domingo, octubre 26, 2014

Semilla


Me ha quedado vacía la mano extendida. Me cegó
la visión de ese dios soberbio
que cruzó en un carruaje esplendente y pesado
sembrando de ortigas y piedras mi camino.

 ¡No pretendas que crea que me quieres!
¡Tú no conoces la lucha en que vivo, ni en qué hondos
Recuerdos de frustraciones me he hundido!

Desde el fondo del vientre me sube
Un sabor amargo y ferroso, la ira me escuece.
Tiene aun mi garganta un sinfín de preguntas ahogadas.
No sé qué respuesta darías, a mí que soy solo mies emparvada.

¡Ay quisiera que te enfrentaras conmigo
a explicarme el porqué de tus maquinaciones! ¡Una noche en el campo
y en tus brazos, no bastarán  para convencerme que importo
bajo el conmovedor enigma de la copa florida de un árbol!

Soy la semilla que nunca dio fruto
Que hace tiempo maldice la vida.

martes, octubre 14, 2014

Sonata para dos



Los gritos y las risas de los niños que juegan en la calle la distraen de su intento por recordar las notas musicales de la pieza que toca al piano. Herodes duerme imperturbable sobre la tapa superior. Con los años, su frondoso y brillante pelaje gris se ha hecho escaso y opaco.  Parcialmente ciego, dormita por horas cerca de su ama.

La melodía con que aporrea el piano es la única que aprendió de memoria en las lecciones que tomó de joven.  De niña, escuchaba a su padre interpretarla y tiene varias cajas de música que al abrirlas hacen volar las notas de la conocida sonata.  Es una colección pequeña que comenzó con el regalo de un admirador que conocía de su gusto. Cuando desempolva, les da cuerda para deleitarse con su música y saborear los recuerdos de su infancia y del compañero de vida que murió hace años. Recuerdos con sabor a mango y a fresas.

Se levanta de la banquilla, se asoma a la ventana y los niños por un momento guardan silencio.  Le temen.  “La vieja loca”, la llaman entre ellos y alguno, más valiente, lo grita en la noche frente a su casa. Se hace la desentendida. Vive sola, con un gato por única compañía, y son muchos los años que tiene, así que efectivamente es vieja.  Tiene mucho de excéntrica, se podría decir que es loca: habla sola, le habla a sus plantas, a Herodes que le contesta en maullidos que ella entiende, y se pasa horas en el sillón con el gato en los brazos.

El felino se le enreda en las piernas ronroneando muy bajito y sonríe al recordar que le escogió el nombre con el propósito de amedrentar a los niños. La sonrisa es una de complicidad con el universo, y le suaviza el rostro, dando señales de que, de joven, pudo haber sido hermosa.

Recoge al gato en sus brazos; a su fiel compañero de los últimos años le queda poco tiempo.  Muere víctima del inexorable paso del tiempo, como morimos todos, piensa. Lo estrecha contra el pecho, no se siente preparada para dejarlo ir pero tampoco quiere que el animal sufra.  Es inminente la decisión y no puede evitar las lágrimas que se asoman a sus ojos diminutos, de un verde desteñido.  

Mece al gato como a un recién nacido.  Es un hijo, que, como ella, está consumiendo los últimos días que le quedan de vida. Lo abraza mientras entona la melodía que practicaba y es inesperado el torrente de lágrimas que la apabulla. Su cuerpo se dobla empequeñeciéndose aún más, mientras escapan de lo más profundo de su pecho unos sollozos roncos que le laceran las entrañas.

Se sienta con dificultad en el sillón y mientras acaricia a su niño bonito, tararea, apenas audible, una canción de cuna.

lunes, octubre 06, 2014

Eloísa

Eloísa está de buen humor, tanto, que se ríe sola, jachas al aire. A petición de ella, mamá la sentó frente al árbol de navidad desde la mañana, y le puso un CD de villancicos de Navidad.  Las notas musicales entran y salen con la brisa por la ventana abierta, y el árbol lo decoraremos esta noche. Eloísa está fascinada con el olor del árbol. Olor a pino, le explicó mamá, y Eloísa dijo olor a Navidad. Todos nos reímos tanto con su ocurrencia, que de ahora en adelante me imagino que se seguirá llamando al árbol, Navidad. Lo decoraremos esta noche entre todos y aunque Eloísa no podrá participar más allá de darnos algunos de los muñecos (aquellos que no se rompen si se caen), esta es la primera vez que entiende que Santa Claus y los Reyes le van a traer regalos. Mi hermano y yo tampoco podremos ayudar mucho porque el  año pasado rompimos varios de los globos de colores, de los más brillantes. Pero sí nos dejarán poner algunos lazos y los muñecos de jengibre (parece que son galletas, pero no, a lo que saben es a papel), pero no se rompen si se nos caen.

Tomaremos del ponche de Nana. Trajo varias botellas: estas con ron, estas no, le explicó a mami. Abuela vende botellas de su famoso ponche en navidades y es parte del regalo que les trae a papá y mamá. Yo sé lo que Santa Claus nos traerá porque acompañé a mami a las tiendas para ayudarle porque no encontró quién cuidara de Eloísa. Es que no es fácil cuidar de ella… y yo sé desde el año pasado quiénes son los Reyes y Santa Claus, porque me lo dijeron en la escuela. Eloísa se durmió así que no sabe que mami le compró la muñeca que vio en la televisión y con la que llora cada vez que el bebé llora, que llora porque le quitan el bibí, y lo que pasa es que Eloísa es una llorona.

Mi hermana se separa del árbol y me pide que la lleve a la cocina, donde mami está haciendo arroz con gandules y pernil, la cena de esta noche, porque viene Santa Claus.  El olor a pernil es el que llama la atención de Eloísa que se asoma al cristal del horno a mirar, pero se quema y se echa a llorar, la mano roja como una guayaba por dentro, y quema, quema, llora Eloísa, mientras se la enseña a mami, inconsolable. Mami le pasa un hielo por la manita y eso la distrae y pide que le den a probar del pernil.  Ahorita no, no está listo, le dice mami y le da su bibí. La nena puede coger un vaso, pero es más rápido si bebe la leche de la botella.  Empina la cabeza hacia atrás, y de vez en cuando se saca la botella y ríe, enseñando las jachas requete grandes que tiene al frente. Es lo único feo que tiene en la cara porque Eloísa es bien bonita.

La noche de Santa Claus no salimos, la disfrutamos en casa y después de la cena decoramos el árbol y Eloísa no dio problemas porque comió tanto que le dio sueño.  Mami estuvo un rato largo con ella, preparándola para dormir, y luego regresó a ayudarnos.  Debe haberse quedado levantada toda la noche porque el árbol está prendido, precioso, y Eloísa ya está abriendo su paquete, desgarrando el papel y mami y papi embobados mirándola a ver qué pasa cuando vea al bebé. 

Eloísa tiene al bebé en los brazos y está contenta y ya nosotros estamos abriendo nuestros paquetes, cuando mi hermana se echa a llorar desesperadamente.  Y papi que me está ayudando a sacar las piezas del tren eléctrico, las suelta y qué le pasa a la nena le pregunta a mami.  Es que el muñeco está llorando porque Eloísa le quitó el bibí, dice mami desesperada.  Eloísa le pone el bibí en la boca y se le abren los ojos bien grandes cuando el muñeco deja de llorar, y le quita el bibí al muñeco de nuevo y lloran los dos, ella y el muñeco.

Para cuando papi está montando la silla de Eloísa en el baúl, la super sport silla roja que le dieron en el Chicago Children’s Hospital a través del programa de los Shriner’s, Eloísa ha aprendido que el bebé llora al quitarle la botella y se lo hace una y otra vez, mientras echa la cabeza atrás, riendo, con las jachas al aire.

Es Navidad…

 

 

 

martes, septiembre 23, 2014

Procesos

Por decisión, hace tiempo no escribo.  No estoy segura de que mis razones sean válidas, o si responden a mi ego, que anda herido.  Necesito aclarar mis pensamientos, bajar el nivel de ira, e intentar comprender el rol de algunas personas en mi proceso.  Determinar si ha llegado el tiempo de alejarme de aquél que me hiere, o si debo hacerle frente a la situación sin herir porque no soy yo sola la que intenta llevar su proceso en paz.  Hay algo que no he aprendido, una asignación no completada porque la lección se repite hasta la saciedad.  Pero esta vez me he prometido no actuar a la ligera, pensar bien lo que debo hacer.  Quizás de esa forma pueda pasar el grado.

domingo, septiembre 07, 2014

Sin pena

 
       Hace varios años que con algo de pena guardé en la tablilla más alta de un armario las muñecas de porcelana que tenía en mi habitación.  Desde allí en ocasiones me miran con ojos llenos de reproche, como me imagino que me mirará la hija que no tuve y ahora también me mira aquella que ni siquiera pude parir en el papel.

Intenté convencerla que naciera. Comencé por explicarle porqué no tendría padre.  También le expliqué porqué no le daría un nombre propio. Ahí el texto y yo comenzamos un descenso lento por una inmensa chorrera demasiado almibarada para mi gusto. Inesperadamente, me atasqué. Intenté despegarme para reanudar el escrito, pero no  encontré manera. Rumbo a casa el jueves pasado en la noche me di cuenta de dónde reside el problema: soy incapaz de parir, y mucho menos a mí misma. 

Mi madre me contaba que estuvo con dolores de parto casi dieciocho horas, luego de las cuales, pasmados los dolores y el parto, tuvieron que someterla a una cesárea para que yo naciera.  Siempre he pensado que en algún momento, por pura cobardía, por intuición, o ambas, me aferré a sus entrañas para quedarme en aquél lugar calientito y seguro donde el batir del agua tibia me acunaba y amortiguaba los sonidos que me herían.

Destinada a nacer no podían permitirme estar tranquila, así que vine al mundo en contra de mi mejor criterio.  Decía mi madre que de cualquier cosa me asustaba y recurría al llanto, preludio y práctica para la vida que me estaba esperando.

Si alguna vez pensé, soñé, anhelé, tener un hijo o una hija, muy pronto comprendí que no sometería a una criatura a las experiencias de la vida. Puedo vivir con las miradas de reproche de muñecas calladas y de hijas no nacidas, pero no podría dormir tranquila sabiendo que serví de instrumento para arrancar de su lugar seguro a un alma.

  Definitivamente, sin pena ni arrepentimientos, ni siquiera en el papel quiero parir una hija y menos aún si ella es mi reflejo. 

viernes, agosto 01, 2014

En el aquí y ahora


Estábamos en mitad de la calle, discutiendo. Yo gritaba. Lucía trataba de explicarme los conceptos de karma y nirvana. Me decía que éramos producto de muchas existencias y que luego de cumplir nuestro karma, a través de vidas en que adelantábamos y retrocedíamos en nuestro desarrollo espiritual, alcanzábamos el nirvana. Satisfecho nuestro karma, al morir hay gran nirvana, y entonces, la extinción, que no es otra cosa sino transformarnos en parte del universo. Me explicó también que en otras vidas habíamos podido ser hombres o mujeres, animales o insectos, y que solo las rocas y las plantas no tienen espíritu.

Yo no la entendía porque la dichosa explicación en aquel momento no tenía sentido para mí y porque ¿cómo es eso de que Dios nos creó con karma? ¿Nos sacó de un cementerio chatarra de almas viejas?

 Lucía era muy inteligente pero tenía la habilidad de sacarme de quicio, de hacerme sentir bruto, inseguro, inmaduro, pero más que nada violento. Ella lo sabía y muchas veces se aprovechaba de mi temperamento volátil para hacer lo que se le daba la gana.  Había cometido el error de decirle que mi pareja anterior me había puesto una Ley 84 luego de una paliza que le di y sabía que vivía con el terror de volver a la cárcel. Mi reacción cuando recibí el documento fue ir a darle otra paliza y fui a parar a prisión. 

Muchas veces instigaba, con su peleíta monga, una fuerte discusión en que yo perdía la cabeza, y antes de llegar al extremo de pegarle me iba, tirando la puerta. Tardaba horas y hasta días en volver.  En una de esas ausencias comenzó a tomar lecciones de yoga, para “liberarme del estrés”, me dijo.  Según ella, eso la ayudaría a bregar mejor conmigo. Varias veces pensé irme sin vuelta, pero ella me gustaba mucho como mujer y era muy apasionada, la mejor amante que había tenido

Esta vez no iba a enredarme con su palabrería: sabía muy bien lo que había visto. Ella, despidiéndose con un beso de su instructor de yoga. Yo había ido, sin avisarle, a buscarla para llevarla a cenar.  Después de que él se fue, nos quedamos en medio de la calle, discutiendo. Le grité que si me ponía los cuernos la mataba. Ella comenzó a hablar del karma y el nirvana. Después de cuestionar el sin sentido de su explicación le dije que no me faltara el respeto ni intentara confundirme como hacía en otras ocasiones porque esta vez no iba a salirse con la suya.  Me le acerqué amenazante y ella, asustada, se fue corriendo.

Volví a la casa a esperarla para pedirle perdón, pero esa noche fue ella la que no llegó.  Vino en la mañana a bañarse y cambiarse de ropa, y me dijo que había pasado la noche en casa de Dagmar, su mejor amiga.  Sabía que yo detestaba a la susodicha. Desde que me conoció, Dagmar la cogió conmigo y delante de mí se atrevió decirle que yo era basura, que no servía, que con el genio que tenía era capaz de matarla. 

Estaba seguro de que Dagmar la había envenenado en contra mía.  Empezaron a salir juntas nuevamente como cuando antes de conocernos y llegaba tarde, sin explicaciones. 

─Tú me la estás pegando ─le dije esa noche cuando llegó.

Ella no lo negó, pero sí me dijo que estaba harta de mis celos, que era mejor que lo dejáramos, que a estas alturas en nuestra relación no tenía caso el que siguiéramos peleando contra nuestro karma.  Insistió en que me fuera, y confieso que lo vi todo negro.  A mí, ella no me pegaba impunemente los cuernos.  Gritó al primer golpe y siguió gritando incluso cuando intentó hacerme frente. La empujé al suelo y escuché el sonido al pegar su cabeza contra la mesa de centro, esa, la que siempre le dije que estorbaba.  Hizo un ruido como cuando un coco seco se estrella en la carretera.  Ella se quedó muy quieta y no me quedé a ver si estaba muerta o solo inconsciente.

Me monté en mi auto e iba a no sé cuántas millas por hora, cuando una goma estalló al chocar con la curva y perdí el control del auto. Los paramédicos dijeron que mi muerte fue instantánea. Luego sentí el tirón y me vi correr por un laberinto oscuro lleno de seres extraños con caras distorsionadas. Entidades que emitían alaridos espantosos mientras intentaban agarrarme. Corrí hasta ver la luz, y por primera vez entendí lo que Lucía había intentado decirme del karma. Para mí no habría nirvana. Mi espíritu acababa de retroceder cien años luz en su paso por el mundo.

Prefiero pensar que nunca recordaré esta reencarnación. Contrario a lo que pensaba Lucía, las piedras sí tienen espíritu, hay alma dentro de ellas. Somos el escalafón más bajo, el más miserable en el desarrollo espiritual de los seres humanos. Soy una piedra en el camino, en un parque precioso, lleno de plantas florales hermosas y fastuosos árboles. Una roca lo suficientemente grande como para no pasar desapercibida por los perros que traen a mear y cagar aquí.  Cada vez que alguno levanta la pata frente a mí, escucho que del rosal más cercano sale una risa.  No sé si es que tan cerca del suelo, el viento y las hojas me juegan una travesura  o si Lucia se divierte, aunque esté purgando su engaño…

jueves, julio 24, 2014

El amor en la tercera edad


          Pensativa, se frota la crema en el rostro con las yemas de los dedos, y la remueve con kleenex. Se pone los espejuelos de leer y se examina cuidadosamente en el espejo.  Este le devuelve una cara simple (nunca fue una belleza) con la piel flácida y arrugas superpuestas sobre las líneas de expresión. Se quita los espejuelos y trata de recordar su rostro joven: estaba tan absorta en su vida, que solo al reciente retiro de Modesto tomó conciencia de que han entrado en lo que llaman la tercera edad. ¿Qué es la tercera edad? ¿No tener un trabajo remunerado? ¿Tener hijos con canas? ¿Nietos en la universidad? ¿O es la conciencia de que muchas cosas que hacías antes con facilidad, ya te es difícil hacerlas?

Suspira profundo porque sabe que hoy, específicamente hoy, cuando cumplen cincuenta años de casados y le dijo a Modesto de ir al cine, cometió una gigantesca equivocación. La celebración del aniversario la harían oficialmente con una fiesta para familiares y amigos en el fin de semana, por lo que le sugirió a Modesto que fueran a ver alguna película. A cenar primero y al cine, dijo él, siempre listo para una salida.  Se aburre en la casa. Recién retirado se encuentra inquieto, siente que molesta, que invade el espacio de ella y lo desordena.  Han peleado más en el último mes que en todos los años de casados.   

Un baño y a la cama, se dice, y se levanta con alguna dificultad. Los años no perdonan, piensa, la molestia constante en la espalda, en las rodillas, es síntoma de los años. Nunca se había sentido tan vieja ni tan frustrada, y culpa la película que vieron. 

Cincuenta años con el mismo hombre.  Si alguna vez sintió la tentación de una aventura, la echó a un lado porque habría sido incapaz de serle infiel a Modesto. Trabajador, un proveedor excelente, gustoso de la buena mesa, buen conversador, buen padre y esposo. Él, por su parte, si tuvo alguna aventura se cuidó mucho para que ella no se enterara.  No es perfecto, pero nadie lo es. Tuvieron épocas difíciles pero las superaron.

Se mira de cuerpo entero en el espejo, le molestan las libras que ha aumentado en el último mes, la piel de naranja más acentuada ahora. La ansiedad que le causa la constante presencia de Modesto en la casa es culpable por el aumento de peso. La celulitis es la fuerza de gravedad complicada con el paulatino abandono de una rutina de ejercicios.  

Hace un mohín con los labios que quiso ser sonrisa al recordar la frase de una canción que había escuchado cantar a Plácido Domingo: yo seré tu primer hombre, tú mi última mujer.  Había algo injusto en esa frase que resulta machista.  Nunca, hasta ahora, se dio cuenta. Modesto había sido su primer hombre, el último, el único. ¿Se ha perdido de algo?

Deja que el agua bastante caliente le corra por el cuerpo, se enjabona sin detenerse a examinarlo.  Lo conoce demasiado bien, y no le gusta lo que ha visto. Es el de una mujer entrada en años. Una mujer que de no tener marido, estaría condenada a la soltería, han pasado los años de ser atractiva al otro sexo. Es la queja de amigas, viudas o divorciadas.

Modesto y ella pusieron interés y esfuerzo en que su relación se mantuviera estable.  Quizás más ella que él.  Pero se le antoja pensar que también él ha tenido paciencia con ella: de joven, con su ignorancia; de mayor, con su geniecito, que lo tiene, lo confiesa. Ha desarrollado la costumbre de decir lo que le gusta y lo que no le gusta.  Y a veces, quizás, lo critica demasiado.

Se envuelve en una bata. Hasta la habitación llega el sonido de la tele. Modesto cambiando de un canal a otro, sin ver nada específico. Si algo la irrita es eso.

¿Qué se sentirá el tener un matrimonio abierto a otras relaciones?  ¿A compartirse y compartir tu pareja con otros pensando que no hay infidelidad si están todos juntos?  Maldita película, es para jóvenes, no para viejos que tienen otras cosas de qué preocuparse, personas de la tercera edad para quienes el sexo no es de primordial importancia. Aprovechó al salir del cine para intentar explicarle a Modesto que se siente vieja para “eso”.  ¿Para hacer el amor?, preguntó Modesto, fíjate que no, que a mi me gusta mucho que nos acurruquemos. 

Se cambia la bata por una camisa de dormir, más liviana y fresca. La maldita película despertó extrañas emociones, sensaciones, reflexiones. Sale al encuentro del sonido del televisor.  Modesto está sentado en el sofá y con un guiño pícaro la invita a sentarse.

─¿Qué te parece si nos acurrucamos? ─le pregunta ella con una tímida sonrisa.

jueves, julio 10, 2014

Arenas


Una mancha de buitres lo ha venido siguiendo. Se repite que no hay buitres en el desierto (o ¿sí los hay?) y sigue caminando aunque no está seguro del sendero.  Lleva muchas horas avanzando y según su cuenta ya debió haber llegado al campamento. Cuando salió estaba seguro de que tenía claras las señales del camino, pero la mancha de buitres lo distrae y los montículos de arena le parecen todos iguales. Le preocupa la inmensa nube negra en el horizonte. Nubes negras que anuncian la tormenta que se le viene encima. El viento silba levantando ráfagas de arena. Maldito, maldito desierto en un país ajeno, desconocido e inhóspito.

La fuerza de las ráfagas lo atrapa, pierde el paso, y cae. La fina arena se cuela por todos los orificios expuestos: los oídos, la nariz, los ojos y la boca. De pequeño, su abuelo le traía un fino polvo insípido en conos de colores que se le atragantaba en la garganta. Prefería dulces de menta o chocolate. Me ahoga, abuelo, le decía, pero era inútil. Como resulta inútil ahora tratar de levantarse, porque la fortaleza de las ráfagas lo empuja. Se hace un ovillo: sus brazos sosteniendo las rodillas, sus manos protegiendo la boca para que la arena no se cuele por ella.

No puede abrir los ojos, pero lo prefiere porque le parece sentir que los buitres rastrillan en la arena que cae sobre él desde todos las direcciones. Y se  ve: un mogote de arena. No es uno sino dos, el otro es el que ve. Hace un esfuerzo desesperado, y el otro se esfumina y solo queda uno, el que no ve.  Él que es un montículo de arena.

 Allá abajo, el otro ha visto el campamento y despacio el ciego avanza hacia donde vio el otro el campamento y la silueta del hombre que espera para socorrerlo. Adelanta, y la silueta se acerca, cada vez más próximo a ella, porque vuelve a ser dos y puede verla. Imbécil país de mierda que tuvo miedo de morir ahogado en la ventisca. Y sus brazos se aferran a una piedra negra, erguida, que parecía una imagen, pero está tan gastada que su forma humana podría ser solo una ilusión, como ilusión es el otro; y él está solo, abrazado a la piedra, con los ojos abiertos que no ven porque están llenitos de la arena.

lunes, junio 30, 2014

La niña que murió de amor...

Llevo meses planificando mi venganza. Es lo único que me empuja fuera de la cama. Me baño, me visto y salgo a la calle. Compro un café en cualquier parte, lo importante es estar a las siete frente a la oficina, y, claro está, que no me vea. 
Seguirlo le ha dado motivo a mi vida.  Que los primeros días me los pasé tendida en la cama, deseando morirme.  Incluso intenté suicidarme tomando unas pastillas que me recetó el médico. Lo único que logré fue perder un día de mi vida durmiendo, y darle un disgusto a mi familia. Ni al hospital tuve que ir. Los médicos, parece ser, son cuidadosos con sus recetas, o yo tengo un organismo muy fuerte. La cuestión es que no me dio resultado, pero para cuando desperté por completo, ya sabía que quería vengarme. Que no iba a tirarme a morir en una cama, no, que dirían que fui como la niña que murió de amor, y detesto esa imagen de debilidad. 
Mi madre insiste que me olvide, que soy joven, que mi vida no acabó, que hay un alma gemela para mí.  Otra, no él.  Y a lo mejor es cierto, pero digámoslo así: yo a quien quiero es a él. Suena cursi y clichoso, pero si no es mío no será de nadie. Todos tenemos derecho a soñar y yo sueño que lo mato con mis propias manos. Cosa que sé que me dará un inmenso placer. Verlo suplicar, decirme que es un equívoco, que me ama, mientras lo apuñalo, una y otra vez, hasta que se desangra.  Puedo sentir el sabor ferroso en mi boca, y una sonrisa que se inicia en las comisuras de los labios: la sonrisa de la venganza…
 


martes, mayo 27, 2014

Imperfecto



El hombre lleva horas sentado en la butaca sin apenas moverse; silencioso, contempla la nieve. Está nevando hace horas un polvo fino que ha maquillado de blanco el terreno visible desde el amplio ventanal. Los árboles, ramas sin hojas, están también pintados de blanco.  Es un espectáculo libre de huella humana.

Se levanta con un suspiro, se pone el abrigo y sale. Aún no ha decidido lo que va a hacer, ni siquiera ha podido poner en orden sus pensamientos. La noticia lo tomó desprevenido, y se sintió viejo, confundido, desconcertado, extrañamente solo. Ahora siente las palpitaciones rápidas del corazón en los oídos. No es que no quiera un hijo, siempre quiso tener uno, alguien que llevara su sangre, su apellido, compartiera sus costumbres y su modo de pensar. Después de tantos años de haberse convencido de que era incapaz de procrear, Natalia le sorprende con la noticia.

Es necesario que lo decida con el cerebro, como si fuera un negocio más, no dejarme llevar por el primer impulso.  Natalia es la mujer menos adecuada para tener mi hijo. Es demasiado joven, demasiado inmadura.  Para una aventura entretenida es exquisita.  Si me caso con ella, me convertiré en el hazmerreír de todos mis amigos.  Me dirán que se dejó embarazar para ganar ventaja sobre mí y asegurarse para ella y el crío un porvenir cómodo. A pesar de que sabe que puede ser cierto, la idea de dejar que un hijo suyo sea bastardo no le es grata.

Mi padre siempre estuvo presente.  Quizás por estar envuelto en los negocios no me dio la atención más adecuada, pero estaba, y yo sabía que podía contar con él. No fue el mejor padre, pero aprendí de él y no cometeré los mismos errores.

Mientras Natalia fue la muñequita para el placer se sintió cómodo.  El que ella estuviera con él por el dinero, no le importaba.  El matrimonio, sin embargo, lo ataría a una situación en que la diferencia de edades resulta incongruente. Ella esperará la atención debida a una esposa, él no se siente en condiciones ya, y la verdad, disfruta la soltería.  Puede ir al club cuando quiere, mirar por horas el paisaje desde la ventana de la casa si se le antoja, viajar sin avisar a nadie. Una vez casado eso sería difícil. Natalia es muy dulce pero las mujeres, seguras de su posición, suelen convertirse en arpías demandantes.  No, definitivamente no quiere las cadenas de un matrimonio. Ya probó a estarlo más de una vez.

 No soy tan viejo para tener un hijo, piensa.  Aunque al lado de Natalia lo parezca, sabe que se ve mayor que su edad real.  En los últimos años se ha dejado ir: bebe y come demasiado, no hace suficiente ejercicios. No está en las condiciones físicas adecuadas para tener una esposa joven y correr detrás de un crío. Resulta una burla el que vaya a ser primerizo en este momento. 

Esta puede ser la oportunidad para cambiar mi forma de vida, incluso de alargarla, mejorarla. Podría compartir con el niño, disfrutar enseñándole juegos y ya más grande, las lecciones que la vida le enseñó a él a golpes. Prepararlo para que tome el mando de los negocios cuando él no pueda. Todo será del hijo, se asegurará de que no haya forma en que Natalia pueda poner sus dedos codiciosos sobre la fortuna.

Aunque no se lo dijo en el momento, hay otra consideración. ¿Qué tal si el hijo no es suyo y la muchacha solo pretende colgarlo de su cuello? No tiene razones para dudar de Natalia y aunque sabe que puede obtener la prueba fehaciente de que el hijo es suyo, si quiere un hijo, y de eso está seguro ¿para qué arriesgarse?  Con tal que él lo considere y trate como tal, los demás estarán obligados a tragarlo.     

Se le ocurre que puede hacer un arreglo con Natalia ventajoso para ambos.  Ella es joven e impresionable, el dinero la deslumbrará.  Puede casarse con ella y luego divorciarse cuando el chiquillo nazca.  Será magnánimo en el acuerdo económico a cambio de que le deje al niño.

Ha comenzado a caminar más rápido. Encontrada la solución perfecta, una alegría crece dentro de él.  Regresa con paso ligero, libre del peso con el que salió. Se imagina con el hijo de la mano, enseñándolo, visitando lugares históricos, explorando nuevos lugares, viajando por el mundo. El niño dará continuidad a su apellido, no envejecerá solo. Para cuando llega a la casa, una amplia sonrisa le ha borrado la tirantez del rostro.

En el celular tiene una llamada perdida de Natalia.  No es su costumbre llamar, ni la de él responder cuando lo hace.  Pero esta es una excepción. Es diferente.

—Hola, mi amor —le dice ella llorosa— estoy sangrando. 

Lento, se sienta frente al amplio ventanal.  Ha dejado de caer la nieve y puede ver las huellas que ha dejado en ella. A sus ojos, vidriosos por el golpe inesperado, el hermoso paisaje es ahora cruelmente imperfecto.

Sin responder, abre la mano y deja caer el celular al suelo.