miércoles, diciembre 23, 2015

Ya no sueño


De afuera, me llega el ladrido de un perro y con dificultad me siento en la cama.  Quiero levantarme, lo intento y no puedo. Vuelvo a dejar caer mi cabeza sobre la almohada, mis piernas rígidas colgando fuera del lecho. No tienen la fuerza para sostenerme. No me importa.  Soy completamente honesta, no me importa. Qué claro lo veo ahora, no quiero seguir viviendo.  Al ladrido del perro se han añadido los de otros y decido quedarme acostada.  Subo las piernas con dificultad y me arropo, me hago sorda a los sonidos de la calle, cierro los ojos, y finjo que soy un alma perdida y no pienso nada más que en la letanía que repito incesante, palabras que intento poner en orden gramatical, pero que tienen el mismo significado: escuálido, esquelético, famélico… y las termino y vuelvo a comenzar y pierdo una y recomienzo esperando encontrarla, y me voy quedando dormida y no la encuentro o sí la encuentro pero pierdo otra, y me hundo en este dormir que me permite estar como muerta, porque no sueño, ya ahora, nunca sueño…


Feliz Navidad

Cuquito y yo les deseamos una feliz navidad...

sábado, diciembre 19, 2015

Mi foto de perfil en Facebook


Cambié mi foto de perfil en Facebook.  Por primera vez en más de diez años, publico una foto de frente, en que pueden apreciarse los daños que causó la parálisis facial del 2001. Igual que Nueva York perdió su perfil cuando se derrumbaron las Torres Gemelas, y muy poco tiempo después, perdí la sonrisa y se impactaron los músculos del lado izquierdo de mi cara haciendo los movimientos del ojo más lentos.
Al igual que los primeros que llegaron a socorrer a los atrapados en las Torres Gemelas, necesito ayuda.  Leo que el presidente firmará para un fondo de $8.1 billones para mantener la atención médica de estos héroes cuya salud quedó afectada, fondo que se estima durará hasta el 2090.  Son héroes anónimos la mayoría sufriendo los estragos de haber sido capaces de arriesgar su vida sin pensarlo dos veces.

Yo soy una mujer silente, sin rasgos heroicos de clase alguna, solo con el dolor de haber perdido su tarjeta de presentación, tener fobia al espejo, no sonreír nunca y haber aceptado la soledad como compañera.  Debo estar madurando porque la foto en Facebook revela quién soy físicamente ahora.  Para mí no habrá un fondo de tratamiento y no hay cura.  Una mujer robada de la vanidad que pienso que alguna vez tuve, ahora olvidada. 

Nada comparable con la valentía de esos titanes, nada que dé valor al sufrimiento mío.  A la gente le basta con decir que son “cosas mías”, “que no se nota” …
No es cierto, la mentira ni siquiera sirve de placebo, pero quizás desaparezca el peso de estar escondiendo mi rostro y recobre algo de la alegría que tuve…

lunes, noviembre 30, 2015

La naturaleza


La naturaleza gustaba de cambiar un poco todos los días, así evitaba caer en la monotonía, y mantenía a sus habitantes desorientados, y siempre alertas. Donde cambiaban las estaciones era más fácil, porque podía adornar un día con nieve blanca, y al otro día, subir la temperatura, y acabar todo en un lodazal. Divertidísimo ver la gente que el día antes se hundía en la nieve, maldiciendo al otro, el barro en los zapatos.

En aquellos lugares menos cambiantes, tenía otras artimañas, la de ciclones, huracanes, tormentas tropicales, tornados y maremotos que hablan ocurrido tan sólo porque la madre naturaleza quería ver a sus hijos afanarse, y saber que contra ella, nadie podía.

Pero la verdad era que últimamente eran más numerosos y hasta más severos los desastres naturales causados por la intervención del hombre. Y es que a esa especie, no se le ocurría nada bueno. En nombre del progreso y del adelanto tecnológico estaban haciendo barbaridades que le quitaban el control y la dejaban a expensas de ellos, lo que la tenía en un estado de depresión continuo. Estaba ocupada en la reforestación de áreas verdes afectadas, como era de esperar, por hombres, cuando la nihilidad le cayó encima. Para qué, si nada dura, si el hombre iba a seguir haciendo lo suyo….

Dada como estaba a trabajar en las áreas verdes cuando la nihilidad se le vino encima, las especies, aterrorizadas de caer en el nihilismo también, desaparecieron de la faz de la tierra y comenzaron a profesar un mimetismo sin precedentes. Poco a poco, la tierra se fue poblando de especies que en su evolución se fueron tornando verdes. El globo terráqueo se fue tornando verde, porque los seres verdes ocupaban la tierra y solo el azul del mar competía con el verde.

La natura1eza un día abrió un ojo, y luego el otro, y se vio hermosa, la primera vez en siglos, en que eso pasaba. Su vestido verde y azul le fascinaba. Entonces sintió mas que vio movimiento entre lo verde. Era un hombre… verde… porque la raza humana también había evolucionado y un intrincado sistema de raíces le permitía la movilidad. Entonces se percató de que no todo lo verde brillaba, y que había accidentes verdes… por intervención de hombres verdes… y volvió a caer en la nihilidad.

 

domingo, noviembre 29, 2015

De vuelta

Después de meses de silencio, estoy de vuelta. Más animada, llena de sueños, o ¿debo llamarlas fantasías? No importa.  Nada ha cambiado, pero todo ha cambiado.  Quiero que el tiempo que pueda quedarme (poco o mucho), cuente... 

viernes, septiembre 04, 2015

Ahmed

El desierto se había convertido en monte luego de la tormenta.  Era como si toda la arena se hubiese aglutinado para crear una inmensa pirámide, tan sólida, que cualquier esfuerzo por derrumbarla había sido en vano.  Los camellos resbalaban impedidos de avanzar en aquel suelo de piedras que habían quedado al descubierto. 
Decidieron darle un descanso a los animales que empezaban a endosarse, rebeldes.  Tanto estos como  el pequeño grupo de hombres tenían sed porque en el camino, el único oasis lo habían encontrado seco.  Ahmed salió en busca de algún otro lugar a que pudiesen llevar los camellos a refrescarse. 
El cielo se teñía de atardecer cuando llegó a un lago. Este se nutría de una cascada de agua que se deslizaba por un imponente peñasco. Se sintió perdido e intentó dar la vuelta a la roca solo para descubrir que era parte de una inmensa formación, en la que crecía vegetación.  Era el oasis más grande que habría imaginado.
          Quería sentirse dichoso por su descubrimiento, pero la noche se venía abajo y no había ni siquiera señas en las piedras del camino recorrido. Cansado, perdido, era imposible regresar; por fuerza, esperaría al día para intentar descaminar el camino hasta encontrar el grupo de hombres y camellos que le esperaban sedientos.  Maldijo el tiempo y la noche, y se fue durmiendo con el acompasado caer del agua.
Soñó que caminaba y caminaba, hasta encontrar una inmensa montaña de oro que valía mucho más que el petróleo. ¡Era rico! Ya no más cabalgar por el desierto con la desesperación por encontrar agua, ni sentirse la lengua pesada por la arena, ni los ojos ciegos y el cuerpo adolorido. Tendría un lugar seguro donde vivir, tendría el agua que caía en el lago, podría tener consigo a su mujer, a sus hijos.
Despertó con el sol de la mañana castigando su espalda desnuda, consciente del preludio a una nueva tormenta de arena. Sin agua, legos de su grupo, ante una inmensidad de arena, él, su fantasma.   


lunes, agosto 17, 2015

Placebo

Ayer fue un día largo, desesperante. Uno de esos días en que parece que estamos de visita en el infierno.  En que todo va mal, sabe mal, huele mal y la única esperanza que tenemos es que llegará la noche, y en ella los olores, sabores, sensaciones se hacen más indistinguibles. Dormir es una antesala de la muerte, la práctica de cada día de no ser, oblitera todo lo demás. 
Metida en el infierno de mi día, pensaba si realmente hay un infierno y no es una invención del hombre para mantenernos “humanos”.  Igual da, porque cada día perdemos más la sensibilidad que nos humaniza, y ya muertos viviremos una eterna agonía. En ese infierno lo lógico es que no haya noche.  Solo exista la ansiedad y el miedo…  No haya descanso, y el pánico vaya en crescendo. Como cuando nos ataca el insomnio y no podemos descansar. 
 
Ayer en la noche, me quedé dormida, no tuve pesadillas. Al, abrir los ojos, encontré que mis preocupaciones durmieron conmigo, y todo sabe mal, huele mal. El único consuelo es que hoy también tendrá una noche, y puedo pensar que después de la noche, no seré. Puro placebo que me permite la imaginación…


Los relojes y el tiempo


Vivía en un mundo de tiempos.  Tiempo para levantarme, acostarme, ir al trabajo, salir, comer. Todo medido por relojes: uno en mi muñeca izquierda, uno en la pared de la oficina, en la cocina de mi casa, en el celular, en el teléfono inalámbrico, en la caja del cable, en la computadora. Siempre con una diferencia de minutos aunque tratara de mantenerlos al mismo tiempo.  Me di por vencida.  El reloj de mi auto nunca tendría exactamente la hora del que llevaba en la muñeca.

Recuerdo haber escrito de alguien que coleccionaba relojes y les daba cuerda para que sonaran a la misma hora. Debe ser ambicioso eso de mantenerlos en la misma hora para poder escuchar el coro de sonidos cada hora, en la hora. 

Cuando me retiré, elimine el reloj de muñeca.  El sol había grabado su imagen en mi piel, como un tatuaje. Los viejos luego de hacernos inservibles no necesitamos el saber la hora.  Nos levantamos cuando nos despertamos, comemos cuando tenemos hambre y nos quedamos dormidos cuando el sueño nos rinde. 

Nunca pensé que los relojes, por ignorados, comenzaran a hacer  valer su presencia. Ahora, cuando arrastro los pies para caminar, cuando siento la respiración alterada por algún esfuerzo, sé que no importa que no lleve reloj.  La raza humana, no puede hablar por otras, tiene un reloj interno.  Uno que a su ritmo, marca que hay tiempo para vivir, y tiempo para morir. 

martes, julio 28, 2015

Es tiempo de decir la verdad


Te invito a sentarte frente  a mí;  lo haces sin ganas.  Me imagino que a estas alturas de tu vida lo menos que esperabas es estar ahí, expuesto. Estás avejentado, pero no te lo digo. Hace tiempo aprendí a callar aquello que no halaga, y odiaría que me dijeras lo mismo.  Me está siendo difícil envejecer, es lo más difícil que hacemos las mujeres.

Me estás estudiando, evaluando, ¿qué piensas? Supongo que debería preguntarte, al menos por cortesía, que cómo estás.  ¿Sabes?  No me importa en lo absoluto.  Solo sé que tenerte junto a mí, tan cerca, ha revolcado intensos sentimientos que usualmente trato de no enfrentar.

Te detesto. Es posible que lo sepas, porque me fui de tu vida tan de repente. A veces teorizo que realmente no esperabas que lo lograra, había hecho tantos intentos fallidos. Pero sí lo había intentado y no te lo oculté. Pensabas que era demasiado débil, que me faltaba voluntad, que eran chiquillerías mías…

 Estás sentado junto a mí y eres el agente de mi desgracia.  No pude nunca sobreponerme al daño que me hiciste.  Si alguna vez albergué la esperanza de poder fraguar una vida, ahora sé que el daño fue demasiado grande, por demasiado tiempo. Quería una nueva oportunidad de casarme, de formar un hogar, aunque fuese sin hijos.  Descubrir las alegrías del diario vivir, la pasión del amor, la dicha de compartir aventuras, sentir que tenía una familia, amigos… que era amada. No pude.

Me asfixia la rabia de pensar que tú aparentemente, lograste rehacer la tuya, dejando la mía deshecha. Espero que nunca hayas sido feliz. Que en las noches te acose el remordimiento por lo que me hiciste.  Que te hayas dado cuenta que antepusiste tu familia a mí, olvidando el compromiso que tenías conmigo desde el momento de casarnos. Que nunca cumpliste con tus deberes de esposo, que me dejaste abandonada emocionalmente, fingiendo ante los demás un apoyo que nunca me diste.  Tú sabías lo que estabas haciendo, no hay de otra. 

Quisiera creer que no podías evitarlo, pero eso no te hace inocente.  Como el pedófilo que prefiere ser castrado antes de dar rienda suelta a sus deseos, pudiste darme la libertad que me merecía, sin manipulaciones, sin falsas promesas, sin la mentira del te quiero insinuado, nunca dicho ni sentido.

Te deseo cien años de la vida que me diste… y no serían suficientes para pagar la deuda que tienes conmigo…

lunes, julio 13, 2015

Burbujas de jabón y el toque de Midas


Ya no hago burbujas de jabón, tampoco las hago de sueños.  Con el tiempo he ido perdiendo ilusiones y no espero mucho de la vida.  Reconozco que las personas que tienen metas, fantasías, quimeras, como quieran llamarlas, son más felices. Yo no tengo.  No me las quitaron los golpes de la vida, porque mirando a mi alrededor  reconozco que hay cruces mucho más pesadas que la mía. Tengo salud, un techo, comida segura, y venido a ver, tengo más de muchas cosas que  no necesito de lo que el promedio de la gente tiene. Eso sí, tengo la mala costumbre de decir que estoy sola, que me habría gustado tener un compañero. Que tuve tres que no hacen uno es cierto.  La cuestión es que eso es lo único que deseo y no tengo y cae dentro del toque de Midas.

Hace años me di cuenta que soy portadora del toque de Midas. De una especie de él de la que pienso que padecemos muchos.  Ese que hace que tan pronto mis dedos acaricien al sujeto, cambie su consistencia. Para mal, claro está. Lo aclaro por aquello de alguno que no pasó nunca por la experiencia y fue incapaz de captar el sentido. Esos, tengo la impresión, andan por la vida sin madurar, niños mirando las  estrellas; o son capaces de hacer la limonada y luego ver el vaso medio lleno.  Actitudes de vida  que envidio porque les permite ser felices, incautos pero felices.

Por decir que proviene de algún sitio, diré que los que tenemos esa especie de toque de Midas, lo heredamos. Afortunadamente la mayoría de los pacientes llegamos a un punto tal en que nos damos cuenta de lo que nos estamos haciendo y gritamos: “no más”.  Es entonces cuando dejamos de hacer burbujas de sueños. O al menos, burbujas de sueño en que estamos acompañadas.  Y si hemos llegado a un punto tal en que la única burbuja que nos interesaba era esa, nos va mal, porque ya ni soñamos, ni hacemos burbujas.  Entonces nos ponemos a pensar en la muerte.

En las últimas semanas me he dado cuenta de que la muerte, el pensamiento de ella, el temor a ella, nunca está muy lejos.  Y claro, prontamente hago la distinción: no, si a la muerte no le temo, a lo que le temo es a la forma.  Quedarme muerto dormido en mi cama, o viendo tranquilamente una película en el cine, a esa muerte no le tengo miedo.  Es a la otra, a la que te va arañando hasta que ya no queda casi nada de ti, pero tienes que seguir vivo hasta que tu espíritu este listo para elevarse. Me pregunto cuál será el consuelo de aquellos que piensan que después de esta vida no hay nada.  Se sufre muriendo ¿para nada?  ¡Qué asco! 

Yo al menos, estoy segura que después de este mundo hay otro.  Otro que es más feliz, más hermoso y tranquilo.  Pero por más convencida que estoy, le tengo miedo al proceso de la muerte.  No puedo espantarlo de mi lado como si fuera una mosca, porque no lo es.  Es un hecho de vida: hoy estamos vivos, un día cualquiera ya no.

Lo peor es que nos ponemos a mirar a las personas que reciben el impacto de la muerte de un ser querido.  Una de esas muertes a destiempo: una no esperada, un accidente o una enfermedad que se lleva a alguien en la edad en que los seres humanos comenzamos a alcanzar la cima.  Tras los días traumáticos viene, poco a poco, ¡bendito sea Dios!, el consuelo.  Y un día cualquiera nos damos cuenta que es cierto eso de “el muerto al hoyo…” El espacio que ocupamos es tan chico.

Es difícil pensar que no somos el ombligo del mundo: sin mí no estaríamos donde estamos… Pero no es así. La realidad es que estamos a dónde la vida nos lleva no donde queremos nosotros estar.  Que si fuera donde queremos nosotros, yo andaría en una burbuja de colores, con un compañero, libre del toque de Midas.