viernes, abril 10, 2015

Un poco de cariño


Mis días se han vuelto rutinarios.  Mis oídos sordos a los comentarios de mi hermana.  Me paso los días en la cama. A veces, me levanto y enciendo la tele pero no tengo paciencia para ver la programación con que nos alimentan. Y vuelvo a dormir, y voy de la cama al sofá en la sala, y sorbo un poco de agua, y quiero que mi hermana llegue y temo su llegada porque sé que va a preguntarme que he hecho, y la rutina incluye mentirle y tratar de convencerla de que estoy mejorando.  Supongo que para su paz mental pretende creerme: sabe que casi no como, que no me ocupo de mi aseo personal.  Si pudiera explicarle esto de estar muerto en vida de forma tal que pudiera sentir un poco de empatía.  No necesito palabras agrias, necesito un poco de cariño, de paciencia.

miércoles, abril 08, 2015

Descansa


Oscuro y vacío, ya estoy acostumbrada.  La poca luz entra de la calle porque mantengo las cortinas abiertas.  No sé por qué antes siempre las tuve cerradas.  No podía dormir con luz de clase alguna.  Mi dormitorio era una noche de veinticuatro horas, hasta las tormenteras cerradas para que no entrara claridad.  Recuerdo en la oscuridad haber visto a mi hermana, venía a ayudarme, pensé, con la total inocencia de los niños, y el miedo y la angustia de los viejos, cuando se sienten próximos a la muerte.  Recuerdo que me ordenó levantarme y vestirme y obedecí.  Me encogí cuando salimos a la luz del día. Y me llevó a su casa donde las ventanas están abiertas todo el día y la noche, y allí me quedé en la típica posición fetal de los enfermos, pero por primera vez en días cerré los ojos y dormí.

Me fue bien


Decidimos hacer la prueba de estar en casa un fin de semana.  Mi hermana y su esposo estarán fuera así que tendré que valerme por mí misma. Me dejan frente a casa, tomo el elevador, entro y me tiendo en la cama.  Tengo dos días de soledad y silencio, y de completa oscuridad.  Para mi sorpresa, me levanto y abro las cortinas y corro las tormenteras, es de día y el sol cae sobre mi cama, y vuelvo a acostarme, rendida.  Pero hay luz.  Es un adelanto, ¿o no?

Pero cada esfuerzo me deja sin energías, así que decido hacer lo mínimo.  Traigo una botella de agua al cuarto y el cartón de batidas, de esas que mi hermana compra para que coma algo, si no comes, te vas a morir.  No debo querer morir porque me las tomo, aunque no las refrigere y me hidrato tomando sorbos de agua de a poco.  Pienso que podría lanzarme desde mi piso, pero me da miedo no morir porque no es lo suficientemente alto.  ¿Qué tal si quedo semi vegetal?  Entonces sí que mi hermana va a odiarme (si es posible resentirme aun más).

El resto del fin de semana me limito a levantarme para ir al baño, acostarme, dormir y dormir, y me asusta el saber que este experimento no ha dado resultado. El domingo en la noche, me recogen y cuando me preguntan cómo me fue, miento descaradamente: bien, me fue bien.

lunes, abril 06, 2015

Ya no sueño




De afuera, me llega el ladrido de un perro y con dificultad me siento en la cama.  Quiero levantarme, lo intento y no puedo. Vuelvo a dejar caer mi cabeza sobre la almohada, mis piernas rígidas colgando fuera del lecho. No tienen la fuerza para sostenerme. No me importa.  Soy completamente honesta, no me importa. Qué claro lo veo ahora, no quiero seguir viviendo.  Al ladrido del perro se han añadido los de otros y decido quedarme acostada.  Subo las piernas con dificultad y me arropo, me hago sorda a los sonidos de la calle, cierro los ojos, y finjo que soy un alma perdida y no pienso nada más que en la letanía que repito incesante, palabras esdrújulas que intento poner en orden gramatical, pero que tienen el mismo significado: escuálido, esquelético, famélico… y las termino y vuelvo a comenzar y pierdo una y recomienzo esperando encontrarla, y me voy quedando dormida y no la encuentro o sí la encuentro pero pierdo otra, y me hundo en este dormir que me permite estar como muerta, porque no sueño, ya ahora, nunca sueño…


Pronto


Prefiero no hablar y no contesto el celular.  Sé que es mi hermana y que llama para saber si me levanté, conforme sus instrucciones.  Pero no quiero hacerlo ni darle explicaciones.  Está convencida que estoy en su casa para hacerle la vida insoportable.  ¿Has pensado en regresar a la tuya? Es su primera pregunta, casi a diario.  Me acusa de querer su vida, y de haber estropeado la mía con decisiones erróneas.  Estás donde te llevaron. ¿Está consciente del dolor que me causa?  Que si por mí fuera estaría a miles de millas de distancia donde no pudiera alcanzarme.  No le riposto porque no tengo ganas de hablar, porque no hay forma de hacerla entender, porque no podría entender que no envidio su vida.  Querría la mía de vuelta, pero no creo que pueda recuperarla, me he hundido demasiado en la auto pena. Y cierro los ojos y dejo que el celular timbre y sé que en la noche llegará furiosa, y volverá a preguntarme para cuándo estaré lista para volver a casa, y le diré que pronto…

sábado, marzo 28, 2015

Un alma en paz



Siento las burbujas del agua chocar contra mis pies y me alegra el haber llegado acá.  Me quedo fijo mirando una rana que se mueve entre la hojarasca.  No le tengo miedo y la miro con detenimiento: las membranas de las patas, la piel rugosa, los ojos saltones. Nunca toqué una, tenía miedo de que me salieran verrugas, además de que las encontraba absurdamente feas y asquerosas. Ella salta y sigue su camino, y vuelvo a mirar las burbujas a mis pies.  Siempre me gustó más venir al lago que ir a la playa.  El ruido de las olas al rebotar contra las rocas, la profundidad y la fuerza del agua me angustiaban.  Aquí es diferente, el agua es fría pero tranquila, y es como si me contagiara su paz.  Podría estar aquí todo el día, contemplando el agua, el bote que une las orillas del lago yendo y viniendo, el sol que ha ido cayendo despacio.  Pero no es mi lugar, ya no. Me levanto y mentalmente doy gracias por la paz adquirida y regreso a la soledad de mi silencio.


domingo, marzo 22, 2015

De vuelta


Siempre me han llamado la atención las monedas que la gente lanza al agua.  Cada una de ellas representa un sueño, un pedido, un milagro.  En algún lugar leí que cada cierto tiempo las recogen y las donan a una institución caritativa, no recuerdo cual.  Supongo que para entonces los que la lanzaron habrán alcanzado o no lo que pidieron. Yo no creo en los milagros, así que nunca lancé alguna.
Veo gente pasar con barquillas de helado y por un momento pienso en comprar una, pero cambio de opinión enseguida. Recuerdo un día en que estaba disfrutando la mía y un niño pequeño se detuvo a mirarme.  Sentí vergüenza y deseé comprarle una pero su madre lo tomó de la mano y se lo llevó. Hay tantas cosas de las que algunos afortunados disfrutamos.  Pero quizás no es que no pudiera comprarla, a lo mejor solo lo protegía de una sobredosis de azúcar.
La cuestión es que me entretengo muchísimo aquí, viendo pasar la gente.  Admirando la manera en que se visten los más jóvenes y algunos no tan jóvenes, sin complejos de ninguna clase. 

Me duele ver las parejas mayores y me fijo en particular en las que van hablando. ¿Qué tienen que decirse personas que llevan dos terceras partes de su vida juntos?  Que se ven todos los días, que no tienen experiencias que no hayan sido compartidas.  Cuando estaba recién casada y aún más tarde, nunca tuve nada de qué hablar con mi esposo (ni él conmigo).  Una pareja aburrida uno del otro desde sus comienzos.  Pero una no sabe cuándo cortar el cordón umbilical y declararse libre e independiente.  Cuando lo hice ya era tarde… Demasiado tiempo, demasiada invisibilidad.  Me negué a ponerme bajo el foco, preferí seguir siendo lo que era…  Quizás en realidad era invisible.  Ahora, en ocasiones, el arrepentimiento es una punzada en el pecho. Me duele pensar que en tantos años no rescaté una vida.
Es hora de irme, ya pronto va a oscurecer, y no quiero que la noche me encuentre aquí.  No es mi lugar. Vuelvo al silencio y a la soledad.  A donde pertenezco…


domingo, marzo 01, 2015

Ambroise, ángel


Ambroise despertó completamente desorientado. Lo último que recordaba era el terror que sintió cuando, luego de ingerir la mezcla de yodo y alcohol que su boss le hizo tomar, empezó a sangrar por todos lados.  El cuerpo se le adormeció y perdió la conciencia. 

La Missy no se la hubiera dejado ingerir. Miguel se la hizo beber destruyendo, luego de haberlo creado, a la única persona con quien ella podía desahogarse.  De esa forma, esperaba obligarla a hablar con él. Ambroise entendía la actitud de la joven. A él también le habría herido el engaño de que la hizo objeto el boss para conseguirla. Y más aún, la dolorosa e incluso cruel manera en que supo que Miguel era casado.

Tenía que orientarse porque había dejado a la Missy sola, en una isla extraña, cuidando la vespa.  Tenía puesta una cotona blanca, de hospital, que le quedaba grande.  Mala cosa, pensó Ambroise, porque si estaba en el hospital debía estar grave, y para darle más peso a su suposición se dio cuenta que sorprendentemente se había encogido.  Estaba más negro, pequeño y flaco de lo que jamás había sido.  Eso sí, estaba seguro que ahora guardaba más relación con el Ambroise que la Missy veía que con el que Miguel había creado.

 Se fue a rascar la cabeza, cosa que siempre hacía cuando estaba confundido y necesitaba pensar.  Pero su mano chocó con un objeto sobre su cabeza, cuyo propósito desconocía.  Lo malo es que el objeto parecía flotar en el aire.  Pasando la mano cuidadosamente a su alrededor, se dio cuenta que el mismo era redondo y que, como las donas que el boss se comía y que le subían el colesterol, era hueco en el medio.  Se hubiera quedado tranquilo aunque igual de perplejo, sino hubiera sido porque vio una hermosa pluma blanca revolotear. Se dobló a recogerla para examinarla mejor, y notó que sus pies flotaban al aire y que la base que lo sostenía era blanca y mullida. Entonces comprendió que estaba en el cielo, a dónde Miguel lo había enviado con el tac tac del teclado, y ahora era Ambroise, ángel.

Pensó buscar a Clemente, porque Miguel le había hablado de él, y necesitaba un amigo, pero luego pensó en lo que le había dicho la Missy. Clemente llevaba treinta años pidiendo perdón por el mismo pecado, y alguien que está en esas, debe estar vagando por la tierra como espíritu no reconocido y sumamente atrasado.

Mejor encontrar a la Missy y explicarle que él no la había abandonado.  Que bastante abandono había visto la pobre, que, aunque no decía nada, se le notaba en los ojos.Ambroise bebía mucho, pero no era ciego ni tonto. La cuestión es que ahora, para buscarla, tendría que escabullírsele a San Pedro.

Como vio que nadie lo estaba vigilando, se fue escurriendo hasta que escurrido cayó el negrito en su islita.  Por un momento sintió algo de nostalgia, pero recordó la inmensa paz que había encontrado en su nuevo domicilio, así que decidió apresurarse a encontrar a la Missy, antes que San Pedro lo echara de menos.  La Missy no estaba, pero sí su vespa, recostada a la pared dónde él la había dejado.  Fue a rascarse la cabeza para poder pensar, cuando recordó que el alo que llevaba le dificultaba el acostumbrado gesto. 

Apenas pensó dónde podría estar la Missy se encontró sentado en un piso de madera.  Por suerte no le dolió la caída, ventajas de ser un ángel. Siguiendo el conocido tac tac, encontró a la Missy sentada frente a la computadora tecleando.  Ella no lo vio, pero a él le bastó una mirada para darse cuenta del intrincado tejido roto en su corazón. Y aunque ella no lo podía oír, allí mismo le comprometió: "blackie will be back Missy, to mend your heart". Se miró sus burdos dedos que iban a tener que aprender a tejer y en un parpadear de ojos se encontró matriculado en el curso introductorio de tejido que ofrecía la Virgen María.

El no sólo era el único ángel varón tomando el curso, también era el único negrito. La Virgen se le acercó a preguntarle si estaba seguro de estar en el curso correcto, a lo cual, asustado, y con ojos desorbitados contestó en la afirmativa: "Missu', blackie promised Missy he would mend her heart". La Virgen sonriendo, le dio las agujas, el hilo de tejer, y el modelo del infame punto que debía aprender.  Tan pronto empezó a clavarse las agujas en sus encallecidos dedos, se acordó de Miguel y toda su parentela.  Por su culpa estaba metido en aquel lío.  Pero por la Missy estaba dispuesto a aprender a tejer.

viernes, enero 30, 2015

La lógica



En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica. Y yo lo sabía, y tú también.  Pero nos hicimos los locos.  ¿Quién no? Por inesperado, el amor nos dio tan duro.  Fue como si aquella noche, en un salón lleno de gentes, fuese la primera vez que nos viéramos. Como si nunca nos hubiésemos visto a pesar de que nos conocemos de tantos años. Yo noté por primera vez tus ojos ambarinos y la sonrisa abierta, un poquito burlona, al comentario de Andrés. Se burla de él, no lo toma en serio, me dije. Siempre pensé que te colgabas de cada una de sus palabras.  Tu sonrisa me hizo darme cuenta  que sabías que tu marido era un tonto.  Lo era. Porque lo era no sabía apreciarte.

Hice algún gesto, supongo, porque me miraste. Supiste que ahora yo entendía tus quejas de que nunca tomaba en cuenta lo que decías.  De que creía saberlo todo de todo.  Una pesadilla, me comentabas, en tono jocoso. Recién registraba que por adentro te estaba destruyendo el saber que a sus espaldas, se burlaban de su “sabiduría”.
Había cansancio en tu mirada, pero me sonreíste y  te hice un guiño. Te pusiste tan roja que temí que todos se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo entre nosotros. Permaneciste impávida, como si realmente  fueras invisible. Tu marido extendía un telón que hacía que los demás no te viéramos.  Pero esta vez no pudo cubrir mis ojos: veía por primera vez a la mujer hermosa que eres, terriblemente desamada. Me dolían los brazos de las ganas de abrazarte, besarte toda, lamer tu rostro, tu cuerpo, sentirte palpitar entre mis brazos.
Mi imaginación dio rienda suelta y tuve que excusarme. Hace calor, dije, voy por otro trago. Si no escapaba todos se darían cuenta de la erección involuntaria que mi deseo por ti me había causado.  Yo no sé hacerme invisible y no quería delatarnos. Tus ojos me dijeron que éramos cómplices nuevos en esto de amarnos. 
Me seguiste al jardín y sentí tu aroma, ese perfume peculiar a rosas que siempre te envuelve.  Te ofrecí una copa de champagne, de las dos que agarraban mis manos temblorosas. Sin decirme nada rodeaste mi rostro con tus manos y sentí tu lengua jugar con mis labios y abrirlos, tu lengua tibia, traviesa, sabrosa. Quise tomarte en ese momento, allí, donde nadie, o todos, pudieran vernos. Eso no me importaba, solo importaba hacerte mía, reclamarte como tal. 
Tú te apartaste sin dejar que te tomara en mis brazos.  No tiene lógica, Samuel, me dijiste, después de tantos años de conocernos, el amor entre nosotros no tiene lógica. Entraste nuevamente al salón y te colgaste del brazo de Andrés.  Bebí las dos copas de champagne ya sin burbujas, cada una de un sorbo. Tenías razón, esto del amor entre nosotros no tenía lógica.
Lo que no entiendo es por qué aún me duelen los brazos.




viernes, enero 23, 2015

Cuquito y su sabiduría


Tomé la decisión de abrirle a Cuquito una página en Facebook. Algo sencillo para intentar explicar mi locura de pensar en él como un hijo alado.  Para intentar que los demás comprendan, y, a la vez, yo cerciorarme de que hacerlo no es una chifladura.  Y es que Cuquito tiene una sabiduría muy especial, que logró llegar a esa parte de mi corazón que ya consideraba invulnerable: la que se engancha, que se apega, que ama.
Compré a Cuquito sin siquiera saber qué edad tenía, en el solar lateral a Plaza las Américas donde vendían aves exóticas.  Venía de visitar a mi mamá, para ese entonces ya encamada, y decidí entrar a ver las aves, igual que habría podido decidir entrar a las tiendas.  Era domingo soleado y las aves más pequeñas caminaban un círculo ya trazado en el suelo, en grupo: pequeños finches, cotorritas, love birds y cockatiels.  Se adelantaban unas a otras mientras en sus lenguajes parecían conversar. Como si fuera de otro planeta, un cockatiel se empeñaba en caminar por la parte exterior del círculo, solo, apresurado, batiendo las alas, típico de alguien ansioso.
Di un paso al frente para verlo mejor, y él se detuvo a mirarme, como si reconociera que había encontrado a alguien que podía entender su ansiedad.  Me incliné a decirle: ¿qué te pasó?, cuando pude verle el cuello sin plumas. El pajarito levantó la cabeza como si fuera a responderme y el joven que atendía el negoció se acercó a mí. Cómprelo, me dijo con la certeza de que yo estaba en un momento vulnerable. El anterior dueño lo devolvió porque se arranca las plumas, me explicó, pero no tema, le volverán a crecer… ¿Usted tiene hijos? ¿No?  Mejor, así podrá darle más atención.  Es lo que necesita para salir de la depresión y dejar de lastimarse.
Balbuceé que no tenía experiencia con aves deprimidas (no podía contar la mía con las depresiones), y menos con un pajarito que saliera de la jaula (lo deja en ella me dijo el chico, pero le compra juguetes y rápidamente incluyó algunos al paquete que me preparaba).  Lo último que hizo fue echar al pajarito en reversa en una pequeña caja de cartón.  Se llama Cuquito y sabe decir su nombre, añadió a modo de despedida. Aturdida, aún indecisa, habiendo pagado, me fui.
El lunes estuve todo el día tratando de decidir si lo devolvía.  Nervioso, asustado quizás, no cantaba. A la hora de acostarlo, al pasar junto al refrigerador pensé que no había escuchado  hielo caer en todo el día.  Cubrí la jaula con una sábana para que Cuquito durmiera, el congelador se activó y al sonido, rompió a cantar como un loco. Hace diez años de esa tarde. Cuquito efectivamente sabía su nombre, pero jamás le crecieron las plumas del cuello. Alguna que otra que se aventuraba, era siempre  arrancada con un grito.  Al poco tiempo, llegando a Utuado de paseo, me preguntó ¿Qué passshó?  Debe haber tenido esa frase rondando su cerebro, esperando el momento adecuado para devolvérmela, desde la tarde que me escogió.