domingo, julio 12, 2009

Atrapada

─Me gusta tu perfume ─me dice. Algo dentro de mí, visceral, responde y me quedo enganchada en su voz y la ternura cálida que hay en ella.

“Me hace demasiada falta sentir que alguien me quiere”, me digo, tratando de poner en perspectiva el comentario, pero lo miro a los ojos, y en ellos veo mezclado el amor y el deseo. Quizás, al fin, de forma fortuita, casi milagrosa, he encontrado el amor que buscaba. Aquél que siempre pensé que se encontraba al doblar la esquina porque solo creo en el amor a primera vista. El amor que nace de una amistad es un amor fraternal que no viene acompañado del deseo y la pasión.

─¿Qué voy a hacer contigo? ─me pregunta, como si le preocupara lo que está sintiendo.

Yo sonrío y me limito a decirle que me invite a un café esperando que sepa leer la promesa en mis palabras. Acepta y fijamos el sábado y me dice que lo llame ese día para acordar la hora, porque ella depende de cuán ocupado esté.

A las diez comienzo a llamar a su móvil y al trabajo. Cuando al fin me contestan es uno de los empleados quien me dice que él ha salido con el hijo más pequeño y no le esperan de regreso. Siento la amargura del rechazo y sé que una vez más quedé atrapada entre mi fantasía y la ternura cálida de una voz ensayada.

viernes, julio 10, 2009

Más'alante vive gente

Se arregla de prisa porque se le está haciendo tarde. Nunca le ha gustado guiar de noche y menos estando sola. Teme que algo le suceda al auto o a ella y no sepa qué hacer. Le dio trabajo decir que iría. Tantas veces les ha dicho que no, que no puede ir, pero esta vez el cansancio la venció y acabo por comprometerse a ir.

También la venció el que nunca va a ningún sitio y las horas siguen pasando y la noche le sigue al día, y así corren los siete días de la semana, y los meses y lleva años varada en el mismo sitio. Se prometió que lo intentaría… que pondría todo su esfuerzo en recobrar la vida que perdió hace años y esta es la primera prueba.

Se mira al espejo. No usa demasiados afeites; con un poco de maquillaje y recogido el pelo en una cola se ve bien. No está segura de quienes irán. Imagina que muchos se asombrarán de verla, es posible que algunos piensen que había muerto o quizás mudado a otro país. Hace tantos años… Se prohíbe sacar la cuenta.

Si tan solo la noche no se hubiera caído tan rápida. Le debía dar igual pero en las noches prefiere la tranquilidad y el silencio de su apartamento. Se había prometido salir temprano para encontrar el lugar y un estacionamiento con calma. Podría llamar un taxi, claro, pero no tiene idea de la hora a que termina la actividad y no quiere dar la nota discordante saliendo apenas llega porque se va a su casa en taxi.

Quizás alguno estaría dispuesto a traerla a casa. No puede ir contando con eso, porque desconoce si alguno vive cerca y estaría dispuesto a desviarse para traerla a casa y tampoco quiere que piensen que con los años se ha vuelto pusilánime. No que no lo fuera antes, pero del brazo de un hombre es diferente, y ahora no tiene quien la escolte. Tampoco quiere, está clara. No quiere que nadie invada su espacio cambiando cosas de lugar, tirándolas en cualquier lado, alterando las vibraciones en su espacio. Eso bueno tiene la soledad, uno acaba por acostumbrarse a ella.

Afuera ya es noche cerrada y ni siquiera sabe qué va a ponerse. No tiene idea de lo que se está usando ahora para ese tipo de actividad. Debió preguntar, pero no quiso hacer el ridículo. Dos armarios de ropa y no encuentra nada que ponerse. Unos jeans y un suéter, eso le parece bien. Pero ella no es de mahones. Un vestido de esos largos de moda. Tiene varios. ¿Por qué siempre le ha sido tan difícil tomar decisiones? Igual, al final a nadie le importa lo que se ponga. Claro, que mañana se llamaran entre ellas para comentar lo ridícula que se veía, la pobre. No soporta la conmiseración y no quiere ser objeto de burla.

Toma el teléfono. Nadie dirá que ha perdido el sentido de responsabilidad y la cortesía. Su hermana ha tenido un percance le dice a la amiga a la cual le prometió que esta vez, sin falta, asistiría. Será la próxima, le promete. Claro, le dice la voz al otro lado, no te preocupes. Sabe que no volverá a invitarla. Lo mismo da, como dice el refrán más’ alante vive gente.

martes, julio 07, 2009

Un ángel

Necesito un ángel. No es que no lo necesitara la semana anterior, o el mes pasado, es que por primera vez lo he verbalizado. Es tanto el dolor a mi alrededor, tanto el sufrimiento, que necesito un ángel porque no sé las palabras de consuelo adecuadas que ayuden a mitigar un poco los golpes de la vida.

Me siento afortunada y lamento las veces que me quejo, a pesar de que sé que seguiré haciéndolo tantas y cuantas veces olvide que la suma de mis penas no alcanza donde comienza el dolor del amigo a quien le han diagnosticado una condición progresiva e incapacitante que resulta mortal. Y menos alcanza el de aquellos que tienen hijos mirando a la muerte tan de cerca que asusta, porque están contando los días y quién sabe si las horas que restan. O el del joven adulto que, teniendo hijos pequeños, batalla día a día contra una condición que podría ser mortal y me dice que aún cree en los milagros.

Necesito un ángel que los acompañe, un ángel que les diga al oído palabras de fe y consuelo, esas que no sé decirles porque se me estancan en la garganta y cuando salen lo hacen magulladas e imperfectas.

Necesito un ángel.

martes, junio 30, 2009

La mirada del llanto

Antes lloraba con frecuencia, ya no llora. Aprendió que no resolvía nada, e igual, hay hombres que se enfurecen cuando ven a una mujer llorando. Le bastó que uno, demasiado borracho para recordarlo al otro día, se lo dijera en mala forma. A los demás, a los que les causa placer hacer llorar a una mujer, decidió no darles gusto. Endureció su corazón porque para no llorar fue necesario. De vez en cuando, ante algo que la enternece o la conmueve, siente una extraña humedad en los ojos, sensación que no acepta ni reconoce, y mientras dura la conmoción, esconde la mirada.

lunes, junio 29, 2009

Elena y los cambios

Elena le teme a los cambios y los riesgos que estos conllevan. Prefiere mantenerse sentada en algún rincón, escondida, para que la vida cuando pasa no la vea. Eso sí, ha tenido que mudarse de sitio: antes tenía trabajo y se sentaba en su casa, más o menos cómoda; ahora lo hace en la acera, en cualquier esquina, por si alguien la ve y le regala alguna moneda.

jueves, junio 25, 2009

Cuco en mi cabeza

Mi hermana tiene la costumbre de dar su segundo nombre cuando en algún lugar, para llamar su turno, le preguntan cómo se llama. Así, María se convierte en Isabel porque, según dice, María es un nombre común. Mi amiga Isabel se cambia el suyo a Luisa en casos similares. Yo, que nunca quise llamarme como me llamo, soy incapaz de decir que me llamo Patricia (como me habría gustado), o Margarita (como me habría conformado), y doy mi verdadero nombre.

El que no me guste mi nombre es lo de menos, porque tampoco me gusta mi cara, ni el que mi cerebro se niega a pensar y mi boca a articular palabra alguna cuando me dirige la palabra alguien. No solo alguien a quien quiera impresionar, o alguien que me imponga con su sola presencia, alguien es cualquiera. Estoy tan acostumbrada a estar sola y en silencio que me turba el tener que sostener una conversación.

Hay una sola cosa mía que amo sin reservas. Hace más de cuatro años, en un momento de debilidad y también de soledad, luego de decir que no me expondría más a perder uno, adquirí otro pajarito. Al principio, con mucho miedo y timidez de parte de ambos, y ahora con la confianza que dan los años convividos, Cuquito escucha mis historias, interviene en mis llamadas telefónicas, se niega a dejarme dormir una siesta durante el día, y me levanta apenas amanece. No acepta la tranquilidad de su jaula si estoy en casa, y para llamar mi atención si se siente ignorado no le arredra picarme los pies. Su lugar favorito para acampar es mi cabeza, especialmente si sospecha que planifico salir. Le encanta jugar al esconder y ha aprendido a silbar de una vecina porque yo, hasta hace muy poco, no podía hacerlo.

Nunca le he preguntado a Cuquito si le gusta su nombre, pero no creo que le importe que es uno muy común, como imagino que tampoco le importa no tener plumas en el cuello. Cuando lo traje a casa la única palabra que sabía decir era Cuquito y no tuve valor para cambiarle el nombre. Le llamo Cuquito, Cuco, Cuquín, o cualquier variante que se me ocurra. Aunque a veces, como el Chavo del ocho, “me desespera”, se me hace muy difícil pensar que él no estuviera.

Te quiero en mi cabeza, Cuco. Besos…

sábado, junio 13, 2009

El espejo y la imagen

No estaba segura de cómo había comenzado a desaparecer su imagen, a pesar de que tenía claro el cuándo. Un día el espejo reflejaba su rostro, un rostro conocido que, al transcurrir de los días, se fue difuminando hasta solo quedar el vaho de quien fue, mancha imposible de remover de la superficie del espejo.

No le habría preocupado no tener imagen solo que la depresión que siempre la acompañaba se había agudizado con la pérdida. “Si tan solo encontrara mi imagen…”, pensaba, convencida de que al recobrarla sería diferente.

Consultó médicos ortodoxos que la miraban como quien mira a alguien que no está en sus cabales y más de uno le sugirió que el problema radicaba en su cerebro. Pero ni siquiera los más versados en el tema de las condiciones y enfermedades mentales podían ayudarla. La solución a su problema no estaba en la medicina tradicional le dijo alguno un poco más arriesgado y, tomando esas palabras cual consejo consultó a un brujo de renombre. Siguió sus instrucciones al pie de la letra sin éxito. Su imagen se negaba a reflejarse en el espejo y el brujo le habló de seres poderosos y de hechizos más fuertes que cualquiera conocido en la tierra.

Entonces escuchó hablar de un médico cristiano que hacía milagros con su ciencia. Y porque la fe está por encima de todo acudió a él y se sometió al dogma de la aguja y las corrientes sin emitir quejido porque los milagros conllevan sacrificios. Para cuando se dio cuenta que el dios de su médico no era el dios de la fe, se llegó a una sacerdotisa que predicaba en el monte, una mujer vieja y arrugada que con voz dulce le habló de la fuerza de la mente y la necesidad de integrarla con el cuerpo. Vivió con ella meses practicando el ayuno, caminando descalza sobre suelo rocoso, compartiendo con gentes como ella, sometiéndose a exorcismos y a imposición de manos sin lograr ver su rostro en el más profundo y claro de los lagos.

Decepcionada regresó a su mundo y encontró un tallador que prometió hacerle un rostro que tuviera imagen. Talló con cincel y martillo el rostro y cuando estuvo satisfecho le entregó un espejo. Por primera vez en muchos años vio el reflejo de una imagen en la superficie. Pasó muchas lunas contemplándola, intentando encontrar la suya y no aquella de la cual el artífice se sentía tan orgulloso, y un día se dio cuenta de que la imagen había comenzado a esfumarse.

jueves, junio 11, 2009

Gracias

Palabras como rosas y Escritos de oro











Gracias Carol (http://carolejosdelmundanalruido.blogspot.com/) por generosamente compartir estos premios.

jueves, junio 04, 2009

Nominación para mejor blog literario: Azules Naranjas


El blog Azules Naranjas ha sido nominado para mejor blog literario en la categoría de literatura. Para votar por él, ingresa a http://www.escobarlarevistapremia.blogspot.com/, o escribe a escobarlarevista@gmail.com.

Agradecemos tu apoyo.

Amándolo

En ocasiones siente sus brazos que protectores le rodean la espalda. Toda ella florece de amor, y un cosquilleo, grata sensación de plenitud, la envuelve. Se regodea en el sentir de sus manos, en el olor que emana de su cuerpo cuando están juntos, mezcla de sudor, de saliva y aceites de eucalipto y almendra. Siente su aliento en el cuello y el roce de sus labios en la piel e involuntariamente su cuerpo se arquea buscándolo. Mantiene sus ojos cerrados para que la luz del sol que irrumpe por la ventana abierta no rompa el hechizo haciendo que el espejismo se esfume.