domingo, noviembre 23, 2014

La gallina albina


Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida

Kahlil Gibran

 
Mi madre había dictado sentencia: era el último día de Albina. La gallina se llamaba así porque Teresita, quien era oficialmente su dueña, le había puesto ese nombre cuando finalmente, alrededor del cuello y las patas, echó unas plumas ralas y blancas.

Albina llegó a casa en forma de un pollito rosado y se lo trajo uno de los hermanos de mami, ya nadie recuerda cuál, porque Teresita quería uno. Claro, que los tíos sabían que para Pascua de Resurrección mamá le había regalado dos, uno azul y otro rosa.  Ambos encontraron la muerte en un accidente fatal.  Teresita los lavó en la pileta y, luego de enjuagarlos bien, los colgó en el tendedero en que mi madre ponía su ropa interior más fina a secar. Mis padres hicieron oídos sordos a su petición de tener otro pollito, a pesar de sus repetidas promesas de que no le haría daño.  Y es que la pobre se aburría en el apartamento, no tenía amiguitas de su edad y no le gustaba jugar con sus muñecas. No había forma de hacerle comprender que ella aún no tenía capacidad para ser madre de pollitos, pero uno de mis tíos, para desespero total de la nuestra, se lo trajo.

──Pensaría que siendo la única mujer, mis hermanos me querrían un poco ──fue lo único que dijo la pobre, antes de encerrarse en un mutismo total.

Al anochecer, llegó mi padre del trabajo. Mamá esperó hasta después de la cena y, mientras yo estudiaba, le habló del recién llegado. Desde mi cuarto podía escucharlos:

──Teresita no sabe de responsabilidades, es demasiado pequeña.  Cuando uno tiene a cargo un animalito, es como tener un hijo. Criarlo, cuidarlo, enseñarle… son tantas las cosas…

Papá trataba en vano de tranquilizarla.

──Cuando nació Laurita el miedo de la responsabilidad que nos habíamos echado encima casi nos paralizaba.  El tener que cuidar aquella bebé tan pequeñita... No queríamos dejarla sola, era un ancla a nuestro cuello. Pero aprendimos y cuando llegó Teresita nos fue mucho más fácil y pudimos disfrutarla más.  Es bueno, y hasta necesario, que la nena aprenda a ser responsable.  Yo estoy seguro que esta vez no va  a hacer nada que ponga la vida de ese pollito en peligro.

Mi madre le respondía que eso era una filosofía barata. Teresita no había adquirido mucha más madurez, lo que ofrecía muy pocas garantías…  Como no pudo hacer que mi padre entrara en razón, le dijo que ella se lavaba las manos como Pilatos.

Papi convenció a Teresita que dejara dormir al pollito en la canasta que le ayudó a preparar  porque, según le dijo, los bebés deben dormir tranquilos en sus cunas para poder crecer saludable. Yo les ayudé a prepararla.  En una canasta con agarradera echamos papel de periódico cortado en ribetes estrechos, y en pequeños frascos le pusimos agua y comida  Al otro día, Teresita se pavoneaba llevando al pollito en la canasta arropado con una frisa de cuando ella era bebé.

Lo de la canasta parecía haber resuelto el problema y, excepto que Teresita insistía llevarlo a todos lados, los ánimos se calmaron en la casa.  Hasta mami cooperó recortando periódicos y enseñando a Teresita a cambiarlos.

Aquel verano se anunciaba infame. El calor, aún en el apartamento era estridente y nos ponía de mal humor. Para colmo, Pollito (así se llamaba entonces) aprendió a escapar de la canasta. Cada vez que lo hacía, Teresita se desesperaba, y mamá y yo teníamos que ayudarla a buscarlo por todo el apartamento hasta descubrir su escondite. Papá sugirió llevarlo al campo para que se criara con amiguitos como él, pero Teresita rehusó deshacerse del animal. Ella se ocuparía de que no se escapara, nos dijo solemne.

Para evitarlo, decidió  llevarlo debajo del brazo continuamente, soltándolo solo para irse a bañar. En pocos meses, el pollo había crecido lo que iba a crecer. Lo recuerdo bien porque era la gallina más fea que he visto.  Debajo del brazo de mi hermana, aprisionada, no pudo desarrollarse como es debido. La patas, el cuello y la cabeza eran de una gallina adulta, el cuerpo adolescente, sin apenas plumas y alas pequeñitas. Mami le tenía asco al animalejo y no la miraba. Según papá, que era muy guasón, parecía una mutación de una gallina de palo, o un ser extraterrestre. Ya para entonces mi hermana la había bautizado, y se llamaba Albina.

──Porque todas su plumas son blancas ──me dijo. 

Por lástima no le señalé que la gallina apenas si tenía plumas., y para colmo era contrahecha 

Albina se escapaba de Teresita a la menor oportunidad buscando la libertad. A cada rato la veíamos corriendo con Teresita detrás. En cuanto la atrapaba la regañaba fuertemente. Durante el proceso de captura, mi hermana tropezaba con muebles y personas. Usualmente el animal intentaba salir al balcón.  Lo tomé como señal de que no apreciaba su vida: vivíamos en el piso quince y estaba segura que la gallina no sobreviviría el salto mortal.  

Colmó la copa de mi madre el día que tropezó con la gallina que huía de Teresita.  Apenas lograba recuperar el balance cuando escuchó a Teresita que venía  gritando tras ella: 

──Te voy a coger y de castigo te voy a arrancar unas cuantas plumas ──le gritaba.  Era como si la gallina pudiera entender lo que mi hermana vociferaba. Fue así que nos enteramos de una de las razones por la cual Albina apenas tenía plumas. 

──Eres muy desobediente ──le dijo cuando logró capturarla.

Yo me refugié en mi cuarto, no quería ver el desplumaje. Pero la verdad era que ya no importaba.  Mi madre había aguantado lo suficiente y aún más.  La sentencia era inapelable.

Teresita intentó esconderla, suplicó por ella, le podían quitar todos los juguetes ofreció, pero a Albina, no, por favor, repetía, la gallina la necesitaba. Mientras más lo decía más se empeñaba mi madre en quitársela. Debajo del brazo de mi hermana, que la apretaba fuertemente, la gallina gritaba como si le fuera la vida en ello. Llorando como enloquecida Teresita corrió al balcón y sujetándola con las manos extendió sus bracitos hacia afuera.

──Huye, vete ──instruyó a Albina mientras la soltaba al vacío.  Escuché los chillidos del animal, y luego el rapapolvos que le dio mami a Teresa acompañado de dos nalgadas que debieron dolerle en el alma porque ella nunca nos pegaba.

De mala gana, porque me daba mucha vergüenza, acompañé a mamá a recoger el cadáver. Lo buscamos desesperadamente, mientras mi madre repetía que ella siempre había sabido  que al final, de tanto quererla, Teresa mataría a la maldita gallina.  Pero esta no apareció ni viva ni muerta. Cuando subimos, Teresita aún hipaba, pero se tranquilizó apenas nos vio con las manos vacías. Estaba segura que Albina había sobrevivido la caída y haría una vida lejos de nosotros.

Yo medité mucho en los próximos días lo que había oído decir: los hijos son de la vida. Si Albina subsistió la caída, me pregunto si tendrá las mañas suficientes, considerando su infame fealdad, para resistir la intemperie luego de una vida en exceso protegida. Si es así, le deseo que haya encontrado un lugar donde, por fin, estar libre y ser feliz.

 

viernes, noviembre 14, 2014

A nadie le amarga un dulce


Después de una pela especialmente fuerte y totalmente inmerecida, mi padre, arrepentido, me ofreció un dulce. A los seis años ya tenía yo capacidad suficiente para saber que el dulce no me iba a quitar el escozor que la rama de guayabo me había dejado en las piernas. Era un dulce amelcochao de los que casi nunca me dejaban comer porque me dañaba los dientes. Si esta vez mi padre se iba a hacer el ciego sobre el peligro a mi dentadura, me sentiría mejor si me comía el dulce que si lo rechazaba.  No está en la naturaleza de un niño rechazar un dulce, así que con todo e hipidos, acepté el que mi padre me daba. Me pedía perdón sin decirlo y rara veces a los seis años se guarda rencor por una pela inmerecida, y menos con un dulce amelcochao en la boca.

 Lo lamentable es que aprendí, de forma inconsciente, que todo se puede arreglar con un dulce. No un dulce literalmente, pero algo que compense por la ofensa y minimice el dolor. Que el dicho ¿a quién le amarga un dulce?, es cierto.

 Cuando mi madre y yo nos quedamos solos, huérfanos de mi padre, pasé por una época belicosa. Era mi manera de vengarme de todos por la ira que me causaba el que mi padre me hubiera echado a un lado porque tenía otra mujer y otros hijos. El perdón de mi madre por mis arranques de ira era económico: un abrazo y no lo vuelvo a hacer, eran suficientes. A mi padre en cambio, lo castigaba porque en su vergüenza por habernos abandonado, me traía un dulce. No un dulce amelcochao, no señor, que ya no tenía seis años, pero así conseguí mi primer equipo de música, un celular, un auto nuevo…  El pobre estuvo pagando por el abandono del que me había hecho objeto hasta que me casé.

La boda con Gema fue alcanzar todo lo que siempre quise. Una muchacha con la piel blanca como la nata y rubia de nacimiento. En la cama, un tsunami de cuerpo escultural: la cintura pequeña, las hermosos senos grandes (hechos, claro está), las larguísimas piernas. ¿Qué más podía pedir? Debí haberlo pensado mejor, haberla tratado más, porque casados, no tardé en enterarme que, además de no querer hijos porque se le dañaba la figura, quería un matrimonio “abierto”. Uno en el que liberalmente añadiéramos un tercero (e incluso un cuarto) en la cama, cambiáramos de pareja entre amigos, y pudiéramos tener sexo con quien se nos antojara (hombre o mujer).  Se había casado para poder alimentar su sexualidad, yo era el frente, pieza necesaria en aquél juego tan divertido para ella.

Le di un no definitivo, pero ella no cejó en su empeño y fue escalando la guerra, hasta hacerla insultante. Decía que el problema era que yo no tenía los huevos ni la potencia que se necesitaba para el juego que me ofrecía.  Insistía que lo natural era que sintiera curiosidad, y al menos una vez estuviera dispuesto a hacer la prueba. Mientras, insistía en unas prácticas sadomasoquistas que incluían extraños objetos que dejaban de ser eróticos en cuanto me sentía humillado o adolorido.  Que mi inocente Gema, con la piel blanca de nata y su boquita de labios protuberantes hechos para besar y morder, disfrutara del dolor que me infligía en la cama me daba, lo confieso, un poco de vergüenza.

Fui a visitar a mi padre (se había divorciado nuevamente y sus otros hijos estaban estudiando en la universidad) para desahogarme y conseguir un consejo que me diera luz en aquella bochornosa situación en que me encontraba.  Mi padre no había sido un santo ni casado con mami, ni con su segunda mujer y tenía más experiencia que yo. Luego de titubear y tartamudear, conseguí que me entendiera. Tuve que rogarle que no se riera de mis circunstancias, las que le parecieron divertidísimas.  Nunca, me aclaró, se había encontrado en esa condiciones y me confesó que, de solo pensarlo, sentía un hondo placer.  Cuando por fin pudo hablar me sugirió conseguir una ramita de guayabo:

 ─Se la empleas bien empleada, que le duela de verdad, y verás que en su dolor, encuentras cierto placer.

 La solución, me dijo, era usar armas que yo conocía y comenzar el ataque primero. Aquellos artículos mecánicos que Gema obtenía a través de catálogos y en tiendas especializadas lo que hacían era intimidarme. Apenas le enseñé a Gema la barita de guayabo, procedió a quitármela  entusiasmada.

 ─Es el gesto ─me dijo─, el saber que por fin me entiendes y has buscado un artículo para demostrarlo aunque no sea el más apropiado. Este es el primer paso en nuestro progreso al nirvana. Echó la barita a un lado y procedió a buscar su látigo con plomo en las puntas.

 Lo único que pensé, mientras Gema me golpeaba, fue en si mi padre sentía algún placer cuando me castigaba con la varita de guayabo. Decidí no ir a preguntarle. No quería oír su respuesta.

 Al otro día le pedí el divorcio. Nunca imaginé su gran sorpresa. No entendía por qué ahora que yo había visto la luz, quería separarme. Sus ojos eran pozos profundos por desbordarse.  Me quería, estaba dispuesta a llegar a un punto medio conmigo.  Se me echó en los brazos e hicimos el amor como yo siempre había deseado: apasionado, tierno, amoroso.

 Prepararemos una habitación en la casa para poner toda la parafernalia sadomasoquista de Gema, y establecimos un contrato para cuándo usarla. Nuestra habitación quedará libre para hacer el amor a mi estilo. Lo de incluir a terceros está a mi discreción, cuando me sienta preparado. Observo a mi mujer mientras entusiasmada hace un diseño de la nueva estancia, y pienso que quizás he cedido demasiado. Pero entonces la miro: sus hermosas y rígidas tetas, su piel de nata, sus labios protuberantes, sus largas piernas, y me viene a los labios el sabor de un dulce amelcochao de los que me compraba mi padre cuando se excedía en el castigo con la varita. Saboreo este, y pienso en los próximos…

Definitivamente, válidas las circunstancias, a nadie le amarga un dulce.

lunes, noviembre 03, 2014

Eloísa

Eloísa está de buen humor, tanto, que se ríe sola, jachas al aire. A petición de ella, mamá la sentó frente al árbol de navidad desde la mañana, y le puso un CD de villancicos de Navidad.  Las notas musicales entran y salen con la brisa por la ventana abierta, y el árbol lo decoraremos esta noche. Eloísa está fascinada con el olor del árbol. Olor a pino, le explicó mamá, y Eloísa dijo olor a Navidad. Todos nos reímos tanto con su ocurrencia, que de ahora en adelante me imagino que se seguirá llamando al árbol, Navidad. Lo decoraremos esta noche entre todos y aunque Eloísa no podrá participar más allá de darnos algunos de los muñecos (aquellos que no se rompen si se caen), esta es la primera vez que entiende que Santa Claus y los Reyes le van a traer regalos. Mi hermano y yo tampoco podremos ayudar mucho porque el  año pasado rompimos varios de los globos de colores, de los más brillantes. Pero sí nos dejarán poner algunos lazos y los muñecos de jengibre (parece que son galletas, pero no, a lo que saben es a papel), pero no se rompen si se nos caen.

Tomaremos del ponche de Nana. Trajo varias botellas: estas con ron, estas no, le explicó a mami. Abuela vende botellas de su famoso ponche en navidades y es parte del regalo que les trae a papá y mamá. Yo sé lo que Santa Claus nos traerá porque acompañé a mami a las tiendas para ayudarle porque no encontró quién cuidara de Eloísa. Es que no es fácil cuidar de ella… y yo sé desde el año pasado quiénes son los Reyes y Santa Claus, porque me lo dijeron en la escuela. Eloísa se durmió así que no sabe que mami le compró la muñeca que vio en la televisión y con la que llora cada vez que el bebé llora, que llora porque le quitan el bibí, y lo que pasa es que Eloísa es una llorona.

Mi hermana se separa del árbol y me pide que la lleve a la cocina, donde mami está haciendo arroz con gandules y pernil, la cena de esta noche, porque viene Santa Claus.  El olor a pernil es el que llama la atención de Eloísa que se asoma al cristal del horno a mirar, pero se quema y se echa a llorar, la mano roja como una guayaba por dentro, y quema, quema, llora Eloísa, mientras se la enseña a mami, inconsolable. Mami le pasa un hielo por la manita y eso la distrae y pide que le den a probar del pernil.  Ahorita no, no está listo, le dice mami y le da su bibí. La nena puede coger un vaso, pero es más rápido si bebe la leche de la botella.  Empina la cabeza hacia atrás, y de vez en cuando se saca la botella y ríe, enseñando las jachas requete grandes que tiene al frente. Es lo único feo que tiene en la cara porque Eloísa es bien bonita.

La noche de Santa Claus no salimos, la disfrutamos en casa y después de la cena decoramos el árbol y Eloísa no dio problemas porque comió tanto que le dio sueño.  Mami estuvo un rato largo con ella, preparándola para dormir, y luego regresó a ayudarnos.  Debe haberse quedado levantada toda la noche porque el árbol está prendido, precioso, y Eloísa ya está abriendo su paquete, desgarrando el papel y mami y papi embobados mirándola a ver qué pasa cuando vea al bebé. 

Eloísa tiene al bebé en los brazos y está contenta y ya nosotros estamos abriendo nuestros paquetes, cuando mi hermana se echa a llorar desesperadamente.  Y papi que me está ayudando a sacar las piezas del tren eléctrico, las suelta y qué le pasa a la nena le pregunta a mami.  Es que el muñeco está llorando porque Eloísa le quitó el bibí, dice mami desesperada.  Eloísa le pone el bibí en la boca y se le abren los ojos bien grandes cuando el muñeco deja de llorar, y le quita el bibí al muñeco de nuevo y lloran los dos, ella y el muñeco.

Para cuando papi está montando la silla de Eloísa en el baúl, la super sport silla roja que le dieron en el Chicago Children’s Hospital a través del programa de los Shriner’s, Eloísa ha aprendido que el bebé llora al quitarle la botella y se lo hace una y otra vez, mientras echa la cabeza atrás, riendo, con las jachas al aire.

Es Navidad…

En la noche


Como todas las noches, la luz del farol dobló la esquina sobre el muro, sigilosa.  Como si fuera una señal, siluetas oscuras se deslizaron cerca.  La luz cruzó la calle con pasos rápidos.  Luego se detuvo en un zaguán.  Quieta.  Las siluetas volvieron a esconderse perdiéndose en la cerrada oscuridad de la noche nublada y sin luna. Unos pasos apresurados de alguien que corre irrumpió el silencio de la noche, que quedó quebrado al sonido de un disparo. Las últimas luces en las casas a lo largo de las franjas paralelas de la calle se apagaron. Nadie quiere ser testigo y no puede culpárseles.  Es un sistema cruel en el que sobrevive el más fuerte.  Una anarquía total en que no se respeta la vida humana: el dinero dicta las pautas.  Arriba, temblando, escondidas, las gentes de la calle, sin vocalizarlo, han hecho un pacto de silencio. Disparos sucedáneos resquebrajan nuevamente el silencio.  No se oyen lamentos ni gritos, pero sí pisadas que corren.  Si alguien se asomara a la ventana vería siluetas oscuras que caen o huyen.  El silencio de nuevo arropa la calle.  La luz del farol se aleja, hasta desaparecer.  Atrás queda en pie uno solo que jura vengarse. 

En la mañana no habrá ni un cadáver en la calle, ni muestra alguna de la violencia, será un día soleado. Un día normal, común y corriente, porque la maldad prefiere la noche.

domingo, octubre 26, 2014

Semilla


Me ha quedado vacía la mano extendida. Me cegó
la visión de ese dios soberbio
que cruzó en un carruaje esplendente y pesado
sembrando de ortigas y piedras mi camino.

 ¡No pretendas que crea que me quieres!
¡Tú no conoces la lucha en que vivo, ni en qué hondos
Recuerdos de frustraciones me he hundido!

Desde el fondo del vientre me sube
Un sabor amargo y ferroso, la ira me escuece.
Tiene aun mi garganta un sinfín de preguntas ahogadas.
No sé qué respuesta darías, a mí que soy solo mies emparvada.

¡Ay quisiera que te enfrentaras conmigo
a explicarme el porqué de tus maquinaciones! ¡Una noche en el campo
y en tus brazos, no bastarán  para convencerme que importo
bajo el conmovedor enigma de la copa florida de un árbol!

Soy la semilla que nunca dio fruto
Que hace tiempo maldice la vida.

martes, octubre 14, 2014

Sonata para dos



Los gritos y las risas de los niños que juegan en la calle la distraen de su intento por recordar las notas musicales de la pieza que toca al piano. Herodes duerme imperturbable sobre la tapa superior. Con los años, su frondoso y brillante pelaje gris se ha hecho escaso y opaco.  Parcialmente ciego, dormita por horas cerca de su ama.

La melodía con que aporrea el piano es la única que aprendió de memoria en las lecciones que tomó de joven.  De niña, escuchaba a su padre interpretarla y tiene varias cajas de música que al abrirlas hacen volar las notas de la conocida sonata.  Es una colección pequeña que comenzó con el regalo de un admirador que conocía de su gusto. Cuando desempolva, les da cuerda para deleitarse con su música y saborear los recuerdos de su infancia y del compañero de vida que murió hace años. Recuerdos con sabor a mango y a fresas.

Se levanta de la banquilla, se asoma a la ventana y los niños por un momento guardan silencio.  Le temen.  “La vieja loca”, la llaman entre ellos y alguno, más valiente, lo grita en la noche frente a su casa. Se hace la desentendida. Vive sola, con un gato por única compañía, y son muchos los años que tiene, así que efectivamente es vieja.  Tiene mucho de excéntrica, se podría decir que es loca: habla sola, le habla a sus plantas, a Herodes que le contesta en maullidos que ella entiende, y se pasa horas en el sillón con el gato en los brazos.

El felino se le enreda en las piernas ronroneando muy bajito y sonríe al recordar que le escogió el nombre con el propósito de amedrentar a los niños. La sonrisa es una de complicidad con el universo, y le suaviza el rostro, dando señales de que, de joven, pudo haber sido hermosa.

Recoge al gato en sus brazos; a su fiel compañero de los últimos años le queda poco tiempo.  Muere víctima del inexorable paso del tiempo, como morimos todos, piensa. Lo estrecha contra el pecho, no se siente preparada para dejarlo ir pero tampoco quiere que el animal sufra.  Es inminente la decisión y no puede evitar las lágrimas que se asoman a sus ojos diminutos, de un verde desteñido.  

Mece al gato como a un recién nacido.  Es un hijo, que, como ella, está consumiendo los últimos días que le quedan de vida. Lo abraza mientras entona la melodía que practicaba y es inesperado el torrente de lágrimas que la apabulla. Su cuerpo se dobla empequeñeciéndose aún más, mientras escapan de lo más profundo de su pecho unos sollozos roncos que le laceran las entrañas.

Se sienta con dificultad en el sillón y mientras acaricia a su niño bonito, tararea, apenas audible, una canción de cuna.

martes, septiembre 23, 2014

Procesos

Por decisión, hace tiempo no escribo.  No estoy segura de que mis razones sean válidas, o si responden a mi ego, que anda herido.  Necesito aclarar mis pensamientos, bajar el nivel de ira, e intentar comprender el rol de algunas personas en mi proceso.  Determinar si ha llegado el tiempo de alejarme de aquél que me hiere, o si debo hacerle frente a la situación sin herir porque no soy yo sola la que intenta llevar su proceso en paz.  Hay algo que no he aprendido, una asignación no completada porque la lección se repite hasta la saciedad.  Pero esta vez me he prometido no actuar a la ligera, pensar bien lo que debo hacer.  Quizás de esa forma pueda pasar el grado.

domingo, septiembre 07, 2014

Sin pena

 
       Hace varios años que con algo de pena guardé en la tablilla más alta de un armario las muñecas de porcelana que tenía en mi habitación.  Desde allí en ocasiones me miran con ojos llenos de reproche, como me imagino que me mirará la hija que no tuve y ahora también me mira aquella que ni siquiera pude parir en el papel.

Intenté convencerla que naciera. Comencé por explicarle porqué no tendría padre.  También le expliqué porqué no le daría un nombre propio. Ahí el texto y yo comenzamos un descenso lento por una inmensa chorrera demasiado almibarada para mi gusto. Inesperadamente, me atasqué. Intenté despegarme para reanudar el escrito, pero no  encontré manera. Rumbo a casa el jueves pasado en la noche me di cuenta de dónde reside el problema: soy incapaz de parir, y mucho menos a mí misma. 

Mi madre me contaba que estuvo con dolores de parto casi dieciocho horas, luego de las cuales, pasmados los dolores y el parto, tuvieron que someterla a una cesárea para que yo naciera.  Siempre he pensado que en algún momento, por pura cobardía, por intuición, o ambas, me aferré a sus entrañas para quedarme en aquél lugar calientito y seguro donde el batir del agua tibia me acunaba y amortiguaba los sonidos que me herían.

Destinada a nacer no podían permitirme estar tranquila, así que vine al mundo en contra de mi mejor criterio.  Decía mi madre que de cualquier cosa me asustaba y recurría al llanto, preludio y práctica para la vida que me estaba esperando.

Si alguna vez pensé, soñé, anhelé, tener un hijo o una hija, muy pronto comprendí que no sometería a una criatura a las experiencias de la vida. Puedo vivir con las miradas de reproche de muñecas calladas y de hijas no nacidas, pero no podría dormir tranquila sabiendo que serví de instrumento para arrancar de su lugar seguro a un alma.

  Definitivamente, sin pena ni arrepentimientos, ni siquiera en el papel quiero parir una hija y menos aún si ella es mi reflejo. 

viernes, agosto 01, 2014

En el aquí y ahora


Estábamos en mitad de la calle, discutiendo. Yo gritaba. Lucía trataba de explicarme los conceptos de karma y nirvana. Me decía que éramos producto de muchas existencias y que luego de cumplir nuestro karma, a través de vidas en que adelantábamos y retrocedíamos en nuestro desarrollo espiritual, alcanzábamos el nirvana. Satisfecho nuestro karma, al morir hay gran nirvana, y entonces, la extinción, que no es otra cosa sino transformarnos en parte del universo. Me explicó también que en otras vidas habíamos podido ser hombres o mujeres, animales o insectos, y que solo las rocas y las plantas no tienen espíritu.

Yo no la entendía porque la dichosa explicación en aquel momento no tenía sentido para mí y porque ¿cómo es eso de que Dios nos creó con karma? ¿Nos sacó de un cementerio chatarra de almas viejas?

 Lucía era muy inteligente pero tenía la habilidad de sacarme de quicio, de hacerme sentir bruto, inseguro, inmaduro, pero más que nada violento. Ella lo sabía y muchas veces se aprovechaba de mi temperamento volátil para hacer lo que se le daba la gana.  Había cometido el error de decirle que mi pareja anterior me había puesto una Ley 84 luego de una paliza que le di y sabía que vivía con el terror de volver a la cárcel. Mi reacción cuando recibí el documento fue ir a darle otra paliza y fui a parar a prisión. 

Muchas veces instigaba, con su peleíta monga, una fuerte discusión en que yo perdía la cabeza, y antes de llegar al extremo de pegarle me iba, tirando la puerta. Tardaba horas y hasta días en volver.  En una de esas ausencias comenzó a tomar lecciones de yoga, para “liberarme del estrés”, me dijo.  Según ella, eso la ayudaría a bregar mejor conmigo. Varias veces pensé irme sin vuelta, pero ella me gustaba mucho como mujer y era muy apasionada, la mejor amante que había tenido

Esta vez no iba a enredarme con su palabrería: sabía muy bien lo que había visto. Ella, despidiéndose con un beso de su instructor de yoga. Yo había ido, sin avisarle, a buscarla para llevarla a cenar.  Después de que él se fue, nos quedamos en medio de la calle, discutiendo. Le grité que si me ponía los cuernos la mataba. Ella comenzó a hablar del karma y el nirvana. Después de cuestionar el sin sentido de su explicación le dije que no me faltara el respeto ni intentara confundirme como hacía en otras ocasiones porque esta vez no iba a salirse con la suya.  Me le acerqué amenazante y ella, asustada, se fue corriendo.

Volví a la casa a esperarla para pedirle perdón, pero esa noche fue ella la que no llegó.  Vino en la mañana a bañarse y cambiarse de ropa, y me dijo que había pasado la noche en casa de Dagmar, su mejor amiga.  Sabía que yo detestaba a la susodicha. Desde que me conoció, Dagmar la cogió conmigo y delante de mí se atrevió decirle que yo era basura, que no servía, que con el genio que tenía era capaz de matarla. 

Estaba seguro de que Dagmar la había envenenado en contra mía.  Empezaron a salir juntas nuevamente como cuando antes de conocernos y llegaba tarde, sin explicaciones. 

─Tú me la estás pegando ─le dije esa noche cuando llegó.

Ella no lo negó, pero sí me dijo que estaba harta de mis celos, que era mejor que lo dejáramos, que a estas alturas en nuestra relación no tenía caso el que siguiéramos peleando contra nuestro karma.  Insistió en que me fuera, y confieso que lo vi todo negro.  A mí, ella no me pegaba impunemente los cuernos.  Gritó al primer golpe y siguió gritando incluso cuando intentó hacerme frente. La empujé al suelo y escuché el sonido al pegar su cabeza contra la mesa de centro, esa, la que siempre le dije que estorbaba.  Hizo un ruido como cuando un coco seco se estrella en la carretera.  Ella se quedó muy quieta y no me quedé a ver si estaba muerta o solo inconsciente.

Me monté en mi auto e iba a no sé cuántas millas por hora, cuando una goma estalló al chocar con la curva y perdí el control del auto. Los paramédicos dijeron que mi muerte fue instantánea. Luego sentí el tirón y me vi correr por un laberinto oscuro lleno de seres extraños con caras distorsionadas. Entidades que emitían alaridos espantosos mientras intentaban agarrarme. Corrí hasta ver la luz, y por primera vez entendí lo que Lucía había intentado decirme del karma. Para mí no habría nirvana. Mi espíritu acababa de retroceder cien años luz en su paso por el mundo.

Prefiero pensar que nunca recordaré esta reencarnación. Contrario a lo que pensaba Lucía, las piedras sí tienen espíritu, hay alma dentro de ellas. Somos el escalafón más bajo, el más miserable en el desarrollo espiritual de los seres humanos. Soy una piedra en el camino, en un parque precioso, lleno de plantas florales hermosas y fastuosos árboles. Una roca lo suficientemente grande como para no pasar desapercibida por los perros que traen a mear y cagar aquí.  Cada vez que alguno levanta la pata frente a mí, escucho que del rosal más cercano sale una risa.  No sé si es que tan cerca del suelo, el viento y las hojas me juegan una travesura  o si Lucia se divierte, aunque esté purgando su engaño…

jueves, julio 24, 2014

El amor en la tercera edad


          Pensativa, se frota la crema en el rostro con las yemas de los dedos, y la remueve con kleenex. Se pone los espejuelos de leer y se examina cuidadosamente en el espejo.  Este le devuelve una cara simple (nunca fue una belleza) con la piel flácida y arrugas superpuestas sobre las líneas de expresión. Se quita los espejuelos y trata de recordar su rostro joven: estaba tan absorta en su vida, que solo al reciente retiro de Modesto tomó conciencia de que han entrado en lo que llaman la tercera edad. ¿Qué es la tercera edad? ¿No tener un trabajo remunerado? ¿Tener hijos con canas? ¿Nietos en la universidad? ¿O es la conciencia de que muchas cosas que hacías antes con facilidad, ya te es difícil hacerlas?

Suspira profundo porque sabe que hoy, específicamente hoy, cuando cumplen cincuenta años de casados y le dijo a Modesto de ir al cine, cometió una gigantesca equivocación. La celebración del aniversario la harían oficialmente con una fiesta para familiares y amigos en el fin de semana, por lo que le sugirió a Modesto que fueran a ver alguna película. A cenar primero y al cine, dijo él, siempre listo para una salida.  Se aburre en la casa. Recién retirado se encuentra inquieto, siente que molesta, que invade el espacio de ella y lo desordena.  Han peleado más en el último mes que en todos los años de casados.   

Un baño y a la cama, se dice, y se levanta con alguna dificultad. Los años no perdonan, piensa, la molestia constante en la espalda, en las rodillas, es síntoma de los años. Nunca se había sentido tan vieja ni tan frustrada, y culpa la película que vieron. 

Cincuenta años con el mismo hombre.  Si alguna vez sintió la tentación de una aventura, la echó a un lado porque habría sido incapaz de serle infiel a Modesto. Trabajador, un proveedor excelente, gustoso de la buena mesa, buen conversador, buen padre y esposo. Él, por su parte, si tuvo alguna aventura se cuidó mucho para que ella no se enterara.  No es perfecto, pero nadie lo es. Tuvieron épocas difíciles pero las superaron.

Se mira de cuerpo entero en el espejo, le molestan las libras que ha aumentado en el último mes, la piel de naranja más acentuada ahora. La ansiedad que le causa la constante presencia de Modesto en la casa es culpable por el aumento de peso. La celulitis es la fuerza de gravedad complicada con el paulatino abandono de una rutina de ejercicios.  

Hace un mohín con los labios que quiso ser sonrisa al recordar la frase de una canción que había escuchado cantar a Plácido Domingo: yo seré tu primer hombre, tú mi última mujer.  Había algo injusto en esa frase que resulta machista.  Nunca, hasta ahora, se dio cuenta. Modesto había sido su primer hombre, el último, el único. ¿Se ha perdido de algo?

Deja que el agua bastante caliente le corra por el cuerpo, se enjabona sin detenerse a examinarlo.  Lo conoce demasiado bien, y no le gusta lo que ha visto. Es el de una mujer entrada en años. Una mujer que de no tener marido, estaría condenada a la soltería, han pasado los años de ser atractiva al otro sexo. Es la queja de amigas, viudas o divorciadas.

Modesto y ella pusieron interés y esfuerzo en que su relación se mantuviera estable.  Quizás más ella que él.  Pero se le antoja pensar que también él ha tenido paciencia con ella: de joven, con su ignorancia; de mayor, con su geniecito, que lo tiene, lo confiesa. Ha desarrollado la costumbre de decir lo que le gusta y lo que no le gusta.  Y a veces, quizás, lo critica demasiado.

Se envuelve en una bata. Hasta la habitación llega el sonido de la tele. Modesto cambiando de un canal a otro, sin ver nada específico. Si algo la irrita es eso.

¿Qué se sentirá el tener un matrimonio abierto a otras relaciones?  ¿A compartirse y compartir tu pareja con otros pensando que no hay infidelidad si están todos juntos?  Maldita película, es para jóvenes, no para viejos que tienen otras cosas de qué preocuparse, personas de la tercera edad para quienes el sexo no es de primordial importancia. Aprovechó al salir del cine para intentar explicarle a Modesto que se siente vieja para “eso”.  ¿Para hacer el amor?, preguntó Modesto, fíjate que no, que a mi me gusta mucho que nos acurruquemos. 

Se cambia la bata por una camisa de dormir, más liviana y fresca. La maldita película despertó extrañas emociones, sensaciones, reflexiones. Sale al encuentro del sonido del televisor.  Modesto está sentado en el sofá y con un guiño pícaro la invita a sentarse.

─¿Qué te parece si nos acurrucamos? ─le pregunta ella con una tímida sonrisa.