcurrido no he podido rescatarme. Hay miedos que perduran. Miedos que eran viejos y que resurgieron con
la vulnerabilidad. Estaban mal
enterrados, me digo, es cuestión de buscar el modo de enterrarlos nuevamente. Y
reviso sus sarcófagos porque sé los que son, y están vacíos. No es cuestión de
volverlos a enterrar, tengo que pelear con ellos y matarlos de una vez y para
siempre. Aún no he podido…
viernes, marzo 29, 2013
Parabola del amor y el odio
Nicolás era un hombre de sentimientos, sensaciones y emociones fuertes y profundas. Cuando amaba lo hacía con cada hebra de cabello, con cada diente, con cada célula de su cuerpo. Era un amor grandioso, extraordinario, imponente que ocupaba todo el espacio disponible en su corazón. Su odio era igualmente desmedido, exagerado, descomunal, monstruoso. Víctimas de su amor y de su odio, le temían. Presa de una de las dos intensas emociones, era capaz de perseguir al objeto de ella hasta el final del mundo. No había lugar donde esconderse ni modo de escapar de su ímpetu.
Cuando amaba, escondía la fogosidad de sus sentimientos hasta tanto la otra parte le correspondía. Ya envuelta en el tejido de sus palabras amorosas, de sus tiernas caricias, de aquel amor inusitado que juraba, comenzaban a cambiar las cosas. Entonces dejaba escapar por sus fauces de lobo famélico insaciable la enfermedad que padecía, queriendo devorar a su adorada e impidiendo que tuviera contacto con alguien que no fuera él mismo. Víctimas de sus celos, de aquél amor que reclamaba todo o nada, la idolatrada se asustaba intentando dar unos pasos atrás. Tan pronto Nicolás se daba cuenta del espacio tomado, su amor se trastocaba en odio. Era un coraje vengativo, destructivo, malévolo y retorcido que había causado que más de una de sus amadas/odiadas buscara el escape a través de la locura o la muerte.
Rosario había jurado que lo haría cambiar: su amor sería suficiente para arroparlo, abrigarlo, resguardarlo de sus propios humores destructivos, probándole que alguien podía amarlo de la misma forma en que él amaba. Se dio a la tarea de conquistarlo, porque de otra forma, Nicolás nunca se habría fijado en ella. Carecía de la hermosura que le gustaba al hombre, pero poseía en cambio una voz musical de sirena, irresistible. A través de ella logró que el hombre la notara. Poco a poco lo fue envolviendo, aprisionando, encarcelando con una hermosa tela de araña que lo encadenó a ella pero que le impedía respirar. Por primera vez en su vida, Nicolás supo de la necesidad de espacio, de retirarse un poco. No es que no la amara, le repetía, era solo que necesitaba mantener su propia identidad. Rosario reaccionó como una fiera herida, alimaña rapaz dispuesta a todo, su amor vuelto odio. Nicolás no quería perderla, así que, pese a sus recelos, se casó con ella.
Ahora viven juntos, en un compás de odio y amor, puntas extremas de una línea. Péndulos que constantemente oscilan de un extremo a otro de sus emociones tratando de encontrar su centro, su balance. Mientras, Rosario vive segura que curó a Nicolás dándole de su propia medicina, pero temerosa de haber creado en ella misma un monstruo. Nicolás reflexiona que encontrar a alguien tan retorcido como él le ayudó a controlar sus excesos y eso lo llena de paciencia.
Vistos desde afuera son dos corazones que aman y odian con majestuosa enormidad, presos de un disloque de conducta, esplendorosa locura, maquiavélica demencia en las que viven las más inefables alegrías y tristezas. Los que los conocemos, sabemos que tal es la simbiosis de sus almas que el día que uno muera, se llevará el corazón del otro. Ya lo decía Alphonse de Lamartine en el siglo 19: a menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd.
domingo, marzo 17, 2013
El gusano
Tal parecía que iba a quebrárseme la cabeza cuando abrí los ojos. Más que
la inminente migraña, sin embargo, fue un ruido extraño desde fuera del cuarto
lo que me despertó. Había dormido mal e
incómoda. Mi compañero roncaba con la
boca abierta, brazos y piernas extendidas dejándome tan solo una esquina de mi
cama disponible. Me levanté tratando de
no despertarlo. La sensación de un deja
vu me arropó antes de que pudiera salir de la habitación.
Encendí la luz con el antiguo miedo de ver lo que mis ojos no querían ver.
Estaba segura de haberme librado para siempre del fantasma, pero ahí
estaba. Gigantesco, ocupaba gran parte
de la sala.
—¿Pensabas no volver a verme? —me preguntó con sorna.
—¿Por qué tenías que volver, cuál es tu placer?
—No quiero tu mal, soy una advertencia.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, unas lágrimas gruesas que no me
dejaban ver claramente al monstruo. De
enormes proporciones, su cuerpo dividido en franjas negras y amarillas, la
cabeza roja con unos ojos protuberantes como de sapo, no era la primera vez que
me visitaba aquel gusano asqueroso. Se
impulsó sobre sus patas delanteras que se estiraron cual zancos para alcanzar
mi altura y me gritó: —¿Olvidaste de lo que te previne? ¿Eres tonta? ¿O es que tengo que salir de mi
hoyo para que me veas y recapitules?
—No lo vi, te juro que no me di cuenta.
Pensé que había dado tiempo, que había sanado. Es karma.
—¿Karma? ¡Pamplinas! ¡Excusas! ¡Tú,
que no miras dónde pisas! Vete, tómate unas pastillas para el dolor de cabeza y
acuéstate en el otro cuarto.
Dos Tylenol, un vaso de agua fría y a la otra habitación. Enciendo el aire
acondicionado y me acomodo llorosa en la cama, sabiendo que el gusano me vigila
desde afuera, a través de los cristales de la puerta francesa.
—¿Cómo es posible que una vez más trajera uno? ¿Que el olor a alcohol no me previniera? ¿No es suficiente el vivir con un gusano por
años, tengo que traer a casa otro?
Me quedo dormida pensando: mañana,
mañana sin falta lo echo…
martes, marzo 12, 2013
De parches
Estoy hecha de trozos rescatados a dentelladas de aquellos que intentaron violarme. Luché por rescatarlos hasta que exhausta abandoné la lucha. Caminé, pieza rota, arrastrando los retazos salvados, poniendo parches allí donde quedaron huecos. Tejí con amplias puntadas dónde fue necesario, a sabiendas de que quedarían cicatrices. Por años, vagué incompleta y dolida, intentando tener una existencia normal, una vida digna, si no en realidad, al menos en apariencias. Nunca me gustó el papel de víctima débil pero prefiero rehuir los temas escabrosos que pueden llevarme a liarme con un antagonista.
Hoy me veo en la necesidad de asumir posturas y temo no poder decir lo que pienso, quedarme callada cuando los demás despotrican. No quiero sentir la bota del que quiera dominarme, al contrario, quiero poder establecer mi posición en una base sólida. Sin miedo.
Pero el miedo a ser demasiado dócil, me lleva al extremo y puedo ser cruel cuando expreso mi pensar. Es como si estuviera luchando contra un enemigo, no tratando de establecer mi punto de vista como una opción. Una cosa es decir lo que sentimos con el ardor de la convicción, otra es decirlo con saña, con cinismo, como si en ello se nos fuera la vida y estamos dispuestos a morir o matar. Nunca he sido buena perdedora.
Es que estás aprendiendo, me dice la siquiatra con dulzura, es natural que al principio sea así. Poco a poco irás lográndolo. Temo que para cuando lo logre ya halla cerrado todas las puertas detrás de mi.
sábado, febrero 23, 2013
Descenso
Me atrae la gente sin muchas esperanzas ni oportunidades. Tengo un don especial para reconocerlos. Los veo bajar las escaleras y esperar el tren que los lleva al empleo sin porvenir, en oficinas oscuras donde el café es negro y amargo. Llevan caras sin formas definidas, los ojos apagados, los pasos lentos y la espalda encogida, como acalambrada.
Hombres o mujeres que viven una vida que no les lleva a ningún sitio. Lo saben, y sus rostros se confunden los unos en los otros; extraña máscara uniforme que los delata. Llevan a la espalda la preocupación del dinero que no da, de las obligaciones pendientes, de la soledad íntima en que viven. Liberados por breves horas los viernes en la noche cuando tienen el fin de semana por delante y pueden recordar cuando eran gentes.
Cuando la mañana ha florecido por completo, bajan otros, con sus maletines de cuero y sus computadoras, el teléfono celular que les quema la mano, hablando incesantes por ese artilugio de moda. Los ojos les brillan, y caminan crispados, planchados, resplandecientes como el día contra el que arremeten. A esos les miro las caras, las estudio porque sé que muchos irán perdiendo la definición de sus facciones.
Esos, los que se van difuminando, son las promesas derrotadas, nuevos ingresos a las filas amorfas de los que no tienen esperanzas ni oportunidades. Creyeron que podrían conquistar el sistema, y este se los tragó victorioso en la lucha por la nada. Porque nada es el departamento de lujo, el bote, el auto. Nada son ellos que no pudieron mantenerse en el tren del éxito y bajan poco a poco los escasos peldaños que subieron.
Aún más bajo en el escalafón están los otros. Los que no tienen ni siquiera con qué tomar el tren ni razón para hacerlo. Los que duermen arropados con periódicos que encuentran. Los que buscan qué comer en algún zafacón. Los que piden limosna. Esos recuperan el rostro, pero es un rostro genérico porque es el del enemigo que puede intentar asaltarte y robarte, incluso matarte por necesidad o por envidia.
Ese es el rostro que veo al mirarme en las vidrieras…
domingo, enero 27, 2013
Para Elisa
Por la ventana abierta, escucha los gritos y risas de los niños jugando. La distraen de su intento por recordar las notas de la pieza que toca al piano. La única que pudo aprender en las lecciones que tomó de joven, porque siempre le gustó la melodía. Para Elisa… Tiene varias cajas de música que al abrirlas hacen volar las notas de la conocida partitura. Pequeña colección que comenzó con un regalo de un enamorado que olvidó hace tiempo y a las que da cuerda cuando desempolva, para deleitarse con su música.
Se levanta del piano, se asoma a la ventana y los niños por un momento guardan silencio. Es triste saber que le temen. “La vieja loca”, le llaman entre ellos y alguno, más valiente, en la noche lo grita frente a la casa. Se hace la desentendida porque ha aprendido a no dejar que esas cosas la hieran demasiado. Son muchos los años que tiene, así que efectivamente es vieja. Tiene mucho de excéntrica, se podría decir que es loca. Una sonrisa le asoma a los labios estrechos, secos por el tiempo. Le da cierta suavidad al rostro arrugado dando señales de que, de joven, pudo haber sido hermosa.
El gato cruza silencioso sobre el piano y siente la pena de saber que se está muriendo poco a poco. Irremisiblemente se muere su único compañero de los últimos años, y no puede evitar las lágrimas que se asoman a sus ojos pequeños, de un verde desteñido por los años.
Toma el gato en los brazos y lo mece como a un bebé. Eso ha sido en el tiempo que llevan juntos: su bebé precioso. Su bebé que ahora viejo, al igual que ella, va consumiendo los últimos días que le quedan de vida. Solos uno con el otro. Lo abraza y es inesperado el torrente de lágrimas que la apabulla. Su cuerpo se dobla dejando salir unos sollozos roncos y espesos desde muy dentro de su pecho.
Se sienta con dificultad en el sillón de la sala y mientras acaricia a su niño bonito, entona, apenas audible, Para Elisa.
lunes, enero 21, 2013
El reflejo
Todo empezó con el espejo de media luna de la coqueta de mi madre. Era una de las piezas del antiquísimo juego de cuarto de caoba que conservaba de su familia y que ahora solo se consiguen como antigüedades. Desde muy pequeñito tuve la impresión que detrás de él había vida. Era lo único que explicaba el que mi madre se pasara horas mirándose. Era como si de alguna forma se transportase al mundo que yo imaginaba que existía detrás de ese espejo. Nunca se me ocurrió que el único motivo era su vanidad, porque se quedaba muy quieta y no prestaba atención a nada ni a nadie.
Cada vez que podía, lo que no era muy frecuente porque me tenían prohibido entrar al cuarto de mis padres, me sentaba frente al espejo tratando de ver ese mundo. Pero la verdad es que solo veía la imagen de un niño desgarbado y demasiado alto para su edad, con ojos grandes y tristes. Ojos de mirada lánguida que había heredado de mi madre/su madre, porque aunque éramos iguales, éramos diferentes. Él, de vez en cuando, se daba el lujo de comportarse guasón, y entonces saltaba moviendo los brazos en el espacio y yo lo imitaba.
Aunque silente, era mi única compañía. Mi padre siempre andaba en viajes de negocios, muchos de ellos probablemente innecesarios. Excusas para no tener que acompañar a mi madre en su frenética vida social. Cuando no estaba frente al espejo contemplándose salía con sus amigas al teatro, a las tiendas, a cenar, a fiestas de las que usualmente llegaba al día siguiente.
Comencé a aprovechar sus ausencias para entrar a su cuarto y compartir con mi amigo. Ambos intentábamos lograr un mejor nivel de comunicación que el juego tonto de imitarnos las poses. Por un tiempo me dio por enseñarle las fotos de los lugares que había visitado con mis padres (no muchas), mis fotos de pequeño, las fotos de mi padre y mi madre. Le encantaba mirarlas. Parecía alegrarse de que yo tuviera familia y no comprendía cómo, teniéndola, yo no era feliz.
Él, por su parte, intentaba divertirme, montando espectáculos en los que pretendía saltar en un trampolín, ser un trapecista, un payaso. Me daba un poco de envidia su buen humor de todos los días, cuando mi madre a cada rato decía que tenía un hijo neurótico que no apreciaba lo mucho que tenía y siempre sería un infeliz.
Mi amigo y yo hicimos un pacto. Intentaríamos cambiar posiciones por un corto tiempo. Él probaría mi mundo y yo el suyo. Pensé que de esa forma lograría obtener alguna de su alegría y traerla conmigo para que mi madre no tuviera que quejarse tanto de mí. Cumplimos nuestro pacto una noche en que mis padres no estaban. Yo me llevé varios libros y mi cuaderno para escribir mientras él ocupaba mi puesto. Quería tener un diario de mis experiencias.
—Hasta luego —me dijo él, sonriendo.
No sé cuanto tiempo ha pasado desde entonces. No sé si han sido días, semanas, años. Solo sé que atrapados detrás del espejo hay otros seres, algunos que parecen fantasmas. Muchos visten ropas de otras épocas e imagino llevan aquí siglos. Todos necesitan encontrar algún tonto curioso que se preste a cambiar de lugar con ellos para poder volver al mundo del otro lado.
sábado, enero 12, 2013
Es cuestión que pase la tormenta
Sería como vivir sujeto a un pararrayos
en plena tormenta y
creer que no va a pasar nada.
A los cuatro meses de casados, en una discusión por el uso que yo daba a “nuestro” dinero, mi mujer me pidió el divorcio. Luego de aclararle que el dinero era “mío” pues ella no trabajaba, accedí a dárselo. Siempre he pensado que las cosas pasan por alguna razón, y si ella me iba a pelear por haberme comprado una motora con mis ahorros apenas a los cuatro meses de casados, ¿qué podría esperar para dentro de unos meses más? Era mejor romper la relación ahora, que esperar a que tuviéramos más compromisos comunes.
A los pocos meses tuve un accidente y destrocé la moto, prueba irrefutable de que ya era hora de que sentara cabeza nuevamente. A la primera que llamé fue a mi exmujer, visto que ella me había advertido que me pondría la motora de sombrero. Si tenía esas capacidades adivinatorias me vendría bien estar con ella, porque estaba teniendo problemas en el trabajo.
Ella pensó que era una broma y casi se asfixia de tanto reírse. Me despedí pero no sin antes desearle muchas felicidades en su nuevo trabajo, así como en su relación con Octavio, quien había sido mi mejor amigo, hasta poco después del divorcio. Recién me enteraba de la razón por la cual se había distanciado: aparentemente siempre había estado enamorado de mi ex, y había aprovechado la depresión de ella al divorciarnos para usurpar mi lugar. Juré no confiar más en mis amigos y hacer todo lo posible por reconquistarla. Después de todo, Octavio era un plato de segunda mesa. Le daría la demostración que ella necesitaba para enterarse que aún nos amábamos y que solo juntos podríamos ser felices.
Comencé a llamarla todos los días, primero a su casa, cuando dio de baja el número, a su celular y cuando cambió este, a su trabajo. Cada dos o tres días le enviaba flores a la oficina y los viernes por la tarde le enviaba un correo electrónico diciéndole que la amaba e invitándola a salir. Estaba terriblemente enamorado y el despecho me estaba matando.
Para esos días me llamó mi jefe para recordarme lo que ya me había dicho hace meses: continuaba desatendiendo mi trabajo y, lamentándolo mucho, si no cambiaba mi actitud prontamente, me despediría. Tomé la amenaza como un llamado del destino a que rompiera esas amarras para siempre, así que le renuncié de inmediato y me di a la tarea a tiempo completo, de reconquistar a mi mujer. La seguía a todas partes, la llamaba cuantas veces podía, y dejé de enviarle flores solo cuando me faltó el dinero para hacerlo y las tarjetas de crédito alcanzaron su máximo.
Hoy recibí un documento legal que dice que no puedo llamarla, ni siquiera estar en su cercanía. Me acusa, según el documento, de hostigamiento. Sé que esta es la prueba final a que me está sometiendo, y después de que pase la tormenta podremos estar juntos. Es solo cuestión de redoblar mis esfuerzos.
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