Primero se fue Miguel, borrachón y mal marido. Fue como si le clavara una espada directo en medio del corazón. No rezumaba sangre la herida: se le salía en lágrimas por los ojos.
Tenía cuatro hijos que echar adelante y se le encorvó la espalda y se le agrietaron las manos de tanto trabajar. Igual que a su marido, los vio marchar. Una vez salían del pueblo y se iban a la capital a estudiar a la Universidad, no regresaban. Les avergonzaba la pobreza y la falta de educación de la madre y la vejez prematura que le cayó encima una vez se dio cuenta que nunca más tendría amor. No tenia tiempo, no podía darse el lujo, y una vez la ansiedad de su cuerpo que la traicionaba amainó, se acostumbró a estar sola.
Al principio, cuando aún sentía la necesidad del hombre, se iba a la ladera detrás de la casa con un machete a sacar las viandas. La falda metida entre las piernas para poder trabajar. Trabajar como un macho porque no tenía uno, y de no tenerlo, se acostumbró a la cama vacía. Como se acostumbró a la casa vacía, porque los hijos nunca volvieron ni siquiera a traerle los nietos.
Los ojos acabaron secándosele con el humo del carbón y el vapor de la estufa y la plancha, como se le había desinflado el cuerpo, y marchitado los pechos y la cara. La encontraron muerta un día cualquiera al pie del fogón dónde hervía las viandas, como antes lo habían hecho su madre y su abuela.
Desconocida la causa de la muerte, y pese a las protestas de los hijos obligados a presentarse, el fiscal ordenó levantar el cadáver y llevarlo a Medicina Forense. El joven médico que hizo la autopsia señaló que lo sorprendente e inexplicable no era la muerte sino el que hubiera vivido, porque el corazón estaba hecho de piedra.