Águeda siempre pensó que la inocencia se perdía una vez. En su noche de bodas la perdió dos veces. La perdió cuando su marido rompió el himen penetrándola sin prepararla. Y la perdió nuevamente cuando él, para que nunca más se quejara de que le dolía y supiera quién daba las órdenes, procedió a violarla nuevamente. jueves, noviembre 12, 2009
La inocencia
Águeda siempre pensó que la inocencia se perdía una vez. En su noche de bodas la perdió dos veces. La perdió cuando su marido rompió el himen penetrándola sin prepararla. Y la perdió nuevamente cuando él, para que nunca más se quejara de que le dolía y supiera quién daba las órdenes, procedió a violarla nuevamente. lunes, noviembre 02, 2009
Vida
─¿Qué es?─le pregunto asustada porque hace muchos años que le huyo a todo aquello que me trae sufrimiento y congoja aunque eso signifique no ser de este mundo.
Me mira solemne y me contesta con su vocecita de niño antes de alejarse corriendo: ─ Es vida.
sábado, octubre 10, 2009
Guarda silencio
No me digas te llamo si sabes que no llamarás. No me digas que estás si luego no podré contar contigo para aliviar mi soledad. Es preferible que no digas nada.Si eres incapaz de mirarme a los ojos y decir la verdad, si tu cobardía es tanta que lo hace imposible, prefiero que calles. No menosprecies mi inteligencia, te hace insignificante y te convierte en un enano mental y moral.
Guarda silencio. Te luce mejor.
jueves, octubre 08, 2009
La historia de una piedra
El primero en marcharse fue Miguel, borrachón y mal marido. Fue como si le clavara una espada directo en medio del corazón. No rezumaba sangre la herida: se le salía en lágrimas por los ojos.
Sola, con cuatro hijos que echar adelante, se le encorvó la espalda y se le agrietaron las manos de tanto trabajar. Como a su marido, vio a los hijos marcharse. Una vez salían del pueblo y se iban a estudiar a la capital, no regresaban. Les avergonzaba la pobreza, la falta de educación de la madre y la vejez prematura que le cayó encima al darse cuenta que nunca más tendría amor. No tenía tiempo, no podía darse el lujo. Para cuando la ansiedad de su cuerpo que la traicionaba amainó, se había acostumbrado a estar sola.
Al principio, al sentir la necesidad del hombre, se iba a la ladera detrás de la casa con un machete a sacar las viandas. La falda metida entre las piernas para poder trabajar. Trabajar como un macho porque no tenía uno; de no tenerlo, se acostumbró a la cama vacía. Como se acostumbró a la casa vacía, porque los hijos nunca vo1vieron ni siquiera a traerle los nietos.
Los ojos acabaron secándosele con el humo del carbón, el vapor de la estufa y la plancha, de la misma forma en la que se le había desinflado el cuerpo, y se le habían marchitado los pechos y la cara. La encontraron muerta un día cualquiera al pie del fogón dónde hervía las viandas, como antes lo hacían su madre y su abuela.
Desconocida la causa de la muerte, y pese a las protestas de los hijos, obligados a presentarse, el fiscal ordenó levantar el cadáver y llevarlo a Medicina Forense. El joven médico que hizo la autopsia señaló que lo sorprendente e inexplicable no era la muerte, sino el que hubiera vivido, porque su corazón estaba hecho de piedra.
Sola, con cuatro hijos que echar adelante, se le encorvó la espalda y se le agrietaron las manos de tanto trabajar. Como a su marido, vio a los hijos marcharse. Una vez salían del pueblo y se iban a estudiar a la capital, no regresaban. Les avergonzaba la pobreza, la falta de educación de la madre y la vejez prematura que le cayó encima al darse cuenta que nunca más tendría amor. No tenía tiempo, no podía darse el lujo. Para cuando la ansiedad de su cuerpo que la traicionaba amainó, se había acostumbrado a estar sola.
Al principio, al sentir la necesidad del hombre, se iba a la ladera detrás de la casa con un machete a sacar las viandas. La falda metida entre las piernas para poder trabajar. Trabajar como un macho porque no tenía uno; de no tenerlo, se acostumbró a la cama vacía. Como se acostumbró a la casa vacía, porque los hijos nunca vo1vieron ni siquiera a traerle los nietos.
Los ojos acabaron secándosele con el humo del carbón, el vapor de la estufa y la plancha, de la misma forma en la que se le había desinflado el cuerpo, y se le habían marchitado los pechos y la cara. La encontraron muerta un día cualquiera al pie del fogón dónde hervía las viandas, como antes lo hacían su madre y su abuela.
Desconocida la causa de la muerte, y pese a las protestas de los hijos, obligados a presentarse, el fiscal ordenó levantar el cadáver y llevarlo a Medicina Forense. El joven médico que hizo la autopsia señaló que lo sorprendente e inexplicable no era la muerte, sino el que hubiera vivido, porque su corazón estaba hecho de piedra.
miércoles, septiembre 30, 2009
Aniversario
Hoy amanecí cubierta de tristeza. Es como si el cansancio de la vida me hubiera dado abrigo intentando sofocarme. Imagino que dentro de nosotros hay algo que recuerda los aniversarios. Aparentemente echados al olvido quedan grabados en nuestro cerebro. Cuando llega la fecha, recordamos. Hoy es un aniversario de tristeza, lo sé, lo siento.
lunes, septiembre 14, 2009
Mirada que obsesiona
Te miro pero no me miras porque tus ojos se han quedado quietos, su mirada estática fija en el jarrón chino sobre la mesa o en el bodegón que cuelga en la pared. Sobre la mesa dejaste las llaves y los guantes al entrar cuando dijiste “hace frío”. “Sí, hace frío, mucho”, contesté y no entendiste que el frío tuyo era del invierno pero el mío era el vacío de ti y de tus ojos, que ya no me miraban. Esos ojos azules que eran míos y que al mirarme me infundían su fuego, me erizaban la piel, y hacían que mis piernas temblaran. Tus ojos que me traían a la vida, muñeca desprovista de amor y calor hasta que encontré esos ojos de mirada profunda de mar, de pestañas negras, tan largas que las envidiaba y que quería para mí. Mis ojos nunca serían como los tuyos, pero los hice míos como hice mío tu cuerpo. Siempre después de hacer el amor me regodeaba mirándome en ellos, espejos cristalinos que me obsesionaban. “Tú mirada obsesiona” te dije al conocerte, porque no miento, nunca miento y menos a tus ojos. Y tus ojos brillaron con el fulgor deslumbrante de un sol a medio día, ese sol resplandeciente que uno mira de frente a pesar del temor a cegarse. Y me dejé cegar por ellos para luego sumergirme en las cálidas aguas de tu mirada intensa que me llamaba a hundirme en sus profundidades. Nadé perdiéndome en sus azules cambiantes, y luego me refugié en tus pestañas, muñeca rota sintiendo el calor protector de tu mirada apasionada, dulce y pegajosa. Tu mirada que me había desnudado antes que tus manos me hubiesen desnudado, pero si no lo hubieras hecho tú, lo habría hecho yo porque quería que tus ojos me vieran.
Ahora miro tus ojos que dejaron de verme, no sé desde cuándo dejaron de mirarme y de insuflarme vida. Me marcho porque tengo que marcharme, muñeca deshecha que vuelve a su rincón olvidado, pero llevo conmigo impresa en mi piel y grabada en mi cerebro la mirada azul de tus ojos que ahora vidriosos solo miran sin ver el jarrón chino sobre la mesa, o quizás el bodegón que cuelga en la pared.
jueves, septiembre 10, 2009
Casi
Prefiere el silencio a la música que la aturde. Le gusta estar sola, no ríe, y le es difícil hablar. En ocasiones piensa que la vida no ha sido justa y que dio más de lo que ha recibido. Antes le importaba, pero ahora le da casi igual. Es muy tarde, se dice, ha caminado más de lo que le falta y no quiere cargas a esta altura del sendero. Le preocupa, la palabra casi porque implica que una parte de ella aún quiere que las cosas cambien. Entonces pone atención al silencio y se siente en paz y es feliz. Casi…
sábado, septiembre 05, 2009
Juan-ave
Siempre se sienta en el mismo banco de la plaza a mirar las palomas y cuando puede les compra maíz. Hace años son su compañía y sus únicas amigas porque prefiere no hablar con la gente que, a decir verdad, le molesta. Preferiría ser ave a ser Juan. Cuando se permite soñar, lo que no es muy frecuente porque para ello hay que ser persona-humano, se piensa ave y entonces olvida que es sueño y vuela más alto que las mismas palomas.
lunes, agosto 31, 2009
Embriagando los sentidos
En movimiento, Cloé le recordaba la gracia sutil de una mariposa azul en vuelo o de un felino cuando va caminando lento hacia su presa. Traía a su presente la escena de una película que había visto hacía años en que la pareja protagonista bailaba un tango, los pies marcando pasos ágiles, rápidos pero acompasados mientras los cuerpos en sinuosos movimientos se hacían el amor impúdicamente. Esa escena lo había dejado jadeante, tenso como un alambre que ansía sentirse trabajado por las manos del orfebre.
Con ella alcanzó la plenitud y liviandad que imaginó posible entonces porque el frotar de sus cuerpos sudorosos exprimía de ella los aromas y jugos que le fascinaban: Cloé sabía a manzanas frescas, a naranjas recién recogidas, a melocotones jugosos y dulces; olía a blanco: a nardos, a azucenas, a gardenias.
Pero ahora, en un momento de debilidad le había confesado que ella llenaba todos y cada uno de sus sentidos como nunca antes mujer alguna lo hizo, y Cloé había reído con la risa gutural que le recordaba que ella venía de estar con cientos de hombres y sabía lo que era necesario para embriagar a cada uno de ellos. Una risa burlona y cortante que le había perforado el cuerpo desatando una furia que lo llevó a apretarla muy fuerte hasta dejarla completamente seca, con un olor pringoso y nauseabundo.
Se levantó despacio, se vistió y salió arrastrando los pies, dejando en aquella habitación, encadenada para toda la eternidad, su alma.
miércoles, agosto 26, 2009
Alicia en los espejos
Alicia huye de los espejos. Desde hace años les tiene tirria y le dan temor porque nunca se ve reflejada en ellos. Al menos, no la cara que recuerda. El rostro de ella, el que era, ya no es la imagen que se le muestra. Lleva años luchando infructuosamente por vencer lo que se ha convertido en una fobia. Para no mirarse al espejo, se esconde tras la escritura. Escribe cuentos muchos de los cuales solo ella entiende si ha de de dejarse llevar por los comentarios. Suelen ser cuentos sencillos en los cuales pone algo de sí misma, algo prestado y algo inventado y añade unas gotas de ron y anís. Sabe que esas son las gotitas que le dificultan al lector entenderlos pero no le gusta privarse de ponerlas, porque en ellas está su verdadera imagen, aquella que ya no se refleja en el espejo.
En ocasiones, decide salir de su escondite y entonces asiste a algún taller de escribir. Anoche, por ejemplo, en que luego de luchar con la ansiedad, asistió a uno. Toda iba bien, mejor de lo que esperaba. Hecha la presentación, se acomodó a escuchar la charla. Ya al final, la profesora les dio un pie para que el grupo escribiera: “abres los ojos, te miras en el espejo, y ves…”
Se levantó sin hacer ruido y se marchó para su casa.
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